7-editable-01

–Sí Omar, estoy segura de mi respuesta. Las cosas se toman, las personas se conquistan.

Suspira, un poco irritado.

–Pues entonces lo haré, te conquistaré.

Y yo sospecho que su móvil es más el orgullo que el genuino interés en mí. Pero de todos modos me sigue pareciendo genial que quiera hacerlo, que me quiera ganar, que quiera que yo sea su novia.

–¡Buenas noches princesa! –dice Juan Carlos mientras camina en mi dirección y me planta un beso en la frente.

Omar se pone de pies tan pronto como lo ve.

–¿Y usted quién es?

–Yo soy Omar, voy al mismo colegio que Gabriela.

–Juan Carlos.

–Mucho gusto Señor.

 

Luego de una hora de viaje, por fin llegamos, y todo el mundo se apresura para ser el primero en bajarse del autobús. Aparece en escena la Srta. Quezada, y ante su imponente presencia todos retroceden en seco.

–¡Jovencitos! Vamos a salir en orden, no como animales. Primero los de al frente, me forman una fila junto al autobús.

Es increíble el poder que tiene para transformar el caos en calma.

Yo muero por salir de aquí para encontrarme con Natalia, Omar, y todos esos chicos de los que me he hecho amiga, y quienes desafortunadamente no van en mi salón. Me desanima el mandato de la Srta. Controladora, de permanecer todos juntos y alistados como si fuésemos a la guerra; con un poco más que suerte, tal vez me pueda escabullir entre mis compañeros.

Mi grupo se encuentra hipnotizado, ante los trucos y ocurrencias de un chimpancé, yo, mientras tanto observo detenidamente a mi alrededor, intentando encontrar a alguno de mis amigos, pero no tengo suerte. Nos seguimos moviendo en fila india y nuestros pies se sincronizan ante la no tan melódica voz de nuestra maestra.

–A la derecha, a la izquierda, deténganse –finalmente estamos frente a los tigueres– sí tigueres, así me gusta llamarlos cariñosamente de vez en cuando, especialmente cuando estamos a punto de romper alguna regla –por suerte la Srta. Quezada no nota mi ausencia y sigue dirigiendo el grupo en su tour por el zoológico de la ciudad.

A parte de mis amigos de siempre, hay dos chicos que nunca había visto. Camino junto a Natalia, y mi sonrisa refleja el hecho de que he sido liberada de toda opresión. Ahora sí vale la pena haber venido al paseo. Hacemos una parada técnica porque tenemos hambre, y por fin me presentan a los dos chicos nuevos: Ángel y Marcos. Nos decidimos por unos perros calientes, palomitas, gaseosas y brownies de chocolate. Ángel es muy amistoso, se me ha sentado al lado para ponerme tema de conversación y se ha preocupado bastante porque me sienta cómoda. A mi derecha se encuentra Natalia, y frente a nosotros Omar con sus dos inseparables amigos. Y yo no sé por qué con cada chiste que hace Ángel, se hace el ambiente más cargado. Me encuentro luchando entre lo gracioso de sus bromas y el controlarme para no reírme demasiado, para así evitar las miradas de fuego de los del al frente.

Necesito salir de allí con carácter de urgencia, necesito un poco de aire para digerir toda la mala vibra que le salen por los poros. Me distraigo un poco con el resto de visitantes, y con el baile de las hojas junto al viento y con todo lo que pasa a mi alrededor. Y cuando siento que la buena onda ha regresado a mi cuerpo, una mano robusta me toma de la muñeca y me hace correr detrás de ella como si el animal más salvaje del lugar se hubiese escapado. En medio de mi anonadamiento, me doy cuenta de que es Omar quien lo ha hecho. Intento controlar el vuelo de mi falta que coquetea con el viento, mientras forzo mis pies a seguirle el paso. Hemos tomado un camino un poco solitario, entramos por una puerta que dice SOLO PERSONAL AUTORIZADO y mi espalda hace contacto con una loma de tierra. Trato de recobrar el aliento en medio de sus labios y los míos, y cuando estoy por conseguirlo me besa con mayor profundidad.

–Sé mi novia por favor– dice Omar, y se hinca frente a mí. Y yo miro sin aliento al elefante de casi tres metros que tengo frente a mí.

