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Y el sonido desesperante cesa, siguiéndole un silencio perturbador. Mis ojos no se apartan de esa puerta, mi vida depende de lo que esté detrás de ella. Por fin se asoma una silueta, y la luz la ilumina permitiéndome ver a una mujer anciana, tan anciana que no posee un pelo de color en su cabeza, ni la autoridad para hacerme sentir en peligro.

Se dirige hacia mí temblorosa, con una bandeja de madera maciza y una taza cuarteada, que en cada paso vierte un poco de su líquido.

–Tómate esto –creo que mis ojos revelan mi desconfianza, aunque intento desesperadamente disimularla.

–¿Qué es?

–Algo que te ayudará a mejorar más rápido, y acelerará tu regreso a casa –decido darle un voto de confianza, porque después de todo estoy en su casa.

–¿Cómo llegué aquí? ¿Quién es usted? ¿Dónde estoy?

–Mi bisnieto te trajo, dijo que te chocó en la carretera, y que no podía dejarte allí tirada. Estamos en Arroyo Naranjo, en Jarabacoa -¿qué? estoy sumamente lejos de mi casa.

–¿Y cuándo podré irme?

–Te irás cuando estés lo suficientemente recuperada como para aguantar el viaje en carretera –necesito decirle a mi familia que estoy bien, deben de estar muy preocupados.

–¿Puedo hacer una llamada?

–La podrás hacer cuando regrese mi bisnieto.

Genial, resulta que mi vida completa depende de su bisnieto.

–¿Dónde está su bisnieto?

–Fue al pueblo, a hacer la compra de la semana.

Cuando la anciana se dirige escaleras abajo la sigo. No me agrada la idea de quedarme todo el día encerrada. La casa es hermosa, con una onda vintage que te seduce hasta llevarte unas cuantas décadas atrás. Salgo a caminar por el patio, que es inmenso, tanto que no logro ver ninguna otra casa cerca. Esto es como un sueño, los árboles son hermosos, y están habitados por una gran variedad de aves de colores; nunca había visto tantas en mi vida. El aire es puro y la temperatura deliciosa. Me dejo envolver por su encanto, me distraigo, me pierdo en mis pensamientos y así se van las horas…

 

–La mesa está puesta y la comida servida, solo esperamos por usted señorita –una voz me saca de mi ensoñación. Me doy la vuelta para encontrarme con un joven, trae pantalones de mezclilla rotos, botas marrones, una camiseta blanca sin mangas, el cabello alborotado y una barba descuidada.

–Yo soy Aarón, tú debes ser Gabriela.

–Así es –le extiendo una mano, y titubea antes de estrecharla con su rústica palma.

Caminamos, sin decir nada. Solo lo observo, tiene varias cicatrices pequeñas en la cara, y esquiva mi mirada constantemente. Sus ojos son dulces, color miel, y es alto y tonificado, supongo que los quehaceres del campo le han servido de entrenamiento.

Nos sentamos los tres a comer, y debo decir que la comida está mejor de lo que yo me esperaba, aunque no se compara con la comida de Pachita, como extraño a Pachita, a Juan Carlos, a Natalia, a Omar, hasta a mis profesores del colegio. Como junto a dos completos desconocidos que de alguna forma me inspiran confianza.

–Tienes que darle un paseo a la muchacha por nuestras propiedades antes de que se vaya.

–Sí abuela –responde.

–¿Y cuándo me iré?

–Calculo que en dos días estarás como nueva.

–Tu bisabuela me dijo que tú me puedes prestar un teléfono para llamar a mi familia.

–Así es, pero tenemos que movernos a la montaña más alta para lograr encontrar un poco de señal.

–Entonces vamos a hacerlo.

–Es un camino difícil, mejor me das el número y yo me comunico.

-De acuerdo – digo un poco desilusionada, yo quería hablar directamente con mi padre.

–Luego de la comida, acostumbramos tomar una siesta.

–¿Y si no tengo sueño? –la abuela mira a su bisnieto en busca de algún comentario.

–Déjala abuela, no la podemos obligar a hacer algo que no quiere, después de todo estará con nosotros por un par de días solamente.

–De acuerdo –dice, y desaparece por el pasillo.

