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Corro lo más rápido que puedo, ignorando el dolor de mi tobillo. Soportando un poco de dolor físico con tal de evadir el dolor emocional que podrían ocasionarme sus palabras. Hasta que llego al final de un callejón, la puerta está cerrada. Omar no se da por vencido, me ha seguido hasta el final, con su voz entrecortada y sus palabras fabricadas.

—Gabriela por favor…

—¿Tienes una idea de cómo me duele? Y pensar que tú lo hiciste por pura diversión.

—No es tan así.

—¿Y cómo es?

—Es cierto que quería llamar la atención, pero no te quería lastimar.

—¿Y para que querías llamar la atención en primer lugar? ¿Cuál era la necesidad de hacerme quedar en ridículo?

—Es una tradición que tenemos mis amigos y yo. A uno del grupo le toca hacer algo lo suficientemente arriesgado como para llamar la atención en cada fiesta a la que vamos, y esta vez me tocó a mí.

—Pues me parece de muy mal gusto afectar a inocentes solo por diversión—y de pronto me acuerdo de Natalia y de las ranas, y me siento como mierda por ser tan hipócrita.

—Fue solo una broma… ¿nunca has hecho una broma?

—Ninguna en la cual alguien saliera herido —me mira avergonzado— ¿por qué no le hiciste la broma a tu noviecita?

—¿Cuál? Yo no tengo.

—Tu compañera de baile.

—Ella no es mi novia.

—Eso no es lo que piensa todo el mundo.

—No importa lo que piense todo el mundo, importa lo que piense yo. Y para mí no es mi novia.

—Eres todo un patán.

—¿Por llamar a las cosas por su nombre?

—Y por no respetarla.

—Me gusta y todo, pero no es mi novia. Tengo en mente a otra persona para que sea mi novia.

—Pero mientras tanto estas con ella porque no puedes estar solo.

—Mientras tanto bailo con ella en las fiestas, hacemos tareas juntos, y gasto la data de mi celular con ella. Mientras tanto… a ver qué tanto me puede ayudar a sacarme de la mente a la otra muchacha, la que verdaderamente me gusta.

—¿Me estás diciendo que sales con alguien que te gusta un poco, porque tienes miedo de salir con alguien que te gusta mucho?

—Sí.

—Es la estupidez más grande que he escuchado en mi vida —me mira irritado por mi insulto.

Y a nuestra conversación le sigue un silencio incómodo. Trato de procesar la estupidez de éste chico, pero se me atora en los pensamientos y no la puedo digerir. ¿Salir con alguien que te gusta un poco para olvidar a alguien que te gusta mucho? Jajajajaja, río ante el sarcasmo.

—Y bien… ¿podemos ser amigos de nuevo?

—Nunca hemos sido amigos Omar, pero olvidaré tu bromita…

Se acerca tanto a mí, que apenas puedo respirar con normalidad. Me encuentro pegada a la pared, sumamente incómoda con mi dolor de tobillo y obligada a observar sus labios cuando me dice:

—Tienes razón Gabriela, nunca hemos sido amigos, pero creo que éste es un buen momento para empezar a serlo.

—Bloquearme el aire no me parece una buena forma de empezar una amistad —se aleja, me deja respirar,  me observa desconcertado y se va… me deja sola en aquél callejón, a pesar de que me prometió que me ayudaría a moverme dentro del recinto escolar. ¿Qué le pasa a éste chico?

 

—Hablamos… me dijo que no me quería lastimar, solo cumplir con el reto que él y sus amigos tienen de llamar la atención en cada fiesta. Me dijo que esa muchacha no es su novia, pero que le gusta un poco; que sale con ella para olvidar a quien le gusta de verdad. Me dijo que fuéramos amigos, y luego se fue sin decir nada…

—¿Y tú le creíste?

—Pues… sí. De igual forma no gano nada guardándole rencor. Y si la chica es su novia o no, no me interesa.

—¿Segura?

—Bueno… si me interesa, pero no tengo el derecho de enojarme.

 

Ha pasado un mes desde aquel incidente donde me fracturé el tobillo. Ya puedo caminar con normalidad. Omar y yo nos hemos vuelto amigos. Cada vez me siento más cómoda con Juan Carlos, y me duele menos que mi madre se haya ido. Creo que al final sí sobreviviré, al final me estoy adaptando a una vida completamente diferente. Al final estoy aquí, sigo viva y he recuperado los deseos de vivir.

