4. Foto Portada

–Lucía y Leticia, se quedan después de clases a ayudar a Gabriela a ponerse al día.

–¡Pero profesor! –responden al unísono.

–Es una orden –una orden muy incómoda por cierto.

 

Son las 3 de la tarde, y nosotras seguimos en el salón de clases leyendo, copiando, explicando y repasando todo tipo de temas. Hemos pasado de la incomodidad al trabajo en equipo; en medio de un ejercicio matemático, entran dos chicos a interrumpirnos, yo no los conozco pero aparentemente mis dos compañeras sí.

–Tú debes ser Gabriela – ¿acaso me hablan a mí? –Sí, soy yo. ¿Nos conocemos?

–Hasta ahora no. Omar nos envió por ti. – ¿Qué?

–¿Para qué?

–Ven con nosotros y lo descubrirás.

¿Omar me quiere ver? ¿Y por qué no viene el mismo a buscarme? ¿Por qué tiene que enviar por mí a dos chicos que yo no conozco? ¿Acaso son sus sirvientes o qué?

Dejo a mis compañeras de clases en la maraña de utensilios escolares, y me dirijo al encuentro con Omar acompañada de mis dos guardaespaldas. Cruzamos a otro edificio, y caminamos por el largo pasillo, mientras escuchamos una melodía que cobra potencia conforme nos acercamos. Los chicos me dejan en la puerta y se pierden, río ante lo ridículo de todo esto.

– ¿Omar? Explícame todo esto. ¿Por qué enviaste a esos chicos a buscarme, en lugar de ir tú mismo?

– Porque estaba ocupado arreglando todo esto… – y yo en mi despiste, no me había dado cuenta de que el salón de clases no estaba como de costumbre. El escritorio del maestro está en frente de una de las pizarras, sobre él hay una botella de vino con dos copas, y en la pizarra hay un lettering que dice “¿Quieres ser mi novia?”, y yo no me creo lo que acabo de leer. Mi corazón de pronto empieza a latir más rápido.

Hay un pequeño silencio entre nosotros, yo no sé qué decir. Él espera mi respuesta. Y es lindo saber que en este preciso instante, soy su centro de su atención.

– ¿Qué te parece?

–No me lo esperaba.

– ¿Pero te gusta?

–Sí, eso creo.

Destapa el vino y lo sirve. Me ofrece una copa, y se toma rápidamente la suya.

–No deberíamos estar tomando alcohol en la escuela –digo, pero cuando termino la oración él ha terminado con la suya.

–No deberías de gustarme, pero me gustas.

– ¿Por qué lo dices?

–Porque llevamos más de quince minutos aquí y todavía no has respondido la pregunta.

–Y tú de seguro estás acostumbrado a que las chicas te digan que sí a la velocidad de la luz –incluso en un momento como éste, no deja de ser un pedante.

No responde, y en su lugar se sirve otra copa de vino.

–No estoy acostumbrado a preguntar, estoy acostumbrado a tomar lo que quiero y punto –y me toma de la cintura, dejándome boquiabierta, miro sus ojos color miel que parecen haberse incendiado junto a las palabras que acaba de pronunciar “no estoy acostumbrado a no preguntar, estoy acostumbrado a tomar lo que quiero y punto”. Y por alguna extraña razón su desafío me excita. Me debato entre el deseo de darle lo que quiere, y el de negárselo descaradamente.

–No.

Se aleja.

– ¿Disculpa? –susurra.

–Dije que no.

Me da la espalda y toma la botella. Se toma el vino directamente de ella, inclinándolo de modo que no se pierda ni una sola gota de ese preciado líquido.

–No estoy de acuerdo contigo, yo creo que las cosas se piden, no se toman, y las personas se conquistan.

Sus ojos reflejan su sorpresa, aparentemente es cierto que no está acostumbrado a que le digan que no.

