Me encuentro rodeada de un grupo de chicas de diferentes edades, soy el centro de atención y de preguntas. Me cuestionan sobre cuáles son mis planes en lo adelante para con Omar, que cuál es la nueva estrategia, que cómo me voy a vengar de lo último que me hizo. Comentan que detestan a su nueva novia, expresan todo su despecho y desconsuelo, y yo me siento abrumada ante tantas intervenciones. No sé cómo o con qué cara decirles que ya no quiero hacer más nada que olvidarlo, no las quiero decepcionar, mi ego quiere mantener su simpatía, pero de todos modos les tengo que decir porque realmente me quiero olvidar del tema.

Reúno todo el valor que utilicé para vengarme de Omar, y me pongo de pie en medio de todas tomando la palabra. A penas puedo creer que me respeten tanto como para guardar silencio en cuestión de segundos.

-Chicas… gracias por su atención. Tengo algo muy importante que contarles.

Sé que soy la fundadora de este grupo, y que muchas han sentido que alguien les hizo “justicia”, pero es mi deber confesarles que ya no quiero continuar con esto –se lamentan-.  Después del incidente de ayer, me he dado cuenta que no vale la pena invertir tanta energía en alguien como él. No vamos a hacer que cambie de opinión; siempre existirá una “Gabriela” ingenua y enamoradiza que le haga caso a sus palabras fabricadas; un equipo de fútbol que lo vea como a la estrella y lo apoye en todas su fechorías. Pero afortunadamente, nosotras ya no pertenecemos a ninguno de los dos bandos, porque gracias a Dios entendimos la lección. Confieso que me he divertido mucho con ustedes, me alegro de haber creado conciencia en tantas chicas; sé que de ahora en adelante lo pensaremos dos veces antes de entregar nuestro corazón a cualquiera. Hasta aquí llega mi participación en el Club de las Omar Haters, y creo que ustedes deberían hacer lo mismo. Me dejé cegar por el dolor y el resentimiento, pero ese fue solo un acto infantil. La verdad es que tenemos que aceptar a las personas como son y continuar con nuestras vidas, está bien arriesgarse a amar, pero parte de ese riesgo conlleva que nos lastimen, sin embargo tenemos que aprender a perdonar, o si no nos convertiremos en una rata peor que la que nos rompió el corazón, y yo ya me estaba convirtiendo en eso. Les agradezco infinitamente su apoyo.

–Escucho mucha sabiduría en tus palabras Gabriela, se nota que has crecido, y aunque me duela lo que nos hicieron Omar y sus amigos, tengo que aceptar que tienes razón. Continuar con esto solo nos desgastará más, y nos convertirá en una lacra peor que ellos, es mejor abandonar la misión y continuar con nuestras vidas –interviene Cynthia.

Todas opinan organizadamente, unas están de acuerdo y otras decepcionadas… pero yo me siento liberada por haber dicho lo que pensaba. Al final Omar fue un gran maestro para mí en muchos sentidos. Con él me atreví a amar, viví muchas experiencias inolvidables, estoy aprendiendo a perdonar, y entendiendo que las personas somos muy impredecibles. También aprendí que si nos dejamos llevar de una ilusión nos cegamos, y que la venganza no conduce a nada positivo, al contrario, nos hieres aún más, porque prolongamos nuestro sufrimiento es ese esfuerzo inútil. Sé que de ahora en adelante mi vida colegial será mucho menos dramática, y una parte de mí da gracias por eso.

 

Me siento en una mecedora, en la terraza de mi casa, y dejo subir a mis piernas la tierna gatita que encontré en el jardín hace dos días. La nombré Kitty. Acaricio suavemente su pancita, y dejo volar mi imaginación mientras escucho sus suaves maullidos a lo lejos; más que pensar, dejo que mis sentimientos afloren y encaminen los pedazos de mi alma a su sanación.

