Una taza de café negro me ayuda a enfrentarme con los tapones matutinos, es como si la ciudad se empeñara en levantarnos a todos de un solo golpe.

Una pequeña oficina decorada al estilo Mid Century Modern, me da la oportunidad de poner en práctica mis recientes conocimientos universitarios. Cada personaje de este lugar es dueño de una personalidad marcadamente diferente, lo cual hace que mi primera experiencia laboral sea todo menos aburrida. Me acomodo en mi asiento y termino rápidamente todos mis pendientes, así que el resto del tiempo me la paso vagando de escritorio en escritorio, husmeando en los pendientes de mis compañeros e intentando aprender algo de ellos.

Me uno nuevamente al trajín del tráfico, pero esta vez no conduzco a la universidad; el bar de anoche me dejó demasiado prendada como para querer hacer otra cosa que no sea regresar allí y descubrir a ciencia cierta de qué se trata ese sitio.

–Un vodka con cranberry por favor –me quedo en la barra observando a mi alrededor y recordando la escena desagradable de ayer, con Luisa de protagonista. No entiendo porque me afecta tanto la vida de mis padres.

Las luces del lugar sacan a bailar a los tragos de mi cabeza, y yo me mareo con cada giro que dan. Pero a pesar de ello, mis tacones se esfuerzan por mantenerse erguidos mientras damos un paseo por el patio trasero del lugar. Una mesita coqueta ubicada cerca de un árbol parece ser el lugar ideal para continuar a solas con mi trago. Una luz tenue resalta los rasgos más encantadores del chico sentado frente a mí. Quizás él también desee pasar desapercibido, así que intento olvidarme de que está ahí, de que está muy bueno, de que el sexo es mi forma favorita de olvidar. Intento recordar que no tengo derecho a inmiscuirme en la relación estable de una persona con su soledad. Pero los tragos no me ayudan y en menos de lo que puedo lograr un poco de equilibrio me encuentro sentada en su mesa, guiñándole un ojo y poniéndole tema de conversación.

–Hola.

–Hola.

–Soy Gaby ¿y tú?

–Yo soy 19.

–¡Cierto! Había olvidado que aquí los hombres solo son un número.

–¿Y tienes mucho visitando este lugar?

–Es la segunda vez que vengo.

–No pareces la clase de chica que viene a un bar cómo este.

–¿Y qué clase de chica parezco?

–No sé, pareces una niña de familia.

–Eso soy, soy una niña de familia. De una familia muy peculiar por cierto.

–¿Y tú, si eres la clase de hombre que no tiene un nombre sino un número?

–No lo soy, pero en ocasiones me gusta serlo. En ocasiones me gusta olvidarme hasta de mi nombre.

A nuestra conversación le sigue un momento de miradas y de silencios, pero los silencios no son incómodos, son misteriosos, seductores e intimidantes. Y a pesar de la poca luz, sabemos leer las ganas que nos tenemos.

Un letrero nos señala la ubicación de una habitación rodeada de follaje, y como un par de niños traviesos nos dirigimos hacia allá. Nos desvestimos rápidamente, e intentamos hacer lo mismo con nuestras almas; intentamos arrancarles la coraza en medio de besos candentes; como si toda nuestra vida dependiese de conocer detalladamente a un perfecto desconocido, como si no fuese suficiente con la gente que ya conocemos.

Nuestros labios se reencuentran, pero esta vez se rozan con ternura, como a tientas, como reconociendo su textura, como descifrando el olor, el adn y la capacidad de adicción. Como advirtiendo lo caóticamente hermoso del néctar que resguardan; el cual probamos de a poco, acostumbrándonos a su sabor, disfrutando cada gota y tomando las precauciones propias de estar pisando un terreno desconocido.

 

Nuestros autos están parqueados en direcciones contrarias, así que nos despedimos aquí. En medio de una Range Rover roja y de un Mini Cooper gris, compartimos un beso candentemente efímero y luego nos vamos. Y cuando estoy por introducir las llaves en el cerrojo se me ocurre que no quiero dejar de verlo, y no quiero dejar en manos del destino que nuestras vidas se vuelvan a cruzar en este mismo lugar, así que me doy la vuelta e intento adivinar cuál de todos es su auto. En cuanto he tomado esa decisión, una pequeña llovizna me bendice o me advierte que retroceda… no sé bien cuál de las dos, pero me repito a mí misma que es ahora o nunca.

Con cada paso se incrementa mi deseo de encontrarlo. Me dirijo a la primera silueta que veo en la oscuridad, toco su hombro, pero no es él, ¿a dónde se ha ido? Me dirijo hacia otro hombre, se parece a él, pero no tengo suerte. Ha desaparecido, el parqueo está vacío, no veo ningún otro extraño que pueda confundir con él. Entonces unas luces alumbran toda una fila de vehículos y yo tengo que hacer un último intento. Corretero detrás del carro vociferando: ¡dieciiiiinueeeeveeeeeee!, ¡dieciiiiinueeeeveeeeeee! El carro se detiene. Me acerco por la ventana del copiloto.

–¿Podrías darme tu whatsapp? –una sonrisa embarazosa se apodera de mi rostro.

–Claro, entra al auto y te lo anoto.

Extiendo mi mano para ofrecerle mi celular, él trata de ocultar su diversión mientras guarda su contacto. Quisiera reclamarle, decirle que no se burle de mí, pero supongo que tiene derecho a hacerlo, yo también lo habría hecho si estuviera en su posición.

–¿Qué tal si también te doy mi dirección? Así me visitas cuando quieras.

–Claro que sí, me mandas el location por whatsapp.

–O mejor vamos allá ahora, así nos aseguramos de que conozcas bien el camino.

–Pero ya está tarde.

