pareja tirada en el suelo

–Estoy tan acostumbrado a alcanzar todo que no se me ocurrió que tú no podrías.

–Si me hubieses dado un par de minutos lo habría hecho, aunque fuese con una silla. Lo hago todo el tiempo en mi casa –sonríe tímidamente y coloca los platos en el desayunador. Tengo que aceptar que esta escena me encanta y podría acostumbrarme mucho a ella, además la comida está deliciosa.

Nos pasamos toda la noche entre gemidos de placer y caricias. La luz del nuevo día nos sorprende entrelazamos y nos recuerda que estamos entre semana, que no somos ricos, que debemos trabajar. ¿Es en serio? Nos observamos con diversión mientras cada uno se viste para la labor.

–¿Entonces regresas a Prostitutos de a…?

–No. En realidad no trabajo ahí.

–¿Cómo? ¿O sea que me engañaste?

–Da igual si trabajo o no allí, te di lo que buscabas, ¿o no?

Prefiero no continuar la conversación. Tiene razón en lo que dice, ¿pero si no trabaja ahí entonces qué hacía ahí? El problema es que dormí en su casa y ni siquiera conozco sus verdaderas intenciones, pero quién soy yo para pedir explicaciones si después de todo sólo quería escapar por un rato de mi vida. Me muerdo la lengua y decido salir de allí.

–¡Espera! ¿Dónde puedo encontrarte?

–No lo harás, yo lo haré.

 

Estoy nuevamente en la recámara que me vio atravesar mis crisis existenciales de la pubertad. Observando desde el ventanal las luces de la calle, los automóviles y los nuevos edificios. Recuerdo ese último viaje con ella y como cada infraestructura me dejaba con la boca abierta, hasta que conocí a mi padre y me enteré que me quedaría a vivir con él; nada pudo superar ese asombro.

Cuando me quedo en la casa de Juan Carlos él aprovecha para dedicarme todo su tiempo. Esta vez nos encontramos en la sala de TV del sótano, disfrutando de la cena y poniéndonos al día.

–Hace unos días visité a Luisa –su cara refleja su sorpresa.

–¿Cómo? ¿Dónde conseguiste su dirección?

–Visité el barrio, y pregunte hasta encontrarla.

–¿Está bien?

–Sí –bajo la cabeza para que no vea mis lágrimas. Me consuela. Me seco la cara y lo vuelvo a mirar, sé que quiere saber más–. Si quieres mañana te muestro donde vive.

–De acuerdo.

Unos pies descalzos se acercan cada vez más a mí, entonces empiezan a tornarse verdosos, el cuerpo se agiganta y todo él se llena de pezones, que luego crecen. Y se acercan a mí como tratando de robar toda la energía que poseo. Cuando estoy por desmayarme por la falta de fuerza, abro los ojos para ver la lámpara de mi dormitorio, apagada… justo como me estaba apagando yo en mi sueño, pero por suerte ha sido sólo eso… un sueño.

 

Una taza de café gigantesca me ayuda a olvidar que voy a ver de nuevo a Luisa; a simular la concentración mientras mi vista vaga en el computador, ignorando cada pendiente de la lista.

El sol empieza a pintarse anaranjado cuando Juan Carlos pasa a recogerme, él nunca ha sido de muchas palabras pero es la primera vez en mucho tiempo que siento un silencio incómodo entre los dos. Tal vez es la misma incertidumbre de no saber con qué se va a encontrar… esa que sentí yo hace pocos días.

Llegamos, nos parqueamos frente a una casa abandonada y cruzamos la calle para tocar el timbre y pedir hablar con Luisa.

–Pueden pasar, Luisa los espera en la sala.

Y ahí están ambas, en una escena tan cotidiana que parece normal. Luisa y su esposa Renata… la elección que la llevó a abandonarme. Miro a mi padre para encontrarme con un rostro sorprendido, decepcionado, herido; en nuestras miradas hay una complicidad nostálgica.

–Gabriela, Juan Carlos: me fui porque no supe cómo explicarles esto. Porque no te quería criar en esta situación inusual y pensé que la mejor persona a la que le podía confiar tu crianza era Juan Carlos. No te abandoné, me alejé para no hacerte daño, para no confundirte. No supe como regresar, con cada día que pasaba se hacía más complicado explicarlo; les debo una disculpa a ambos. Juan Carlos, perdóname por primero arrebatarte a nuestra hija y luego obligarte a cuidar de ella; soy la peor de las madres y fui la peor de las esposas. Gabriela, lamento no ser la madre que te mereces. Lamento haberte dejado en la casa de un desconocido e irme sin darte una explicación. Juan Carlos: no era feliz contigo y no sabía lo que quería. Tú eres un hombre educado, caballeroso, inteligente, romántico, cariñoso y adinerado; si eso no era suficiente para mí entonces no sabía qué. En aquellos días surgió un viaje a Constanza, una amiga del club me invitó y decidí ir sin imaginarme que allí empezaría a encontrar respuestas. Los días en Constanza terminaron y descubrí que mi frustración venía porque me gustaban las mujeres y porque no te amaba lo suficiente. Así que decidí irme lejos de ti y me llevé a nuestra hija porque tenía miedo de que con todo tu dinero y mi reciente salida del closet, me la  quitaras. Me mudé a otra ciudad, y limité tu contacto con ella a estrictas llamadas telefónicas.