 

Hoy es un lindo día para conocer el vecindario, tomar un poco de sol, pedalear un montón. Me pongo mis shorts floreados, una camiseta sin mangas verde neón, mis tenis y una gorra a juego, y decido salir a explorar los alrededores. Es una buena forma de despejar la mente, disfrutar de la naturaleza y mantenerme activa. De vez en cuando me estaciono frente a una casa, a contemplar su fachada y los árboles que la adornan, y desde afuera intento adivinar cómo es su estructura, a veces incluso también intento adivinar quiénes viven ahí, ¿una familia feliz? ¿una madre soltera? ¿un solterón? ¿un capo? ¿unas gemelas huérfanas custodiadas por los sirvientes? Quién sabe…

Veo salir a un chico como de unos 17 años, baja por las largas escaleras de la entrada, no se ha dado cuenta de que estoy ahí, pero creo que éste es un buen momento para irme a husmear a otro lugar, de modo que no me tilden de demente. Pero la curiosidad es más grande que yo y prefiero quedarme para verlo de cerca. Él es de estatura normal, un poco gordito, de cabello rizado y ojos cafés. Cuando está casi en la acera me voy. Padaleo rápidamente y antes de darme cuenta he descendiendo por una loma, grito con fuerza… creo que me partiré la madre, pero logro mantener el equilibrio, con la respiración a mil y ese sabor refrescante que deja la adrenalina. Justo en frente de mí hay un parque que parece más un bosque, porque está repleto de árboles, con unos pocos bancos. Aquí hay un mundo por explorar… entro y me detengo a observar cada flor, nunca había visto tanta variedad. Contengo mi deseo por arrancarlas y llevármelas conmigo, porque no es justo entremeterme con ese pulso de belleza solo por egoísmo. He llegado al paraíso. Me permito descansar en la grama y disfrutar de la caricia del viento hasta que el sol se vuelve cada vez más anaranjado y supongo que es su despedida. Es hora de regresar… ¡claro! si encuentro el camino de vuelta.

Se ha oscurecido demasiado pronto, y yo aún continúo en el parque. No recuerdo donde dejé mi bicicleta, ni el camino de regreso a casa. Así que solo camino, sin saber realmente hacia donde me dirijo; a cada paso que doy le sigue una mirada sigilosa, para asegurarme de que estoy segura. Entonces escucho unos pasos, y corro… corro lo más rápido que puedo, y me escondo detrás del árbol más grande que encuentro, cuando la falta de aliento me impide continuar. Observo el camino que he dejado atrás en busca de la razón de mi pánico ¿qué pudo haber sido? No vi ningún animal cuando llegué, ni ninguna persona… ¿será un espíritu o alguna otra cosa sobrenatural? Un escalofrío me recorre el cuerpo cuando pienso en la posibilidad.

Con el corazón en la boca saco fuerzas para continuar mi camino, trato de ser lo más silenciosa posible para que “esa cosa” no me note. Quisiera llorar, pero no me lo permito, debo ser fuerte. La luna alumbra un poco mi camino, que suerte que hoy sea luna llena. Paso por el mismo grupo de flores que me inspiraron a sumergirme en este bosque y la sangre regresa a mi cara… y luego se va de nuevo cuando me percato de que alguien tiene mi bicicleta, alguien que me mira con cara de pocos amigos, alguien a quien no me atrevería a contradecir. Es mucho mayor que yo, muy delgado, y desaliñado. Intento devolverme a… no sé ¿el bosque? De pronto siento que es un lugar más seguro que junto a mi bici. Y cuando doy media vuelta, me encuentro con otro personaje, su rostro tampoco es amable. Es una mujer como de mi edad, vestida de negro, con delineador negro y piercings por doquier, no sé qué es lo que planean, y no quisiera descubrirlo, quisiera no haber sido tan aventurera, quisiera haber pedaleado de regreso en lugar de optar por disfrutar de la naturaleza ¡inocente de mí! Vuelvo mi mirada a la derecha, en un intento desesperado de no perder la fe, y me encuentro con los ojos cansados de un anciano, con barba abundante similar a la de Santa Claus, y uñas largas. De acuerdo, no tengo salida, tengo pocas opciones y un trozo de valor dormido, intento despertarlo mientras el trío se acerca hacia mí con determinación. Están muy cerca, caminando en círculos alrededor de mí. Creo que me volveré loca, me dejo caer sobre el sueldo y empapo mi camiseta neón con agua salada.

—¿Qué es lo que quieren?

—Plata chamaquita, mucha plata. Y tú tienes pinta de que nos la puedes dar.

—¿Yo?

—¿Ves a alguien más?

 

Empezamos a caminar; uno delante de mí, otro detrás, otro a mi izquierda. Lo único que pienso es cómo escapar de este… ¿secuestro? pero el miedo a penas me deja caminar. Mis manos están atadas hacia atrás y mi boca está tapada con un trapo viejo. Luego de llegar a la entrada del bosque transitamos la calle —está más desierta que nunca— y nos introducimos en un callejón que nos lleva a una casa abandonada, la casa es inmensa.

