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Corremos tan fuerte que todo lo que se escucha es el motor enfurecido, instado por la adicción a la velocidad de Omar. Subimos y bajamos, acompasados con la melodía de la libertad y con la promesa de la independencia. Las luces del cielo son acongojantemente hermosas, y convierten la carreta en un admirable paisaje. Abrazo a Omar, intentando sobrellevar la emoción que recorre todo mi cuerpo.

A lo lejos visualizamos el lugar perfecto para pasar nuestra primera noche juntos, y nos detenemos allí. Encadenamos la moto al árbol de la entrada, nos descalzamos, y caminamos como si aquello fuese un lugar sagrado. Piedra maciza, rugosa, fría, contra piel blanda, lisa y tibia; mi red de nervios se activa, y una sonrisa atrevida se asoma a mi rostro.

Una pashmina fucsia, su cuerpo bien torneado y un espacio vacío bajo su brazo, que es exactamente de mi tamaño. La noche es más fría que mi primera noche sin mamá, pero sus brazos pelean con la temperatura para hacerme sentir más tibia; yo también combato con ella, cubriendo todo su pecho con mi abundante melena. Una parte de mí me grita que estoy loca, pero la otra chilla de la emoción ante nuestra primera noche juntos, a la intemperie, a la carta, a la perfección.

Intento conciliar el sueño, mientras ignoro unos aullidos que se escuchan a lo lejos. Omar, por su parte, ya se ha quedado dormido, lo sé porque hace rato que no dice ni media palabra. El cansancio me hipnotiza, y siento que voy cayendo en espiral, mientras su aliento me eriza la piel, el pelo, el alma.

 

Nos montamos en su motocicleta nuevamente, hasta que llegamos a un restaurante modesto y excéntrico, con un aura salvaje. No tiene nada que ver con los restaurantes a los cuales he ido. Lo único que sirven es  carne con vegetales, y tú mismo los tienes que elegir; yo no tuve problema con seleccionar los mejores tomates y espárragos, pero cuando tuve que elegir entre un tierno conejo gris y otro negro, no pude continuar, Omar tuvo que hacer la selección por mí. Nos sentamos en el suelo, un pedazo de tronco que hace la función de mesa nos separa, mientras mis tripas y mi conciencia entran en conflicto: la una me grita que la alimente, la otra me recuerda que no debo  comerme al inocente conejito. Termino rápidamente con los tomates y los espárragos, y miro la carne de conejo solitaria en el ancho y hondo plato. No, no lo puedo hacer, recuerdo los ojos tiernos y el terror de aquellos conejitos y sencillamente no puedo. El ser humano es extraño en ocasiones, si no hubiese visto a ese animal vivo no tendría reparo en devorarlo, pero como lo vi con vida ahora actúo como la más rescatada de las vegetarianas.

Retomamos nuestro viaje en moto por unos cuantos minutos más, no sabemos hacia donde nos dirigimos, solo nos detenemos donde nos apetece y nos marchamos en cuanto nos aburrimos. Ahora hemos parado en una de las playas más hermosas del país, hay mucha gente como siempre, turistas de todas partes del mundo y también muchos nativos. Me encanta el tono rosa quemado que el sol imprime en mi piel cada vez que vengo. Nos quitamos la ropa, dejando ver las piezas de baño que traemos bajo las mismas. Omar me carga como ya es costumbre, y nos dirigimos al mar. Esto es genial, el sol, la playa, su sonrisa, y el descanso que mi cuerpo me pedía. Me abraza por la espalda y me llena de besitos, me derrito; parecemos una pareja de recién casados. Es increíble lo bien que me siento cuando nos miramos fijamente a los ojos, sin decir nada.