–Exacto, y está lloviendo a cántaros; es peligroso.

–No lo sé.

 

Una toalla blanca se encarga de eliminar el exceso de agua de mi pelo. Salgo del baño para darme cuenta de que no tengo nada que ponerme para dormir, y la idea de permanecer en toalla o salir desnuda no me convence. Me dirijo al guardarropa de “19” en busca de algo cómodo. En su gaveta de interiores encuentro una camiseta de algodón blanca y unas medias, titubeo entre si colocarme uno de sus calzones o simplemente quedarme sin nada abajo; me pruebo uno de ellos pero me queda demasiado holgado y decido que será más cómodo dormir sin nada.

Ahora sí, vamos a ver que ha estado haciendo mi número favorito mientras yo me quitaba la ropa mojada. Me gusta la idea de tener que descubrir su casa, caminar y abrir puertas hasta encontrarlo. Está ahí, en la cocina, sirviendo algún líquido caliente en un par de tazas. Usando un pijama de pantalones y mangas largas, de rayas azul cielo y blanco, y se ve tan atractivo. Me acerco a dónde él está y le doy una probadita al líquido dentro de una de las tazas, solo por curiosidad.

–¡Auchhhh! –abro la boca para atraer aire a mi lengua.

–Debes tener cuidado, está muy caliente.

–Sí, me acabo de dar cuenta de eso.

–Jajajajaja.

–Hubiese sido útil que me ofrecieras esa información hace un par de minutos –me mira con sus ojitos tiernos y su sonrisa divertida– pero bueno… yo tampoco soy una niña.

–Exactamente.

Se acerca a mí, me toma la barbilla y la impulsa un poco hacia arriba para que se encuentre con sus labios.

–Saca la lengua.

–¿Eeeee?- logro emitir ante la incomodidad de mi posición y mi sorpresa.

–Te digo que saques la lengua –obedezco para sorprenderme con un beso suyo justo en la quemadura que me ocasionó su chocolate caliente.

–Bueno… me parece justo, extraño pero justo.

–¿Justo por qué?

–Porque fue tu culpa por no advertirme.

–Jajajajaja, ok. ¿Y por qué te pareció extraño?

–Porque para ser un “prostituto” eres muy dulce.

–Es que nosotros también tenemos sentimientos– baja la cabeza.

Y yo trato de asociar y combinar en mi mente, a un hombre sexual con uno dulce; sexo dulce, dulzura sexual; me parece un chiste.

–¿Y eso te da risa? – está más serio de lo que me gustaría.

–Tienes que aceptar que es extraño “19”. Tan extraño y loco como que estoy en tu departamento, usando tu ropa y ni siquiera conozco tu nombre real.

–Davidson, ese es mi nombre.

Sonrío.

 

A la velocidad del internet residencial de la casa de Natalia, se construye una relación de noviazgo en la distancia. Cada día a las 5:00 p.m. se dan cita en su habitación Víctor y Natalia, quienes frente a un aparato electrónico mantienen vivo su amor de secundaria.

–Hola mi amor.

–Hola mi cielo –responde, y luego sonríe como tonta– ¿Qué tal la uni?

–Todo está bajo control, pero ya se aproximan los exámenes y los trabajos finales; así que mi tranquilidad y mis horas de sueños están siendo amenazadas.

–Si te organizas desde ahora no tendrás que hacer tantos sacrificios.

–Ojalá, pero con eso de que soy el presidente del decanato de finanzas, es probable que tenga que organizar un par de reuniones de estudios para ayudar a mis compañeros a prepararse para este período.

–Ojalá estudiáramos en la misma universidad, yo te ayudaría; aunque fuera solo con la convocatoria y las meriendas.

–Tu apoyo sería muy bien recibido, tienes una capacidad de desestresarme increíble.

–Eres tan bello mi amor, ya quiero que llegue nochebuena para que nos volvamos a ver frente a frente.

–Yo también te extraño demasiado. El tiempo pasará rápido, ya compré mi pasaje.

–¡Qué buena noticia! – te guardaré tu postre favorito.

Entonces se ponen a estudiar sin cerrar la sesión de Skype, deteniéndose de vez en cuando para compartir miradas y sonrisas; es una escena linda,  triste, patética.

 

Después de una videoconferencia exitosa, a Natalia le dan ganas de dar una vuelta por la ciudad, y qué mejor lugar para visitar que la casa de su mejor amiga Gabriela.

Ring ring.

Ring ring.

Ring ring.

Insiste una y otra vez presionando el número 3, pero nadie contesta.

 

Estoy sentada en la meseta de la cocina de Davidson, observando cómo se mueve de un lugar a otro, abre y cierra gavetas y se esmera con cada ingrediente que agrega a la sartén cuando un timbre conocido suena a lo lejos. Me tiro de la meseta y corro rápidamente por el pasillo para descubrir de quién se trata; sólo espero que no sea Juan Carlos.

–Aló.

–Hola Gabriela, ¿no estás en tu casa? Llevo rato tocando el timbre.

–No estoy.

–¿Se te olvidó que hoy es nuestra cita semanal para ponernos al día?

–¡Cierto Nat! Disculpa.

–¿Y se puede saber por qué otra actividad me cambiaste?

–Es que conocí a alguien.

–Ahhhh, ya veo; pues luego me cuentas y cuídate mucho.

–Gracias amiga, te quiero.

–Yo también Gabby.

 

La cena ya casi está lista, por favor alcanza los platos que se encuentran ahí– dice, mientras señala con el dedo– me pongo de puntillas y estiro mi brazo todo lo que puedo, cuando siento su cuerpo detrás del mío. Sus manos llegan a dónde las mías no alcanzan, y por alguna extraña razón eso me hace sentir especial.