 

Las vacaciones de verano han sido tranquilas, he salido un par de veces con mi padre. Pasamos toda una semana con mi familia paterna, a la cual no conocía. Fue bonito convivir con mis primos y sentirme parte de una gran familia. De todas maneras, Omar sigue apareciendo en mis pensamientos a cada minuto del día, intentando hacer mi vida miserable, pero cada día lo consigue menos.

Mañana me iré de vacaciones con Natalia y su familia, vamos a una casa de campo que tienen en Palmar de Ocoa. Tengo que confesar que nunca había visitado tantos lugares en mis vacaciones, con mi mami no hacíamos tantas cosas, sin embargo la sigo extrañando tanto.

Mi equipaje está listo, pero no puedo decir lo mismo de mis ánimos, mi mood está lejos de describirse como veraniego.

 

El clima está precioso. Me asomo por la ventana y contemplo el jardín, que está siendo delicadamente cuidado por el nuevo jardinero; ha plantado flores nuevas, son de mis favoritas. Aunque todavía somnolienta, me pongo de pie dejando vacía mi cama, y abro el guardarropa para decidir qué luciré el día de hoy. Opto por unos shorts floreados de color azul, una blusa blanca y unas botas campesinas que nunca he utilizado. Bajo a desayunar, le doy un beso a mi padre, me siento a su lado, me río de sus chistes. Hoy me siento un poco más feliz que ayer, de hecho me siento muy feliz. Después de todo, las vacaciones son un motivo de alegría.

Natalia y su familia han venido por mí, y este es el momento perfecto para presentarlos con mi padre –porque aunque parezca difícil de creer no los habíamos presentado–. Su padre, su madre y su hermanito suben por las escaleras de la entrada ante las palabras de bienvenida de Pachita; Juan Carlos y yo los esperamos en la entrada.

–Papi, ellos son don Roberto y doña Claudia, los padres de Natalia; él es el Dieguito su hermano pequeño.

–Por favor, tomen asiento. Nos sentamos en los muebles –es la primera vez que lo hago en todo el tiempo que llevo aquí.

–Cuiden mucho a mi pequeña por favor –de verdad él jura que yo soy una niña.

–Claro que sí Sr. Juan Carlos, Gabriela es como una segunda hija para nosotros, la cuidaremos muy bien. Muchas gracias por la confianza.

–Gracias a ustedes por invitarla, y por la gran educación que le han inculcado a
Natalia, es una gran chica.

Miro a Natalia, y entiendo que no soy la única que se siente un tanto extraña en esta escenita.

¡Ya nos vamos! Me despido de Pachita con un abrazo y le doy un beso a mi papá, quién insiste en cargar mi equipaje hasta la yipeta de la familia Vásquez.

Las ocurrencias de Dieguito y las bromas de don Roberto nos distraen del característico embotellamiento de la ciudad capital. Quiero hablar de cosas personales con mi amiga, pero me doy cuenta de que este no es el mejor lugar, lo menos que quiero es que sus padres se enteren de mis crisis de adolescente. Decido ponerme los audífonos y descubrir nueva música en spotify, este viaje de pronto me recuerda el último viaje que hice con mi madre. Un viaje que me llenó de curiosidad, de sentimientos encontrados y comprimidos; un viaje en el que solo quería escuchar música para acallar mis muchas emociones, silenciar mi alma, mantener la calma. Sé bien que este viaje no conllevará un cambio de vida drástico como aquel otro, pero de todos modos la escena me lo acuerda tanto.

 

Llegamos, es una casa hermosa. Me siento cansada por las muchas horas que duramos en el camino. Veo otros vehículos parqueados en la entrada, al parecer no seremos los únicos en el lugar. A penas nos desmontamos cuando veo a un joven hermoso salir corriendo de la casa. Es alto, de pelo rubio y ojos azules; se avalancha sobre Natalia con gran ímpetu y la llena de besos, luego la carga en sus brazos y da varios giros; me ha sacado una sonrisa.

–Cuanto tiempo sin verte prima querida.

–Yo también te extrañé Ricardo.