–No hay excusas que valgan para justificar que se separe a un padre de su hija.

Es difícil para mí escuchar esta revelación, me debato entre el resentimiento de haber sido abandonada y el exceso de información. Soy el fruto de la relación más disfuncional de la historia y ni siquiera sé quién es el bueno y quién es el malo. Es una confusión en la que mi mente y mis sentimientos no se ponen de acuerdo, así que solo salgo de aquél lugar. Me recuesto del auto de Juan Carlos mientras un nudo me pasa del corazón a la garganta, y toda la sangre se me sube a la cabeza.

Allí frente a la casa de mi madre y su esposa, me encuentro yo, llorando como una infeliz. Pidiéndole amor a gritos, mendigando un poco de la atención que ahora sólo le presta a ella.

Un vendedor de frutas pasa con su carreta frente a mí, y me descubro envidiándolo. Es solo el espectador de una tragedia y no el actor principal.

–Cariño –susurra Juan Carlos con su voz quebrada y me da un beso en la frente; intentado consolarme como si él no necesitara ser consolado también.

 

Regresamos a casa de Juan Carlos, le acompaño a ver su acostumbrado programa de finanzas. Hoy más que nunca necesito entender cada concepto expuesto, necesito que mi cerebro se entretenga en algo que no sea ella.

 

La voz de Pachita se hace cada vez más clara, a la vez que mis ojos se llenan con la luz del sol que entra por el ventanal que acaba de abrir. Nos dormimos allí mismo, en el sofá de la sala de TV; me consuela saber que no estoy sola en esto, que él es mi familia aunque ahora esté herido.

– ¡Papá! Despierta –sus ojos marrones se abren tímidamente dejando un par de arrugas a su paso. De pronto se me ocurre que este señor algún día va a depender de mí, y me causa ternura su dolor– mi subconsciente suelta una carcajada seca– como si no estuviera atravesando por lo mismo. Le doy un pequeño beso en la frente y me dirijo a mi ex habitación.

¿Qué me voy a poner? En este instante sólo tengo claro que quiero recogerme el cabello en una cola de caballo alta. Paseo mis manos entre una pieza y otra, imaginando como se vería mi peinado con ellas. Tengo ganas de vestir de azul claro, así que agarro una blusa floreada de tela ligera, mis jeans favoritos y unos calisos. Me ducharé con mi gel de ocasiones especiales porque este ánimo hay que subirlo de alguna manera.

Ahora que estoy lista me siento un poco más animada –la magia de darse una buena ducha y arreglarse un poco–. Quiero seguir pasando tiempo con mi padre y aprovechar esta situación incómoda para acercarme más a él. Abro la puerta de su despacho y lo encuentro hablando con una chica de mi edad, ¿quién será ella?

–Hola –saludo con cortesía y me siento en la silla disponible frente a su escritorio. Se me queda mirando como distraído.

–Gaby, te presento a Rebeca.  Es una alumna… y amiga –agrega cuando ella lo mira con cierta inconformidad.

–Así que sólo soy una amiga –le reclama ella.

–Este no es el momento adecuado…

–¿El momento adecuado para qué? –ella lo mira nuevamente, motivándole a que me explique.

Juan Carlos deja salir un suspiro y luego se lleva una mano a su cabeza canosa.

–En realidad es más que una amiga.

Y la pregunta más racional que debía hacer era ¿por qué no me habías contado nada? Pero todo lo que siento son ¡¿celos?! Porque es una chica linda, pero sobre todo como de mi edad y… ¡y es su novia! Él es la única familia que tengo y ahora lo tengo que compartir con alguien más. Logro secarme una lágrima antes de que descienda por mis mejillas y salir sin hacer la más mínima reclamación.

–Gabyyyyyy, ¡esperaaaaaa! –dice Juan Carlos mientras me sigue escaleras abajo, pero no lo quiero escuchar.

Ni siquiera me siento con el derecho de celarlo, de hecho nunca me he sentido con el derecho de nada; no crecí con esa confianza.