–Omar, párate.

–No lo haré hasta que me respondas.

–Omar por favor, ponte de pie.

–Ya te lo dije, no lo haré hasta que me respondas.

–Sí Omar, sí quiero ser tu novia, pero por favor ponte de pie.

Y entonces logro que lo haga, ahora somos dos los asustados. Gritamos al unísono mientras salimos de aquel lugar del mismo modo en el que entramos: corriendo como un par de locos.

Me siento en el piso, olvidando el coqueteo de mi falda con el viento, necesito procesar lo que acaba de ocurrir. Intento  normalizar el ritmo de mi respiración, inhalando y exhalando profundamente; Omar, frente a mí, hace lo mismo. Y recuerdo que lo primero que tengo que digerir es que este chico es Mi Novio, y que juntos acabamos de escapar de las garras de la muerte. De pronto extraño con demencia a la Srita. Quezada junto al grupo de bobos que componen mi salón de clases. Esto es lo que a una le pasa cuando va en busca de aventuras, y no, no se le puede llamar arrepentimiento a lo que siento por saberme su novia, pero le temo un poco a lo que pueda venir de ahora en adelante, a tener que sufrir en carne propia los rumores que circulan por todas partes, pero bueno… me voy a arriesgar.

Me levanto del suelo agarrada de las manos de Omar para darme cuenta que tengo toda la pierna rasguñada. Pero acepto que sí, que fue inolvidable su declaración, y sé que es probable que se la cuente a toda mis descendencia, más o menos hasta a mi cuarta generación.

–Chicos, los andábamos buscando por todas partes, donde rayos estaban –dice Natalia, y yo miro a Omar con un toque de reproche.

–Resolviendo algo importante –dice mientras me abraza, y no queda ni la menor duda de cual era ese asunto.

 

Con las piernas doloridas y el corazón hinchado de la emoción, me siento exhausta pero feliz ¡soy la novia de Omar! Ese chico guapo que me puso a suspirar desde la primera vez que lo vi. No sé cómo podré dormir.

 

Es lunes otra vez… y la pila de tarea que dejaron los maestros no me dejó descansar en todo el fin de semana, porque fue tan grande que todavía hoy tendré que pasarme la tarde completa en la biblioteca para ver si logro terminar en lo que queda del año escolar. La concentración no es algo que se me de con facilidad, y estos días he visitado con mayor frecuencia las nubes de algodón con chocolate que Omar construyó para mí; se ha encargado de que regrese una y otra vez con las llamadas que me hace cada 60 minutos, y aunque quise apagar mi celular indefinidamente, el placer de escuchar su voz pudo más.

 

Afortunadamente sobreviví al primer examen parcial, y al primer día de entrega de trabajos, pero eso no implica que mi estrés haya concluido. Me encuentro sentada entre una pirámide de libros, un mar de papeles, un bosque de lápices,  y unas ganas gigantescas de dormir.

Poco a poco la biblioteca se va sumergiendo más y más en un silencio ensordecedor y me pesa más continuar aquí. Miro por la ventana más cercana y entiendo el por qué de la situación ¡ha anochecido! Tomo la pirámide de libros y me dispongo a colocarlos en su lugar, acomodo los tres primeros con una agilidad envidiable, pero quedo en ridículo ante mí misma unos segundos después cuando el resto de los libros se caen a lo largo del pasillo.

– ¿Gabriela?

– ¿Sí?

– Te quito los ojos por un par de minutos y desapareces.

– ¿Cómo? ¿Has estado aquí todo este tiempo?

–Sí, rogándole al cielo que terminaras de estudiar para finalmente poder llevarte a tu casa, y pasar un momento a solas contigo.

–Gracias Omar, no tienes idea de lo cansada que estoy.

–Sí la tengo, te he observado estudiar con diligencia.

– ¿Tú también estabas estudiando?

–Sí, aunque en realidad no acostumbro a hacerlo – ¿cómo?

–No suelo estudiar para los exámenes pero siempre me va bien, porque presto atención a las clases y retengo mucha información –agrega, al darse cuenta de que me he quedado en el aire.