Palmeras en la playa

playa dominicana

Esta noche en particular es especial. Nos quedaremos en un hotel cerca de la playa, hemos pasado de ser un par de vagabundos a pertenecer a la élite. Seleccionamos una habitación doble, pues yo aún no me siento preparada para compartir el lecho con él; aunque ya siento que lo amo, no estoy lista para dar ese paso. Pero de todos modos Omar me convenció de compartir la misma habitación, argumentando que no me obligaría ni presionaría a hacer nada que no quisiera, y que me cuidaría de cualquier cosa que se pudiese presentar en la mitad de la noche, como si después de dormir al aire libre, una linda habitación en un hotel pudiese atemorizarme.  Colocamos nuestros atuendos en nuestras respectivas camas, y nos turnamos para sacarnos la sal que nos ha dejado la escena de recién casados. Elegí algo sencillo, pero luego de observar la selección de Omar, he decidido cambiar a un vestido más elegante, ¡este chico es impredecible! Primero me vende la idea de ser el hombre más arriesgado y aventurero del mundo, y ahora resulta que es todo un galán, con corbatín y todo. Le veo salir de la ducha, como un ángel sale del cielo. Huele riquísimo, y trae el pelo mojado, peinado hacia atrás; el brillo del agua es el toque final para tan profesional obra de arte, así que decido meterme rápidamente a la ducha para no sucumbir a sus encantos.

Salgo, y él ya está listo. Rociándose su perfume con gracia. Me sonríe y yo permanezco oculta tras mi toalla.

–No te preocupes amor, saldré para que te vistas a gusto –sonrío.

¿Qué rayos estoy haciendo? ¿Qué hago aquí? ¿Cómo se me ocurre venir sin avisar en mi casa? Soy apenas una adolescente sin identificación –asshhhhhh, ya cállate. Disfruta… de todos modos ya estás aquí– refuta mi yo aventurero.

Me coloco el vestido coqueto, y los tacones que traje por si acaso, jurando y perjurando que no los iba a necesitar. Coloco crema de peinar en mi pelo, y lo seco un poco con el secador. Me maquillo, me perfumo, y me dispongo a terminar con la espera de Omar. Cierro la puerta detrás de mí, y lo encuentro esperándome con paciencia en el sofá que está junto a nuestra puerta. Me pongo de pie junto a él sin decir nada, y no sé por qué de pronto siento vergüenza. Ha de ser por lo misterioso que se ha vuelto todo, por lo cambiado que está, porque se ha ausentado el Omar juguetón y bochinchoso que yo conozco, porque le veo demasiado formal, y por supuesto, porque compartimos la habitación, y siento que eso de algún modo me pone en desventaja. Pero bueno… ya me ha dicho que no hará nada que yo no quiera hacer.

–Te ves hermosa –se pone de pies.

–Gracias, tú también lo estás –sonrío.

Me da un beso en la mejilla, toma mi mano y empezamos a caminar por el pasillo.

–¿Qué quieres hacer? –sonrío.

–No sé, lo que tú quieras.

–Mmmmmm, pues empecemos por cenar.

–Me parece una idea genial.

Y así es como nos dirigimos a uno de los restaurantes del lugar. La ambientación es de primera, y nos atienden como si fuésemos empresarios importantes. Omar es tan caballeroso que me estoy empezando a preocupar, me acomoda la silla antes de sentarse, me ha regalado una rosa que no sé de dónde sacó, y su sonrisa encantadora ha estado presente en todo momento. Se siente genial estar con un hombre mayor.

La comida está deliciosa, y ni qué decir de la compañía. Hemos hablado de todos los temas imaginados, y resulta que tenemos muchas cosas en común. Me ha encantado esta cena, la culpa por haber venido sin permiso ha desaparecido por completo.

 

Caminamos por la orilla de la playa mientras conversamos sobre la necesidad que tiene el ser humano de romper la rutina e ir detrás de aventuras y cosas nuevas, y sobre el coraje que muchas veces se necesita para poderlo hacer.

–Si en un punto de tu vida llegaras a tener todo lo que siempre soñaste: una familia, un buen trabajo, soltura económica y seguridad en general ¿estarías dispuesto a abandonarlo todo con tal de vivir una aventura inolvidable que promete cambiar tu vida por completo?

–Mmmmm, me la pones difícil. Pero yo creo que eso va a depender de que tan infeliz me encuentre en esa vida aparentemente perfecta. Porque aunque todo suena muy idílico, podría ser que esas cosas no me llenen; si es así me arriesgaría a perderlo todo con tal de vivir esa experiencia que promete cambiarme la vida.

