25. Capítulo 9 Portada4-01

El vuelo de mi vestido danza al compás de la canción, a veces me gusta mirarlo, para evadir aquella sonrisa que promete regalarme el mundo, que intenta seducirme desesperadamente sin sospechar que solo está perdiendo su tiempo. Nos acercamos, y nos alejamos, conforme nos sugiere la melodía. Y me siento como toda una pesada, por no saber corresponder con la misma sonrisa, ni con la misma mirada, ni con el mismo interés.

A mi lado se encuentra Natalia, luciendo despampanante su vestido azul turquesa, bailando del brazo de un joven rubio y alto; mirándome de reojo y leyendo cada uno de mis pensamientos como si yo los llevase escritos en la frente. La canción acaba, empieza la siguiente, seguimos bailando; ni siquiera sé de qué me quejo si mi pareja es hermosa, simpática y tiene buen ritmo. Supongo que la chica pelirroja que coquetea con Omar mientras giran y giran al compás de mis celos no me deja concentrarme. Nos encontramos en la fiesta de quince años de una compañera del colegio, Jesika. Y desde el día en que me enteré que él también vendría, no he dejado de soñar con bailar con él; pero se le adelantaron a mis sueños.

Me prometí a mí misma que iba a hacer algo, y aquí estoy, sentada, con un cóctel viendo como una completa desconocida me da una verdadera paliza. Después de cinco cócteles más ya no lo soporto, así que decido aprovechar un momento de descanso de mi archienemiga, e ir en su dirección determinada a capturar y mantener por un tiempo prolongado su preciada atención. Le veo servirse un trago en el bar, practico una y otra vez mis líneas, y cuando estoy a un paso de distancia una mano toca mi hombro.

— ¿Me permite ésta pieza señorita? — es Roberto, quien no pudo haber sido más inoportuno.

—Claro que sí. — respondo, intentado ocultar mi irritación. Parece que el mundo conspira en nuestra contra.

Es una canción de Juan Luis Guerra, “a pedir su mano”. Giramos y giramos, y yo me sigo mortificando con la parejita de al lado, y entre tanto giro y giro, no me he dado cuenta en qué momento fue que cambiamos de pareja. Ahora estoy con Omar, anonadada, escuchando la canción a lo lejos. Se termina, me da un giro final y termino con la espalda recostada del aire, sostenida con sus brazos. Somos todo sonrisas cuando el tacón del zapato que me sostiene se dobla como si estuviese hecho de algún material flexible y me caigo en el medio de la pista. Omar no se lo cree, está boquiabierto, por un minuto eterno somos el foco de atención de la fiesta. Hasta que él se cansa de tanto papel protagónico, me carga y salimos de aquel lugar lleno de risas controladas. Natalia nos sigue, se quiere asegurar de que estoy bien. Nos sentamos en unos bancos de madera, ubicados en el jardín de la casa. Omar intenta enderezar mi tobillo y yo grito de dolor.

—Déjalo como está, ya se arreglará solo.

— Si no lo encajamos bien, el dolor no cesará.

—Estoy de acuerdo, pero tú no eres un experto, ¿o sí? — me mira un poco irritado— con todo el respeto que te mereces, prefiero que lo enderece un profesional.

—Entonces vamos a emergencia, aquí cerca hay un hospital.

—No te molestes, llamaré a Juan Carlos para que me venga a buscar. Tú por tú parte, tienes una cita que atender.

—Déjame ayudar por favor, fue mi culpa. Y esa joven no es mi cita, es una compañera de clases.

— Y de baile – susurro.

—¿Cómo dices?

—Que pensé que era tu pareja de la noche.

—¿Éstas celosa?

—Eso no importa. —me mira conteniendo la risa.

—Si vas a llamar a Juan Carlos hazlo de una vez, no es recomendable que dejes pasar más tiempo, tu lesión puede empeorar. — interviene Natalia.

—Déjame llevarte por favor, por un lado es mi culpa y por el otro no queremos preocupar a tu padre ¿o sí? Hay algunos progenitores que son muy sobreprotectores, y ésta podría ser una razón para que lo pienso mejor antes de dejarte salir a alguna fiesta. ¿Quieres que pase eso?

—No. — Pongo los ojos en blanco.

— Entonces vamos.

—Voy con ustedes, déjenme avisarle a Víctor.