 

—¡Cómetelo ya! —me grita la chica, señalando un pedazo de ñame frío, yo me resisto a hacerlo.

—¡Dije que te lo comas! —me da una bofetada, así que me lo como.

El resto del grupo de vándalos ve televisión. Ella los acompaña luego de cerciorarse de que yo me comiera mi porción. Se sienta junto a ellos en un mueble desfondando, que alguna vez fue de color vino. La televisión es tan vieja, que no recuerdo haber visto una así jamás. Improvisaron una antena con alambre oxidado. Ven el noticiero: los crímenes, los heridos, las pérdidas materiales, y ríen, al tiempo que hacen comentarios, pero no los escucho bien porque hablan muy bajo.

Por mi parte yo estoy sentada en el piso, mis manos ahora están atadas hacia delante, decoradas con las marcas que me ha dejado el pedazo de tela que utilizaron. El piso no puede estar más sucio, las ratas se pasean de un lugar a otro como perros por su casa. Estoy aterrorizada, si alguna de ellas me muerde no viviré para contarlo.

 

Todos duermen, menos yo, no lo puedo hacer con esos ronquidos tan salvajes; además del frío y sucio piso. Me pongo de pies y me dirijo a la cocina. Busco cautelosamente un cuchillo para liberar mis manos, registrando cada una de las gavetas que veo; todas están vacías. Pero en el fregadero hay una pila de utensilios sucios, ahí debería de estar; ahí está. Lo tomo por el mango y lo acomodo hacia arriba, empiezo a mover mis manos sobre él sin descansar, hasta que escucho que los ronquidos han cesado, y paro. Si alguno de ellos se despertó y notó mi ausencia en la sala, estoy perdida. Pero los ronquidos regresan, ahora con mayor intensidad, y nunca pensé que estaría tan feliz de escucharlos.

¡Lo he conseguido! celebro mi primera victoria en silencio, y me engancho el cuchillo al pantalón como mi arma de defensa. Salgo de aquel horrendo lugar, el sol ya se asoma, corro al portón. Está cerrado con llave, y es sumamente alto. Dudo por unos segundos si debería escalarlo, aunque sé que es mi única alternativa. Una voz interrumpe mis pensamientos:

—Ahí está — son ellos—. Mis dudas han desaparecido, y escalo rápidamente el portón. Cuando estoy en la cima, vuelvo a dudar si lanzarme al otro lado. Mr. Flacucho me hala de la pierna, pero logro zafarme, y me lanzo sin dudarlo sobre el lodo y las piedras. Me pongo de pie y me doy a la fuga, mientras escucho a lo lejos:

—¡Busquen las llaves del portón imbéciles!

Es la chica de mi edad, al parecer quien lidera la manada. El flaco va de regreso a la casa, y ella escala el portón ayudada por el anciano con barba de Santa Claus. Tomo una bocanada grande de aire cada vez que miro hacia atrás. Estoy escalando una loma llena de árboles y bichos, y llego a una carretera. La chica me ha visto, viene en mi dirección, corre mucho más rápido que yo, así que cruzo la avenida sin ningún tipo de precaución.

 

Abro los ojos muy, muy lentamente, porque me duele cada centímetro del cuerpo. No sé dónde estoy, es muy oscuro. De pronto recuerdo el último momento antes de éste y tiemblo de solo pensar que estoy de nuevo en la casa abandonada, junto a los tres chiflados. Escucho unos ronquidos y mis pulsaciones se aceleran, no, no, no. Quiero llorar desesperadamente, pero hasta eso me duele, así que trato de calmarme. Los ronquidos son distintos de los otros… éstos parecen provenir de una sola persona. Me acomodo en mi cama intentando conciliar el sueño. En frente hay una ventana, se ven unas pocas estrellas. Sin duda este es otro lugar, otra casa u otra habitación dentro de la casa abandonada —no, por favor, no.

 

Ha amanecido. Observo montañas a lo lejos y árboles altos. Éste es un segundo piso, o tal vez un tercero. Tengo las  esperanzas de estar en un domicilio distinto, pero distinto no necesariamente significa mejor, y considerando que nunca conocí todos los rincones de dicha casa, podría estar en el mismo lugar.

Alguien toca la puerta. Me siento en la cama, creo que de ésta forma estaré más preparada para hacer frente a lo que sea que cruce por esa puerta. Para hacerle todo el frente que mi cuerpo adolorido me permita. Entonces se mueve el manubrio oxidado de la puerta, produciendo un sonido sumamente incómodo.