–Y ahora si me disculpas, debo terminar de ponerme al día con los asuntos escolares que desatendí durante mi ausencia. – De verdad no me creo que le acabo de decir que no al chico que me dejó como loca la primera vez que lo vi. Una parte de mí se siente muy orgullosa de haberlo puesto en su sitio, y la otra me pide a gritos que regrese, que le diga que sí, que lo bese, que lo deje embriagarse de mí. Pero de vez en cuando hay que hacerle caso a la chica centrada del edificio.

Para mi sorpresa, al salir del salón de las declaraciones y de los orgullosos, me encuentro con Lucía y Leticia curioseando sobre lo que acaba de ocurrir dentro. No les digo nada, me dirijo a nuestro salón de clases confiando en que ellas vendrán detrás de mí.

 

– ¿En serio Omar se te declaró? – pregunta Natalia, con tanta incredulidad que casi me ofende.

–En serio.

– ¿Y en serio le dijiste que no?

–En serio, jajaja.

–No sé qué es más difícil de creer, que el patán más grande del colegio fue capaz de hacer una declaración romántica o que tú, que te morías por él, fuiste capaz de decirle que no.

–Muero por él, pero no pude soportar que casi me lo exigiera, como si yo fuese un objeto, o como si él fuese Lo Irresistible encarnado, a quien ninguna chica se le puede resistir.

Y por más que yo lo disimule ante Natalia, lo cierto es que yo tampoco me termino de creer su declaración, y mucho menos mi respuesta. Y aunque ando súper ilusionada con él, no dejo de pensar que en cualquier momento mi burbujita roja será pinchada.

 

–¡Gabrielaaaaa!

–Ya voy –respondo, mientras bajo las escaleras en busca de Pachita.

–Te busca un joven, le dije que te esperara en la terraza del primer piso.

– ¿A mí? ¿Pero quién?

–Dice que un compañero del colegio.

¿Será que es? Eso sería mucho con demasiado. Además ni siquiera estoy vestida de manera adecuada pare recibir visitas.

– ¿Qué pasa señorita? ¿Quiere que le diga que no está? ¿O que está durmiendo? ¿O alguna otra excusa similar?

–No. Gracias Pachita, yo voy.

Y así es como me dirijo un poco nerviosa a la terraza de Juan Carlos, quien por cierto no sé dónde se mete cuando su hija necesita que haga alguna escena de padre abnegado, celoso y protector como lo hizo con el pobre Aarón.

Y efectivamente es Omar. Lo reconozco desde casi cualquier ángulo, su peinado, su perfume y esa carga eléctrica que le transmite al aire que lo roza.

–Hola.

–Hola –se pone de pie para saludarme con un beso en la mejilla.

– ¿A qué debo el honor de tu visita?

Se desubica un poco. No entiendo qué quiere que le pregunte luego de su comentario fuera de lugar de esta mañana.

–Vine a aclarar las cosas, a disculparme. No debí expresarme de la forma en que lo hice, estaba un poco nervioso.

–Pues yo vi en ti de todo, menos nerviosismo.

–Mi nerviosismo yo lo expreso diciendo tonterías.

Y vaya qué tonterías –río, mientras él me mira fijamente.

–No pasa nada Omar –es lindo descubrir su lado humilde.

–Cuando desapareciste me preocupé muchísimo, pensé que no te iba a volver a ver. Pensé que la vida estaba siendo dura contigo, primero por lo de tu tobillo y luego por lo de tu desaparición.

–Pues sí, me han pasado un par de cosas últimamente, estaba asustada, pero afortunadamente logré escapar.

–Afortunadamente para todos.

Afortunadamente para vivir este día tan peculiar de mi existencia.

Se cambia de sofá para estar más cerca de mí, y vuelvo a sentir los efectos del aire electrocutado que él provoca. Mi sonrisa y buena onda desaparecen para darle espacio a algo mucho más rápido, loco y desequilibrado.

De pronto tengo su brazo alrededor de mi cintura, y sus labios cerca de mis oídos susurran: ¿estás segura de tu respuesta? Y tengo que admitir que en este preciso instante, no estoy segura de absolutamente nada en la vida.