–¿Dónde están tus padres? –sus ojos de miel parecen arder mientras me mira fijamente, baja su mirada para encontrarse con sus dedos que juguetean entre ellos; mientras él piensa que responder, o tal vez solo me ignora.-

–Ellos…  no están. Decidieron irse en yola a Puerto Rico, y no han podido regresar; desde allá nos mandan dinero –sus ojos se humedecen un poquito, y yo culpo a mi curiosidad, ¿ahora que le digo a éste chico?

–Mi madre también se fue, hace unos meses, me llevó a vivir con mi padre al que no conocía, y no regresó más.

Entonces nos miramos, como compadeciéndonos el uno del otro.

–¡Vamos! Te mostraré las cabañas.

Y así es como nos subimos en su camioneta, y rodamos durante unos pocos minutos antes de llegar a nuestro destino. Me desmonto y observo detenidamente el artificio mecánico, la causante de mi desgracia, y a la vez de mi salvación.

–¿Y cómo fue?

–¿Cómo fue qué?

–El accidente.

–Yo venía de una diligencia en la capital, manejaba ligeramente rápido porque habían pocos vehículos, cuando alcancé a ver la silueta de dos personas corriendo por la calle, entonces frené lo más rápido que pude. Pero no fue suficiente, cuando me desmonté estabas tú inconsciente en el piso y otra chica herida. La otra chica desapareció entre los montes y yo no pude dejarte allí tirada así que te traje hasta aquí.

–¡Gracias!

–¿Tú vives cerca de esa carretera?

–Para nada. Me secuestró una manada de locos, e intentaba escapar cuando me topé con tu vehículo. Aunque me dejaste inconsciente, me salvaste la vida. Quien sabe lo que ellos planeaban hacer conmigo –concluyo. Llegamos a la entrada de la primera cabaña, es hermosa y acogedora; el lugar perfecto para escaparte por unos días de la rutina. Cerca hay un río, y el sonido del agua moviéndose es divino, hasta que se mezcla con al croack de las ranas, y paso de amarlo a tenerle pavor.

–¿Y a parte de hacer diligencias y administrar estas cabañas que más haces?

–Estudio agrimensura en la capital, viajo varias veces en la semana.

–Interesante, pero la vida aquí parece un poco solitaria.

–Así es… y yo soy un poco taciturno. Me acostumbré a estar con pocas personas, mi única compañía es mi bisabuela, en la universidad he cruzado palabras con un par de compañeros, y aunque no lo creas tú eres la persona joven con quien más he hablado –se me hace difícil creerlo, pero miro a mi alrededor y me doy cuenta de que tiene sentido. Me da un poco de tristeza su situación, pero a la vez me gusta mucho su excentricismo.

–Seguro que en la capital es diferente, seguro que tienes muchos amigos.

–Unos cuantos. También puedo ser tu amiga si lo deseas, después de todo te debo la vida.

 

Ha llegado el día de marcharme, de regresar de nuevo a mi casa, de regresar a la vida en la cual me dejó mi mamá. Y aunque lo quiero hacer, me da un poco de tristeza dejar a la bisabuela que se ha portado tan bien conmigo, y a Aarón que me ha caído muy bien.

 

Dejamos la carretera, introduciéndonos en un océano de automóviles, enfrentándonos con un semáforo tras otro, subiendo y descendiendo por montañas de concreto. Llegamos al residencial y nos estacionamos al frente de la casa de Juan Carlos. Todo está tranquilo, tan tranquilo como aquel día en el cual inocentemente decidí tomar un paseo en bicicleta. Toco el timbre y me responde la voz chillona de Pachita.

–¿Quién?

–Gabriela –respondo entusiasmada.

–¿Ga, Ga, Gabriela?  Señorita… ¿es usted?

–Que sí Pachita, ábreme por favor.

–¡Enseguida! –veo abrirse la imponente puerta de madera, veo a Pachita en rolos bajar las escaleras apresuradamente, veo como se le caen las llaves y cómo las recoge apresuradamente, nos deja pasar.

–Estábamos muy preocupados por usted –dice emocionada.

–Yo también los extrañé –se me hace un nudo en la garganta.