Miramos a Natalia perderse entre los arbustos del jardín, mientras su vestido coquetea con la brisa y la luz que se refleja en el satín desaparece cual chispa de pirotecnia. Ahora nos vemos a los ojos, esos ojos miel que destacan en la oscuridad gracias a sus pinceladas de amarillo quemado, esos ojos grandes e imponentes mirándome fijamente, mi respiración se acelera. —No soy más que una niña tonta, haciéndose ilusiones con alguien que no ha dado muestras de estar interesado, alguien que sale con muchas chicas y coquetea con otras tantas.

—Déjame ayudarte.

Rodea mi cintura con sus brazos y me carga con cuidado. Tomo los tacones y me vuelvo a perder en su mirada, respiro su olor, le observo desde cerca: su pelo, su cuello. Cierro los ojos para obligar a mis pensamientos a tomarse una pausa, hasta que llegamos al auto.

—¿Estás bien?

—Sí, solo un poco cansada — de todo lo que provocas en mí.

Natalia y Víctor nos siguen en otro carro. Me debato entre el dolor de mi tobillo y el dolor de tenerlo tan cerca, y que no sea mío. Le miro los labios y muerdo los mío, me sonríe con entera inocencia y dejo que mis ojos se distraigan con las luces de la calle, mientras exclamo una que otra queja.

—No debí hacer ese giro tan brusco e inesperado — y lo que no sabe es que me fascinó.

—No deberían de hacer estos calzados de porquería. — Reímos.

— Estaciónate aquí, debo hacer algo.

Entonces me quito el calzado del pie sano y lo lanzo junto al calzado roto, muy pero muy lejos de mi vista. Una notificación de whatsapp aplaca nuestra diversión, es Natalia.

— Ten cuidado con él, sé que ahora parece muy amable pero…

— Pero… ya sabemos cómo es. Ya lo sé Natalia, estoy haciendo mi mejor esfuerzo por cuidarme de él. — Lo miro, y cuando nuestros ojos coinciden regreso la mirada a mi celular. El continúa manejando como si nada. —Tal vez sea cierto que es un mujeriego de lo peor, pero dudo mucho que sea capaz de hacerme daño. Aunque si me quiere secuestrar yo no pondría resistencia, jajajajaja.

—¿Qué es tan gracioso?

—Jajajaja, cosas de chicas.

 

Estoy en una camilla, esperando que venga algún doctor y alivie mi dolor. Me preocupa que Juan Carlos me espere hasta tarde, y que se dé cuenta de lo que me pasó. Entra una mujer madura, de cabello largo y castaño, con una sonrisa amable. Pone una silla frente a la camilla, cerca de mis pies y me advierte:

—Te voy a encajar el tobillo, respira profundo. Pero si el dolor es insoportable me avisas y te ponemos anestesia.

—De acuerdo. —Respiro hondo, mantengo la respiración en mis pulmones todo el tiempo posible y me preparo para el dolor.

—Ya terminamos. Te colocaré una venda, te la puedes quitar y volver a colocar cada vez que te bañes. En dos semanas ya caminarás como de costumbre, pero la primera semana necesitarás de unas muletas para no lastimarte. — Me dice mientras me ayuda a sentarme en la camilla.

— Ya te puedes ir, voy a llamar a tus amigos para que te vengan a ayudar.

 

—Tendré que comprar muletas…

—En el colegio yo te ayudaré.

—No quiero tu lástima, voy a estar bien.

—No seas grosera, no es lástima.

—Culpa entonces…

—Es una excusa para estar cerca de ti. — me quedo boquiabirta.

Debe de ser su primer movimiento como todo el Don Juan que es para que yo caiga redondita a sus pies. Pero no sé si pueda resistirme a sus encantos, aunque ello conlleve consecuencias desastrosas.

—Quisiste llevarme al hospital para que mi padre no se diera cuenta, pero ya ves, con estas vendas y con las muletas, eso será inevitable. — Cambio de tema.

—Sí, puede ser, pero al menos me aseguré de que estuvieras bien.

 

Se estaciona en el frente de mi casa, esa fachada que me impresionó la primera vez que la vi, y que todavía hoy me sigue encantando. Cojeo del brazo de Omar hasta la entrada, y silenciando la voz que me advierte que me darán un sermón, toco el timbre. Es Pachita.

—¿Qué le pasó Srta. Gabriela?