–Pues ojalá yo pudiera hacer lo mismo.

–No te preocupes por eso, tú tienes la capacidad de hacer otras cosas…

– ¿Cómo cuáles?

–Posees la capacidad de arrebatarme el aliento en cuestión de segundos, y de imprimirme un deseo desesperado de besarte.

–Y eso… para que… –se acerca a mí e interrumpe mis palabras con un beso.

Me apoyo sobre su pecho para liberar un poco del cansancio que tengo.

–Ven, te llevaré a tu casa para que puedas descansar.

–De acuerdo, pero primero tenemos que recoger el reguero de libros que está en el pasillo.

–No inventes Gaby, mi amor, está muy tarde, mañana que lo recogerá alguien del mantenimiento.

–Lo siento, pero no puedo dejar ese desastre, es mi responsabilidad recogerlo, así fue como me educaron en mi casa –y me dispongo a colocarlos sigilosamente en su lugar, luego de un lamento Omar también contribuye a la organización del lugar.

 

– ¡Gracias!

–No tienes que agradecer, es mi responsabilidad de novio traerte hasta la puerta de tu casa –nos besamos.

Subo como zombi las escaleras principales.

 

Natalia y yo tomamos el sol en nuestras respectivas camillas mientras disfrutamos de una rica gaseosa y platicamos sobre la vida, los amigos y los acontecimientos del presente año escolar. ¿Cómo olvidar lo ocurrido en el cumpleaños de Jesika? esa ha sido nuestra experiencia social más memorable del año. Nos reímos a carcajadas, y yo me siento dichosa de haberla conocido, porque gracias a ella la incertidumbre por el futuro y el temor de encajar en este mundo de “riquitos” se ha esfumado; sé que no estaré sola, que siempre podré contar con ella, y eso es gratificante. A nuestra entretenida conversación le sigue un silencio reconfortante, y siento que esta es la mejor recompensa a la tan ajetreada semana de parciales.

 

De pronto me encuentro sumergida en la piscina, he bebido agua hasta por los oídos, y aunque sé nadar me ha tomado por sorpresa. Omar, como siempre se ha encargado de convertir mi tranquilidad en desequilibrio con sus ocurrencias, no le ha importado mojarse con todo y billetera con tal de salirse con la suya. Me toma en sus brazos y me acaricia con el agua: ¡lo amo! Confieso que amo su manera de ser, hasta cuando es un pesado.

Natalia se ríe de mí desde su chaise lounge, y siento unas ganas desesperadas de hacerle lo mismo.

– ¿Y ahora con qué ropa te vas a devolver para tu casa?

– Probablemente con ésta misma.

– Pero te va a dar frío, y también podrías enfermarte.

–No te preocupes por mí, voy a estar bien —responde, mientras me abraza y me susurra al oído: Escápate conmigo.

–¿Qué dices?

– Que nos vayamos de aventura, a conocer nuevos lugares.

– No creo que Juan Carlos me lo permita.

– Entonces no le pidas permiso, dile que te quedaste en casa de Natalia todo el fin de semana y punto.

– Tú lo pones muy fácil todo, pero no es así.

– Es así, ¡vamos!

Suena interesante, pero no estoy segura de si deba hacerlo.

–¿Confías en mí? —¿y yo cómo le digo que no a esos ojos tan hermosos, y a esos besos insistentes y a esos brazos que me arrullan?

– Sí, confío —y en sus labios se dibuja una sonrisa al instante, y sus ojos se llenan de más luz, y me contagia con su alegría, y soy reflejo de su luz.

 

A Natalia no le gusta para nada mi decisión, pero sabe que no puede hacer nada para hacerme cambiar de opinión, así que se enfoca en enumerar todas las dificultades que tendrá para mantener a salvo mi secreto.

Se supone que saldremos hoy en la noche, así que ya hablé con mi padre para que no se preocupe demasiado por mí, y dejé que Doña Xiomara me viera con una pijama, para que piense que estoy dormida.

He preparado todas mis cosas, pero mi corazón late rápidamente ante la inminente aventura. Entre Natalia y yo hay un silencio que está lejos de ser reconfortante, me mira inquisitivamente, y mis dudas florecen como las margaritas en una mañana de primavera.