Finalmente descubro la razón real por la que mi madre se fue sin dar explicaciones. Quisiera reclamarle, expresar mi enojo, pero no lo puedo hacer. Lo que vi me ha dejado completamente muda.

–¡Gabriela! ¿Qué haces aquí? – ¿en serio esas son las mejores palabras que puede articular después de años sin verme ni llamarme?

–Vine a buscarte, vine a encontrar la respuesta a esa pregunta que me taladraba el alma, vine a entender, a entenderte… pero ahora entiendo menos que antes.

–Gabriela, escúchame. No quería que te enteraras de esta forma, créeme. Estaba buscando el momento adecuado para decírtelo.

–Eres repugnante, me da asco haber nacido de ti.

–Mide tus palabras… yo sigo siendo tu madre.

–Usted dejó de ser mi madre cuando me dejó con un perfecto desconocido y desapareció. Ni siquiera pudo sacar un segundo de su vida para llamar y saber que estaba viva.

–Sabía que estarías bien, conozco a Juan Carlos; aunque no lo creas jamás te dejaría con un cualquiera –escucho sus palabras, pero es como si ya nos las entendiera. Como si estuviese hablando en latín o en algún otro idioma desconocido para mí.

Camino hasta la casa abandonada de la esquina, he dejado mi vehículo estacionado frente a ella. Conduzco de regreso a la ciudad, recorriendo el mismo trayecto que transité aquel día en que cada fibra de mi ser auguraba sobre un cambio drástico en mi vida. Esta vez no escucho mi canción favorita del momento, por el contrario, dejo que un desconocido elija la música por mí, que amenice a control remoto mi vida.

En la carretera descubro un lugar nuevo, un barcito que no recuerdo haber visto en mi último viaje con Natalia. Nunca he estado en un bar sola, pero como pocas veces en mi vida, hoy necesito un trago… y lo necesito desesperadamente.

–Un vodka en las rocas por favor –el chico al otro lado de la barra me lo sirve sin articular palabra, y en su lugar inserta una sonrisa de lado. Sarcástica – no me importa lo que pueda estar pensando, no me importa ser una mujer sola, tomando alcohol como si fuese una cualquiera. Nunca me ha importado la opinión de los desconocidos, y mucho menos me importa en este momento.

El alcohol funciona como ungüento sobre mi alma herida, y mientras más toma más recuerdo aquella escena, pero me duele menos.

Se me acerca un hombre como de mi edad. Se sienta a mi lado, me coquetea; yo me dejo llevar. Tengo ganas de dejarme llevar, tengo ganas de colocar mi dolor sobre una hoja y dejarlo que fluya con el río.

Lleva poca ropa, y en menos de lo que me doy cuenta nos estamos besando. La escena se vuelve cada vez más íntima, así que nos dirigimos a una habitación en la parte trasera, justo después de los baños; pareciera que todo el lugar estuviese pensando para ocasiones como éstas.

Él es hermoso, pero lo que realmente me cautiva es su mirada ardiente, es como si hubiese fuego del otro lado de su iris. Un fuego delicioso, un fuego que podría consumirme en cuestión de segundos. Un fuego con el que me gustaría jugar, aunque me queme. Me lanza en la cama, y me besa apasionadamente en el cuello, hasta que ya no tengo fuerzas para impedirle que me desnude. Y allí nos encontramos los dos, inmersos en la pasión; jugando a amarnos, aunque ni siquiera nos hemos presentado. Allí estoy, alegando demencia. Olvido. Desfachatez. Juego a que me olvido de lo que vi hace unas horas, juego a que nada me importa, juego a que el sexo lo cura todo.

Nos acompasamos con el palpitar de la naturaleza, convirtiendo nuestros cuerpos en uno solo; en un solo gemir, en un solo sentir, en un solo fuego. Me estoy deshaciendo ante él, y en este preciso momento juro que estoy tocando el cielo.

 

He pasado la noche en un lugar desconocido. Él sigue junto a mí. Me observa mientras yo abro los ojos lentamente y trato de acostumbrarme a la luz del sol.

–¿Le gustó? –¿qué clase de pregunta es esa?

–Mmmm… sí.

–Mi número es 38.

–¿Tu número de qué?

–Mi número…

–No entiendo, pero tampoco quiero seguir indagando.

Con los tacones en la mano, el delineador corrido y el cabello desgreñado, me dirijo a la caja para pagar mi bebida de anoche. Me sorprende que a pesar de lo temprano que es, el lugar está considerablemente lleno, y todos los hombres se visten igual.

–¿Cuánto le debo?

–40,000.

–Creo que hay un error, solo pedí 5 vodkas en las rocas –hasta donde puedo recordar.

–Así es señorita, más la habitación, más el servicio personalizado.

–¿Servicio personalizado?

–Sí, servicio personalizado de “amor” – ¿de amor? Me quedo perpleja al empezar a entender de qué va todo esto, me he metido en un…

Paso la tarjeta de crédito bajando la cabeza, no puedo creer la locura que acabo de cometer.

–Firme aquí señorita.

 

Al salir me fijo en el letrero de local: “Prostitutos de amor”, entonces confirmo mis sospechas mientras un deseo oscuro reaparece en mí.

 

Estoy leyendo las noticias desde una aplicación en el celular, mientras espero a que Rebeca termine de arreglarse. Necesito distraerme un poco, así sea con una lista interminable de feminicidios. Hace años que no salgo con una mujer, y tengo que aceptar que he perdido un poco la práctica.

Luego de unos minutos, la veo saludarme al otro lado de la ventanilla. Me pongo de pie y le abro la puerta, después de quedarme mirándola como tonto por un par de segundos.

–¡Estás hermosa!