Toma su maleta y coloca su brazo libre sobre ella, ambos caminan hacia la entrada. No para de sorprenderme su efusividad, es la chispa que necesito para recobrar un poco de ánimo.

Miro a los padres de Natalia muda de la sorpresa, y ellos me sonríen entendiendo mis sentimientos.

–¡Vamos Gabriela!

Cada quien toma su maleta, y nos dirigimos a la casa.

Al entrar, todos saludan a los padres y al hermanito de Natalia con cariño y un poco menos de efusividad que el primo desconocido. Hago todo lo que puedo para pasar desapercibida, pero los padres de Natalia en seguida me presentan.

Uno de los jóvenes allí presente toma nuestras maletas y las lleva al segundo piso, y luego me invita a sentarme en el sofá. Doña Claudia se dirige a la cocina con una señora y don Roberto platica con otros señores. Yo observo toda la escena, intentando deducir dónde se encuentra mi mejor amiga.

–Tú debes de ser Gabriela, la amiga de Natalia.

–Sí, yo soy. Veo que te han hablado de mí.

–Así es, Natalia no había tenido una amiga tan cerca desde la primera. Ella me habló de ti, eres más hermosa de cómo te describió –justo el piropo que necesitaba para sentirme más fuera de lugar.

–Jajaja, gracias, eres muy amable. Debería de llamar a mi padre y avisarle que ya llegamos para que no se preocupe por mí.

Me dirijo a la entrada y llamo a Juan Carlos.

–Bendición papi.

–Dios te bendiga mi amor.

–Solo llamo para avisarte que ya llegamos.

–¿Y qué tal? ¿Te sientes bien compartiendo con la familia de Natalia?

–Sí, muy bien, todos son muy amables.

–Te acabas de ir y ya te extraño mi amor –¿qué se supone que responda a tal comentario?

–Yo también, te llamo mañana, ¡que descanses!

–¡Qué descanses y que te diviertas! Un beso.

–Un beso.

Regreso a la sala y no veo a nadie, solo al joven que saludó efusivamente a mi amiga cuando llegamos. Me acerco para preguntarle por ella.

–Hola.

–Hola, se pone de pie.

–¿Sabes dónde está Natalia?

–Ahhh, tu eres su amiga Gabriela.

–Sí.

–Ella me ha hablado muchísimo de ti –sonríe.

Que extraño que ella a mí nunca me habló de sus primos.

–Jajajaja, sí yo soy. Podrías decirme dónde la encuentro.

–Ahhhh, claro. Ven, yo te llevo –y así es como me toma de la mano con toda confianza y me lleva escaleras arriba–, caminamos por el largo pasillo y luego entramos en una de las puertas del final –aquí está–  y efectivamente ahí está ella, sin inmutarse, sin acordarse de que trajo a su amiga la que no conoce a nadie.

–Te lo agradezco, mmmmm…

–Ricardo.

–Ricardo –sonrío.

Vaya que este chico es confianzudo y extrovertido. A penas puedo creer que me haya tomado de la mano si me acaba de conocer.

–¡Natalia! Aquí estás.

–Aquí estoy.

–¿Por qué no me hablaste de tus primos? Todos parecen conocerme, y yo ni siquiera los había escuchado mencionar.

–Tienes razón, discúlpame. Es que nunca surgió ese tema.

–Vayamos a cenar.

–Te sigo.

Entramos a la sala de comedor, y no puedo creer lo grande que es la mesa. Debe de tener como 30 puestos. Natalia y yo nos dirigimos a dos asientos que están colocados juntos, cuando uno de sus tíos la llama.

–Sobrina hermosa, ¿a dónde cree que va? Venga a hacerle compañía a su viejo tío que tiene mucho que no ve –no puede ser.

–Me siento sola, aunque no por mucho tiempo. Los primos que conocí anteriormente se sientan junto a mí, uno a cada lado, y me siento dividida entre la conversación y las atenciones del uno y del otro. Al menos no tengo tiempo de pensar en estupideces.