Un premio a tu hombría.

Lo escuché de manera accidental; llegué en el momento justo para escuchar que lo nuestro fue una apuesta y que yo fui el premio a tu hombría. No lo podía creer, no lo quería creer.

Corrí a tus brazos y me abrigué en ellos como siempre lo había hecho desde aquel sí. Y te lo conté a manera de chiste, entre risas nerviosas; no reíste conmigo, me sorprendí. Te miré a los ojos y tu silencio me congeló. ¿Verdad que es una estupidez? Bajaste la mirada y lo entendí: la estúpida había sido yo.

La venganza ya no es dulce. Capítulo 16. 180 Grados.

Me encuentro rodeada de un grupo de chicas de diferentes edades, soy el centro de atención y de preguntas. Me cuestionan sobre cuáles son mis planes en lo adelante para con Omar, que cuál es la nueva estrategia, que cómo me voy a vengar de lo último que me hizo. Comentan que detestan a su nueva novia, expresan todo su despecho y desconsuelo, y yo me siento abrumada ante tantas intervenciones. No sé cómo o con qué cara decirles que ya no quiero hacer más nada que olvidarlo, no las quiero decepcionar, mi ego quiere mantener su simpatía, pero de todos modos les tengo que decir porque realmente me quiero olvidar del tema.

Reúno todo el valor que utilicé para vengarme de Omar, y me pongo de pie en medio de todas tomando la palabra. A penas puedo creer que me respeten tanto como para guardar silencio en cuestión de segundos.

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Llega un punto en el que ya no sé si es fe, terquedad o masoquismo.

Un beso bajo la lluvia.

Pareja bajo la lluvia

Nos citamos en el callejón de mi casa. Planee todo para que nadie estuviera allí. Cuando te vi mis ojos se encendieron como llamas de fuego, y en los tuyos pude ver el reflejo de mi incendio; seguía siendo recíproco. Me cargaste y acomodaste sobre ti, tomándome por sorpresa; a penas cabíamos en aquel lugar estrecho. Pero eso no impidió que nuestra pasión explotara, sazonada por los meses sin vernos y la adrenalina de un amor prohibido.

No paraba de llover, era como si el cielo quisiera apagar nuestro fuego y recordarnos que aquello estaba mal. Era como si quisiera limpiar nuestro pecado, cual basura que se arrastra en un contén. Era como si cada relámpago quisiera silenciar nuestros gemidos.

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La venganza es dulce. Capítulo 15. 180 Grados.

la venganza es dulce

Mi corazón se dispara y miro rápidamente por debajo de mis sábanas ¡por suerte llevo ropa! Dejo salir un suspiro de alivio, me percato de que el caminito de ropa se dirige al baño y todo cobra sentido, ¡estoy salvada!

Por fin sale del baño, antes de saludarlo prefiero indagar sobre lo ocurrido anoche.

– Omar… ¿qué pasó anoche?

– ¿A qué te refieres?

– Quiero saber si estuvimos juntos, físicamente juntos digo.

– A decir verdad, recuerdo muy poco –la paz se vuelve a alejar de mí, y no logro decir nada más en todo el día.

Nos hemos ido del hotel del lujo, regresando a la carretera que va mejor con nosotros, con esa aura de renegados que nos acaricia la piel.

Corremos y corremos, casi igual que al principio, pero de todos modos siento que ya no soy la misma chica que se montó a esta moto un poco dudosa de su decisión pero con hambre de aventuras. No soy la misma que dejó a su mejor amiga con las palabras en la boca porque le daba pereza escucharla decir lo que ella ya intuía. La que se fue sin pedirle permiso a su padre, ni la que se rehusó a comerse a aquel inocente conejito.

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El amor es más que tener pareja, y más que ser buenos amigos. El amor es ser lo que necesites que sea para ti, y desear que necesites que sea algo.

El lugar perfecto

beso

Hombre y mujer justo antes de besarse

Entraban y salían de su ser, en un estado de éxtasis permanente que se profundizaba cuando lograban fusionarse el uno en el otro por completo. Era el impecable estado de felicidad e intimidad. El lugar donde no había rastro de soledad, ni de miseria. Donde cada uno se sentía perfecto. Incluso los sueños que no se habían soñado, allí ya eran realidad.

La fotografía es de Victoria Charlotte Pettersen.

Irme de pinta con el amor de mi vida. Capítulo 14. 180 Grados.

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Corremos tan fuerte que todo lo que se escucha es el motor enfurecido, instado por la adicción a la velocidad de Omar. Subimos y bajamos, acompasados con la melodía de la libertad y con la promesa de la independencia. Las luces del cielo son acongojantemente hermosas, y convierten la carreta en un admirable paisaje. Abrazo a Omar, intentando sobrellevar la emoción que recorre todo mi cuerpo.

A lo lejos visualizamos el lugar perfecto para pasar nuestra primera noche juntos, y nos detenemos allí. Encadenamos la moto al árbol de la entrada, nos descalzamos, y caminamos como si aquello fuese un lugar sagrado. Piedra maciza, rugosa, fría, contra piel blanda, lisa y tibia; mi red de nervios se activa, y una sonrisa atrevida se asoma a mi rostro.

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En mis sueños más preciados, tú me extrañas tanto como yo a ti.

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Y esa tarde mientras disfrutaba del atardecer, con una rica taza de café en mis labios y frente a mí el hombre más hermoso que jamás imaginé me invitaría a salir; entendí que aunque me dé miedo encontrarme un ladrón en mi apartamento, pese a que grite como loca cuando veo un monstruo volador en la cocina y me ponga sensible ante el más inofensivo de los resfriados: soy una mujer verdaderamente valiente, porque a pesar de que a mi corazón no lo dejan de herir patanes disfrazados de príncipes modernos, siempre me atrevo a intentarlo de nuevo, con la misma intensidad y conociendo de antemano el potencial de hacerme daño de cada uno de esos ejemplares hermosos, pero en ocasiones letales.

La imagen es cortesía de Nenetus de FreeDigitalPhotos.net

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