–¡Wow! ¿En serio estarías dispuesto a dejar toda una vida solo por una experiencia?

–Sí, y no es solo una experiencia, es LA experiencia que podría dar verdadero sentido a mi existencia.

–Yo preferiría buscar una experiencia menos drástica, que no comprometa la estabilidad alcanzada hasta el momento.

–Entiendo. Pero conociéndome, estoy dispuesto a dejarlo todo con tal de vivir experiencias inolvidables, porque así soy yo.

Y esa pregunta, junto que nuestras respuestas me hace descubrir todo un universo que antes no había contemplado. Dirijo mi mirada hacia el cielo y observo las estrellas, todas esas pequeñas luces que encierran una promesa distinta, o una aventura distinta por descubrir. Admito que Omar tiene un punto.

–¿Y si esa experiencia que promete cambiar tu vida por completo resulta ser menos satisfactoria de lo que esperabas? Y terminas donde empezaste: sin una vida estable y con el mal sabor de haberlo dejado todo por algo que no valía la pena.

–Bueno… en ese caso habrá valido la pena descubrir que no valía la pena. Gaby, prefiero arriesgar y perder, que no intentarlo y sufrir por lo que hubiese podido ser.

Me toma de la cintura y nos miramos fijamente a los ojos, las palpitaciones de mi corazón se aceleran cada vez más. Es mi novio y me pone los nervios de punta, no sé si alegrarme o sentirme como una tonta. Bajo la cabeza porque no resisto más la química que flota entre nosotros; él, por su parte, toma mi barbilla y me obliga a mirarlo nuevamente.

–Estas sonrojada –bajo la cabeza por unos segundos, y la subo nuevamente para responder afirmativamente a su interrogante. –Eres tan tierna– ¿O querrás decir “tan tonta”? Cuando creo que ya no resistiré más la intensidad de nuestras miradas, nuestros labios se funden en un beso, en uno muy delicioso e inolvidable.

–Me sonrojo porque tú me pones muy nerviosa –él sonríe.

–Es halagador que te sientas así conmigo –y muy embarazoso para mí.

Me abraza y nos dirigimos de vuelta a nuestra habitación. No sé cómo le ha hecho, pero tenemos alcohol, a pesar de que ambos somos menores de edad. Aparentemente tiene muy buenas conexiones, y también muy corruptas conexiones.

Sé que debería de permanecer sobria para no cometer una locura, pero éste día ha sido tan genial que no quiero limitar la diversión en ningún modo. Después de todo solo se vive una vez, y la juventud luego de que se va no regresa; tengo 15 años y 15 excusas para cometer locuras.

Ponemos música de fondo y empezamos a tomar. Nos reímos como un par de tontos, comentando las experiencias que hemos vivido hasta el momento.

 

Ya es tarde, son las 2 de la madrugado y mi cuerpo no tolera ni una gota más de alcohol. Me tiendo sobre mi cama preparándome para dormir. Aparentemente Omar aún no tiene sueño, se mete en mi cama y me abraza fuerte.

–Ya es tarde Omar, estoy muy cansada, vete a tu cama.

–¿Qué tal si mejor dormimos abrazaditos toda la noche?

–No me parece.

–¿Por qué?

–Tú lo sabes, ya hemos hablado de ello.

–Ahhhhh, es por eso… no te preocupes, solo te quiero abrazar toda la noche, sentir tu suave piel, percibir tu dulce olor.

–Pero estamos tomados, pueden suceder cosas indebidas.

Ignora mis palabras y se arrodilla junto a mí. Coloca ambos brazos a mi alrededor, y me encuentro acorralada entre su cuerpo y mi cama, entonces me besa y mi determinación empieza a difuminarse como las nubes al caer la noche. Mueve sus labios con gracia sobre los míos, y baja por mi cuello como si adivinara que esa es mi debilidad.

 

Amaneció demasiado rápido para mí. La luz del sol es más chillona que la voz de mi madre un lunes en la mañana. Me siento en la cama y me quedo boquiabierta al ver un camino de ropa, hecho con las pertenencias de Omar.