Tomo las llaves de mi carro, mi bolso y me voy. El día estaba precioso pero ya me lo arruinaron, es como si la vida se empeñara en hacerme infeliz.

Ahora resulta que también mi papá me encontró reemplazo. Lo más lógico es que vaya corriendo a desahogarme en la casa de Natalia, pero lo que realmente necesito es sexo.

Manejo nuevamente por la sádica carretera que me llevó a experimentar el cambio más drástico de mi vida, es curioso las veces que he tenido que transitar por ella en los últimos días.

Toco el timbre sintiéndome un poco fuera de lugar, ¿en serio estoy aquí nuevamente? Lo veo bajar descalzo, con unos jeans y el pecho descubierto; no había notado lo bueno que está. Asoma la cabeza con cautela y sospecho que no estaba esperando a nadie.

–Soy yo –sonrío con un poco de vergüenza.

–Adelante –dice, con su sonrisa encantadora.

Cierra ambas puertas y me invita a sentarme.

–Pensé que no ibas a regresar.

–Yo también lo pensé.

– ¿Y qué te hizo cambiar de opinión? –titubeo ante su cuestionamiento.

– ¿Quieres saber la verdad? –me mira expectante, pero no responde mi pregunta.

– Es que eres muy bueno en el sexo –sus pupilas se dilatan y sé que he despertado a la fiera.

–No te disculpes, quería que regresaras, solo que ese “yo te busco a ti” me hizo pensar que no lo harías.

–Sólo quería tener el control; decidir cuándo te quería ver o saber de ti y cuándo no.

–Así que te gusta tener el control –dice sensualmente y luego me jala de un tirón hacia sus brazos y me besa intensamente.

–Sí, confieso que me gusta tener el control en ciertas cosas –susurro.

Me lanza contra su sofá y sube por mi cuello a besitos y al terminar en mi oído susurra “y a mí me gusta tener el control de otras tantas”. No pensé que terminaríamos así en cuestión de segundos, pero a quién quiero engañar, para eso vine.

Sus manos recorren mi cuerpo de las piernas a los brazos, quitando toda la tela que encuentran a su paso. Y las mías imitan a las suyas, presionando al botón que desaparecerá la única prenda de vestir que lleva puesta este hombre. Su intensidad es como un torrente de un río caudaloso, y yo solo quiero que me lleve consigo.

Me llena cada rincón de besos, y mi cuerpo se excita como si se tratase del más morboso de los encuentros. Tengo que aceptar que su dulzura despierta en mí las más ardientes respuestas, pero esto es algo nuevo para mí. Nunca estuve con un hombre así, de hecho me sorprende bastante. Gimo ante cada caricia y mi reacción más natural es devolverle el baño de besos, sólo quiero agradecerle tanta dulzura.

Nuestro torrente se convierte en un mar en calma. Él reposa sobre mí y yo también estoy exhausta, con un brazo colgando hasta el piso y un asombro que me abarca toda el alma. Esto es exactamente lo que buscaba, nunca el sexo me había hecho sentir tan plena… y un miedo oscuro se asoma en mi interior susurrando, “¡no te vayas a enamorar de nuevo, estúpida!” Y mi aparente plenitud se ve empañada ante el temor. No quiero que esto termine como mis antiguas relaciones, todo debe limitarse a esto… sexo… sin compromisos, sin romanticismo, sin estupideces que dañen este que acabo de encontrar.

Así que saco todas mis fuerzas para lograr salirme de debajo de este señor –jajajaja– sí que está pesado. Tomo mi ropa y me dirijo al baño para limpiarme un poco, vestirme, peinarme y “volver a ser yo”.

Cuando regreso, él sigue allí tirado, con ese trasero perfecto y desnudo, se me cae la baba. Debo centrarme en otra cosa o me volveré adicta a él:

–Davidson, tengo hambre.

–Ehhhh –responde perezoso.

–Que me des algo de comer.

–Toma lo que quieras.

–No… no le quiero poner las manos a tus cosas… de la cocina –río ante la aclaración.

Se sienta en el mueble, tapándose su amiguito con su pantalón de mezclilla, y me mira con sus ojos de “por favor no me hagas levantarme” y sé que estoy corriendo peligro., pero me rescata de su mirada cuando se pone de pies, se viste y decide terminar con mi ayuno.

–Siéntate por favor, te voy a hacer huevos con bacon, pan tostado y jugo de naranja.

–Yummy, me muero de hambre.

–¿Te gusta la cocina?

–No me molesta cocinar, pero soy más amante de hacer sentir bien a mis invitados.

–Y vaya que lo has logrado –respondo con una sonrisa pícara en el rostro.