Me ha abrazado fuertemente por el cuello. Lloro un poco, me desahogo en sus brazos, acordándome del peligro con el que coqueteé mientras estuve junto a los tres chiflados, es como si no me hubiese dado cuenta realmente de que mi integridad pendía de un hilo.

–¿Y quién es éste joven?

–Él es Aarón, me ha hecho un gran favor.

Invito a Aarón a pasar, la mesa está puesta y se percibe un olor delicioso. Llegamos justo a tiempo para disfrutar de la comida de Pachita.

–No sabes cómo extrañé tu comida Pachita –Aarón me mira un poco ofendido–. La comida de tu bisabuela es muy buena pero tienes que probar ésta, te vas a chupar los dedos.

–Si hubiese sabido que usted vendría hoy hubiese cocinado su comida favorita.

–No importa, tenemos tiempo de sobra –se siente genial estar en casa.

Mientras mi nuevo amigo y yo disfrutamos de la rica comida, el ruido que provoca un objeto pesado al caer en el piso nos distrae. Es Juan Carlos, ha regresado del trabajo, me mira desolado y se dirige apresuradamente hacia mí.

–Hija mía ¿dónde has estado? estaba preocupado por ti –me abraza, y noto en su voz sinceridad. Intento explicarle lo acontecido, pero no me deja articular media palabra.

Notificamos en la policía, fuimos a cada canal televisivo y radio difusora. Pegamos pancartas por todas partes, salimos a buscarte por los alrededores, pero no pudimos encontrarte. ¿Por qué nos has hecho esto? No me digas que ha sido por culpa de éste pelele –se avalancha sobre Aarón y lo levanta por los aires, pegándolo contra la pared, obligándolo a confesar los delitos que no ha cometido. Él no hace nada para defenderse.

–Juan Carlos, suéltalo. No me escapé con él, salí a dar un paseo en bicicleta, luego me secuestraron y él me ayudo a regresar sana y salva a casa.

Se tranquiliza, hala una de las sillas y se sienta en ella, sosteniendo su frente con su mano derecha. El pobre Aarón está todo desaliñado, porque en la oleada de furia de mi padre, su camiseta ha sufrido daños. Y yo no sé qué me sorprende más, si el lado salvaje de Juan Carlos o la pasividad de Aarón.

–Disculpa, actué por impulso, es que estábamos muy preocupados por Gabriela. Por favor toma asiento y continúa con tu comida.

Se incorpora, acomoda su silla junto a mí. Le grita a Pachita que traiga su comida y me abraza.

–¿Estás bien? –dice con voz calmada.

–Lo estoy. Gracias a Dios y gracias a Aarón.

–Gracias por traerla a casa.

–No pude haber hecho otra cosa.

Y el ambiente de reconciliación y paz es coronado con el mouse de chinola de Pachita. Alucino de solo verlo.

–Usted cocina excelente Pachita, gracias por invitarme a comer –dice Aarón, mientras se dispone a levantarse de la mesa –. Me despido, se me hace tarde para llegar a la universidad.

–Considero inadecuado para un joven, ir a la universidad usando una camiseta rota.

Una sonrisa sarcástica se dibuja en el rostro de Aarón, y es fácil adivinar lo que pasa por su cabeza.

–Dame unos segundos y te la repongo. Debe haber algo que te sirva en mi guardarropa –dice Juan Carlos, mientras sube las escaleras a buen ritmo.

Estoy a dos escalones del primer piso, y por primera vez logro alcanzar en estatura a Aarón. Desde aquí arriba lo puedo ver mejor.

–Cuídate mucho, no siempre se tiene la suerte de que te atropelle un campesino como yo –jajaja, ¡tiene sentido del humor!

–Lo intentaré, pero conociéndome, mi mala experiencia no evitará que continúe en busca de aventuras –se queda callado, y sospecho que busca algún argumento que me haga cambiar de opinión.

Juan Carlos acaba con nuestro silencio.

–Creo que ésta te puede servir.

–Yo también lo creo, gracias –y se cambia de camiseta allí mismo. Yo no puedo ver a ningún otro lado que no sea a él.

–Ha sido un placer –nos da la mano a Juan Carlos y a mí.

–El placer ha sido mío –responde Juan Carlos.

–Hasta luego Aarón –respondo.