—Un paso de baile muy arriesgado, jajajaja. — Omar me mira un poco avergonzado.

—¿Y Juan Carlos dónde está?

—En su despacho, esperándola.

—Nos vemos en la escuela. — Se despide Omar y me da un beso en la mejilla.

—Nos vemos en la escuela. — Le sonrío.

 

—Ya estoy en casa.

—¿Y por qué llegaste tan tarde? Tú y yo acordamos una hora.

—Es que tuve un pequeño accidente. —respondo mientras miro en dirección a mi tobillo.

—¿Y eso cómo sucedió? — pregunta Juan Carlos con una mezcla de asombro y preocupación.

—Pues bailando, aparentemente los zapatos no eran de la mejor calidad. — respondo, temiendo un poco que este incidente me corte las alas.

—¿Te duele mucho? — pregunta, dándome un beso en el pelo. Ha dejado su confortable sillón para sentarse a mi lado.

—No, después que me encajaron el tobillo ya no me duele tanto. Pero la doctora me indicó usar muletas la primera semana, y me dijo que en dos semanas ya estaré como nueva.

—Entiendo princesa, creo que ya es hora de que te vayas a descansar. Así te recuperarás más rápido.

Me siento un poco rara de recibir tanto cariño, especialmente cuando lo que estaba esperando era que me llamaran la atención, o que me dijeran que no podía regresar a ninguna fiesta. Supongo que exageré un poco con mis expectativas, pero también es culpa de los comentarios de Omar.

 

Ya estoy en la cama, mi… padre… se ha asegurado de que esté cómoda y bien cobijada. Me ha colocada agua y calmantes en la mesita de noche, y me ha hecho prometerle que le llamaría si llegase a necesitarle, así fuese en plena madrugada.

Observo las estrellas desde el gran ventanal que hay junto a mi cama, y pienso en ésta noche. Tantas expectativas, pero a veces las cosas no salen como las planeamos, salen mejores. Recuerdo mis celos, los ocho cócteles que me tomé —con muy poco alcohol porque sino hubiese llegado a mi cama sin darme cuenta— ese momento mágico cuando bailé con Omar, el minuto de atención absoluta, mi dolor mezclado con felicidad, y el cariño de Juan Carlos. En realidad no me puedo quejar. Todo estaría perfecto si Omar no tuviese esa fama de rompecorazones, o si mi corazón quisiera hacerle caso a mi cerebro.

Le mando un mensaje por whatsapp a Natalia diciéndole que estoy bien, antes de quedarme dormida.

 

Nunca me habían puesto vendas, ni yesos, ni puntos ni nada, — fui una niña muy bien portada o simplemente tuve suerte. Creo que solo tuve suerte — pero, pues ya me tocó, y es sumamente incómodo. Camino torpemente con mis muletas, mi mochila y mi lonchera, mientras veo que todos mis compañeros de curso se me adelantan.

—¡Espérame Gabriela! — escucho una voz a lo lejos, y me imagino que es una broma porque no creo que haya un estudiante en todo el colegio que camine más lento que yo ahora. Así que sonrío ante el sarcasmo y continúo mi camino.

—Déjame ayudarte. —es una voz familiar.

Volteo y me encuentro con los ojos suplicantes de Omar, quien rápidamente toma mi mochila y lonchera.

—¡Gracias! — le digo, y me responde con una sonrisa.

Entra en mi salón primero que yo y coloca mis pertenencias en una butaca, cerca de la puerta. Me ayuda a sentarme y pone mis muletas en una esquina. Esbozo una sonrisa tímida de agradecimiento.

 

En el recreo me siento junto a Natalia como siempre, y también junto a Víctor, porque desde que se hicieron novios no se han separado.

—Mi amor, déjame un rato a solas con Gabriela por favor.

—Y ustedes dos que se traen. — dice mientras le da un piquito.

—Cosas de mujeres.

Yo no tengo idea de a cuáles cosas de mujeres se estará refiriendo Natalia. Seguro que no es nada en especial, y que esa fue una excusa barata para que él nos dejara un rato a solas.

—Me acabo de enterar de algo de muy buena fuente.

—¿De qué?

—De que Omar hizo ese giro de baile a propósito, para lesionarte y dejarte en ridículo frente a todos. Y que la chica con la que bailó es su novia.

Con mis ojos empañados de lágrimas, los veo atravesar juntos la explanada del colegio.