–¡Gracias! – me besa en la mejilla, y yo me escudo en mi rol de conductor para disimular que me gustó mucho.

–Tú también estás muy elegante Juan Carlos, como siempre.

Sonrío.

He reservado una mesa en la terraza de un restaurante de comida taiwanesa. Ordenamos una entrada, mientras me cuestiono si estaré haciendo lo correcto, si está bien que salga con una mujer que podría ser mi hija. Mis sentimientos y mis pensamientos intentan dialogar, pero no llegan a ningún acuerdo.

–Juan Carlos, ¿en qué piensas?

–En lo afortunado que soy de que hayas aceptado salir conmigo.

–No digas tonterías, la afortunada soy yo. Desde mi primer año en la universidad no había salido con alguien tan interesante como tú.

Sonrío con vergüenza. Sus palabras flotan en el aire disipándose poco a poco, mientras yo me pierdo en sus ojos oscuros, contemplo su melena castaña que cae con gracia sobre sus hombros y luego admiro su escote. Se enciende en mí una chispa que hace mucho no me permitía sentir. Dirijo mis ojos rápidamente al río que tenemos en frente cuando me descubre admirando su pecho. Pero yo no soy así, no suelo ser así.

–No pasa nada – susurra mientas me coloca su mano sobre la mía.

–Aquí está su entrada, ¿están listos para ordenar? – nos interrumpe la mesera.

–Sí, yo quiero un changua y un Taiwan duck fark por favor.

–¿Y para la señorita?

–Un tainan y una copa de Shaoxing.

–Buena elección.

–Con permiso – se retira la mesera.

–¿Te puedo hacer una pregunta?

–Claro que sí.

–¿Qué te motivó a estudiar finanzas?

–Siempre me ha llamado la atención como influye el dinero en el bienestar de las personas. Me apasiona analizar las distintas variables que implica una decisión financiera, trazar estrategias e influir en las decisiones de personas poderosas. Al final del día, aunque parezca paradójico, el mundo se mueve con dinero. Incluso hasta para nacer o morir necesitamos dinero  – descubro en ella una expresión de rechazo, pero continúo con mi tesis–. Y no me considero una persona materialista en lo absoluto, tal vez por eso me llama tanto la atención el poder que tienen las finanzas en la vida de todo ser humano –su expresión se suaviza.

– Pues en ese último punto concuerdo contigo, para bien o para mal, el dinero es muy importante en la vida de todos; el modo en que decidimos utilizarlo repercute en nuestra vida y en la vida de nuestros seres queridos. Pero cuando hablas de influir en las decisiones de personas poderosas, pareciera que eres una especie de manipulador.

–Manipulador no, pero si se siente bien tener cierto poder, aunque sea de manera indirecta. Tal vez esa es otra razón por la que estudié finanzas, para aprender a administrarme y no cometer demasiados errores.

–Jajajaja, esa es una muy buena razón.

–Espero haber llenado tus expectativas –río.

–Eso creo –sonríe.

Y ahora no solo me hipnotiza su mirada, sino también su sonrisa y sus labios…

–¿Por qué un hombre tan inteligente y atractivo como tú está solo?

–No lo sé, tal vez nunca superé a mi ex.

–¿Nunca?

–Bueno… digamos que me costó mucho.

–¿Entonces ya la superaste?

–Sí. Me la arranqué del corazón hace unos pocos años, cuando la volví a ver luego de una década de no saber nada de ella. Me di cuenta de que ese amor hacía años que estaba muerto, que me estaba aferrando a un recuerdo inútil –hago un paréntesis para disfrutar de mi trago– pero ya hemos hablado mucho de mí, tampoco te quiero aburrir.

–Para nada. Es tu turno de hacer las preguntas.

–¿Y tú? ¿Tú por qué no tienes novio?

–Pues, todos los chicos con los que he salido son unos inmaduros. Siento que no hablamos el mismo idioma, que estamos en una frecuencia diferente.

Tengo que aceptar que escuchar eso me reconforta.

–Tú eres tan diferente.

–Sí, supongo que debe ser por la edad –jajaja

–Pues sí, supongo…

–Lo que sucedió con esos chicos es que ellos buscaban algo pasajero, mientras yo quería algo real; algo por lo que valiera la pena luchar, una conexión… un amor real. Quizás por eso me condené a que nada funcionara.

–No te desanimes, lo que pasa es que a esa edad los chicos usualmente solo quieren “quemar un poco de energía”.

–¿Eras así de joven? ¿De más joven?

–No exactamente, pero tuve muchos amigos así. Tampoco tuve tiempo de ser así, me casé muy joven, jajajaja.

Cambiamos de un tema a otro, sin darnos cuenta de que los pobres meseros solo nos esperaban a nosotros para cerrar el local.

–Es muy tarde, debo llevarte a tu casa de inmediato.

–Me la paso tan bien contigo que no me di cuenta de la hora.

–Ha sido un placer compartir esta velado con usted jovencita, pero es mi deber dejarla en su casa lo antes posible. Sus padres deben estar preocupados.

–Quisiera quedarme conversando toda la noche contigo, así como en las mil y una noches.

–Que no daría yo por poder hacer eso, hermosa princesita. Pero no podemos ser desconsiderados con tus padres. Yo sé lo preocupante que es quedarse a esperar un hijo hasta tarde.

–Pero en su lugar estas siendo desconsiderado conmigo– argumenta juguetonamente.

–¿Entonces a usted le parece que he sido desconsiderado?

Me mira a los labios y luego a los ojos, y de nuevo a los labios.

–Usted ha sido un verdadero caballero Juan Carlos, pero en ocasiones todo lo que una chica quiere es que le falten al respeto.