La Vida me Cambió en un Día. 180 Grados. (Capítulo 1)

Camino, absorta en mis pensamientos, pensando una y otra vez en las ecuaciones matemáticas que acabo de plasmar inseguramente en el examen fin de curso. Me obsesiona el hecho de que por más que estudio, nunca me siento completamente segura de haber hecho un buen trabajo.

Al llegar, me siento despreocupada en el primer mueble que encuentro, aún absorta en dicho examen, en dichas respuestas. A lo lejos, percibo el cuerpo de mi madre moverse de un lado a otro, entra y sale de la sala en repetidas ocasiones.

— ¡Gabriela! ¡Gabriela! — grita, sacándome de mi ensoñación.

— ¿Qué ocurre? — respondo sobresaltada.

— Anda, vamos a comer, no tenemos mucho tiempo.

— ¿No tenemos mucho tiempo para hacer qué? — cuestiono, realmente intrigada.

—Para llegar a Santo Domingo antes del atardecer.

¿Qué? ¿Santo Domingo? Estoy completamente perdida. Ahogo el imperioso deseo de seguir preguntando y me dirijo al comedor, con la esperanza de que ella sola responda a mis interrogantes.

Me mira con los ojos muy abiertos, en espera del bombardeo de preguntas, me conoce tan bien. Decido no darle gusto, no digo nada.

— ¿Y bien?

— ¿Y bien qué? — me hago la tonta.

— ¿Qué tal te fue en tu exámen?

— Supongo que bien. Al menos lo aprobé. —– o eso espero.

— Eso es lo importante.

— Si, eso es lo importante.

— Ayúdame con esto — dice refiriéndose a un sin número de cajas que se encuentran apelotonadas en la sala, mismas cajas que yo no había notado.

La complazco inmediatamente, ahora tengo más curiosidad, pero también tengo miedo de las respuestas. En un aproximado de 15 minutos, logro colocar todo dentro del carro de mami y sentarme cómodamente en el asiento de delante con los auriculares en mis oídos y las canción “I can feel the pressure” de Paramore, una de mis bandas de rock favoritas. Estoy sumergida en lo que dice la canción, cantando voz en cuello cuando siento que el carro empieza a moverse. Nos alejamos cada vez más de casa, dirigiéndonos a la carretera. Sigo cantando la canción mientras mis ojos se pierden en el paisaje, postes de luz, árboles, muchos árboles, uno que otro automóvil y la interminable carretera, la sádica, misteriosa e interminable carretera. Conforme nos alejamos, la presión en mi pecho se vuelve más palpable. El miedo se apodera de cada uno de mis huesos, y no sé si es por eso, por la repentina decisión o por nuestro escandaloso equipaje, pero en mi interior siento que estoy cerrando un capítulo muy importante de mi vida.

Llegamos a la capital, es hermosa, siempre me han gustado los grandes edificios, las grandes avenidas, los puentes, el gran flujo de personas, la variedad de automóviles, es una ciudad con mucha vida, con una vida tan diferente a la mía. Mami todavía maneja unos cinco minutos más antes de introducirse en un residencial donde todas y cada una de las casa son enormes y hermosas — estoy fascinada — finalmente nos detenemos en el frente de una de ellas. Es de dos pisos, pintada de un verde clarito, con detalles de piedra en la fachada, una escalera inmensa en la entrada, árboles de pino y gardenias. Me desmonto del auto anonadada. La puerta principal es imponente, hecha a gran escala, de caoba maciza y trabajada con dedicación, destacan las aldabas sostenidas de figuras abstractas. No puedo creer lo bello que es.

A mi lado mi madre me mira feliz y ansiosa a la vez, supongo que le agrada ver mi entusiasmo.

— Parece que te ha gustado el lugar Carmen.

— Me ha encantado — respondo con los ojos muy abiertos y brillando de felicidad.

— Me alegro que así sea… — su felicidad anterior desaparece por completo, hace una pausa como de una eternidad y finalmente termina la oración.— …porque éste será tu nuevo hogar.

¿Qué? No puedo creer lo que mis oídos están escuchando. Quizás lo que me dice no es de manera literal, quizás en realidad lo que quiere decir es que será sólo por las vacaciones de verano. O quizás… lo que dijo es exactamente lo que quiso decir.

Mis ojos siguen brillando, pero ya no de felicidad, ahora lo hacen a través de las lágrimas de confusión, temor y desconsuelo. Las palabras “éste será tu nuevo hogar”, resuenan en mi interior una y otra vez, y cada vez me las creo más; cada vez me duelen más; cada vez me infringen mas temor.

Mis ojos abandonan la hermosa fachada y se dirigen a los ojos de mi “madre”, buscando desesperadamente una explicación de peso. Ella está haciendo todo lo que puede por contener sus lágrimas.

— Cariño… no es lo que piensas, veré a visitarte de vez en cuando.

¿Visitarme? ¿De vez en cuando? Ni siquiera sé quien vive aquí.

— Mami… ¿de quién es esta casa? — digo con un hilo de voz.

Me mira con culpa y una pizca de ternura. No responde, las lágrimas que ha estado conteniendo todo este tiempo inundan sus mejillas. Yo me conmuevo de verla así y paso gentilmente mis dedos por ellas, en un intento por enjugarlas.

— Responde, por favor — ruego.

— Es mía — dice una voz ronca.

Volteo la cabeza inmediatamente, en busca de la persona que ha pronunciado dichas palabras. Y le encuentro de pie, en las inmensas escaleras, a dos escalones de la acera, mirándome con anhelo, mirando a mi madre con una mezcla homogénea de amor, asombro y resentimiento.

2 Comments

  1. Hermoso, muy buena historia sigue a si caro y llegaras lejos, Bendiciones

  2. Muchas gracias mi Grace querida :), tu también llegarás muy lejos. Exitos y bendiciones.

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