El desayuno que me sirve Davidson está casi tan bueno como él, y no puedo evitar tararear y bailar mientras lo disfruto.

–Me alegro que te haya gustado –comenta con una sonrisa sensual.

–¿Puedo hacerte una pregunta?

–Claro, adelante.

–¿Qué hacías en Prostitutos de Amor si no trabajas ahí?

–Mmmmmmm…. Bueno –titubea antes de responder.

–Es que es extraño, ahí solo van mujeres y pensé que todos los hombres que habían eran empleados.

–Quería un encuentro casual, de una noche. Y como todas las mujeres que van ahí lo hacen con ese fin, pensé que sería mucho más sencillo.

–¡Y sí que lo conseguiste! –le respondo pícaramente.

–Es algo nuevo para mí, sabes. Siempre he sido hombre de una sola mujer.

–¿Y qué te hizo cambiar? –Baja la cabeza y siento que se hace vulnerable.

–Me di cuenta de que no vale la pena. De que ser bueno, fiel, romántico y enamorarse no sirve de nada, las mujeres siempre van a querer estar con el hombre que las maltrata o no les da tal importancia.

–Pues sí, en eso estoy de acuerdo contigo. El amor nos vuelve vulnerables y no vale la pena amar tanto, nadie agradece.

–¿Y tú por qué estabas ahí Gabriela?

–No sé, al principio no sabía que se trataba de un prostíbulo. Pensé que era un bar como cualquier otro, pero tengo que aceptar que me gustó el trato que me dió aquel empleado, y por eso regresé. A veces necesito olvidarme de todo, y regreso allí.

–¿Y además de ir allí, qué más haces?

–Estudio y trabajo en arquitectura, ¿y tú?

–Soy ingeniero.

***

Me encuentro en mi apartamento nuevamente, debajo de la ducha. Para mi lavarme el pelo es algo muy similar a reiniciarme, se me limpia hasta el alma, con cada shampoo que me doy se borran un poco más mis preocupaciones.

Salgo del baño, me pongo mi pijama más cómoda, me sirvo una taza de chocolate caliente y me siento frente a un abanico, detesto dormirme con el cabello húmedo.  Y mientras el abanico seca cada gota de agua en mi cabellera, yo intento enumerar las razones por las que Juan Carlos se fijó en esa muchacha que podría ser mi hermana (y su hija), y con cada razón, los celos se hacen más intensos en mí. Siento un miedo escalofriante de perderlo, justo como perdí a Luisa, por una pareja. No quiero perder a la única familia que tengo, ni tampoco quiero tener menos de su atención. Tal vez debería resignarme al hecho de que estoy destinada a estar sola, de que todos me van a abandonar, de que no nací para ser amada.

Termino con el chocolate y me dirijo al cuarto de trabajo cargando entre mis brazos el abanico. Lo coloco en un gabinete detrás de mi silla. Le cambio la inclinación a mi mesa de trabajo, y empiezo a trabajar en los planos de mi proyecto de fin de carrera. Trabajo en el diseño de un teatro, uno que de construirse sería el principal de alguna capital del mundo.

***

Hoy es sábado de chicas, o mejor dicho, de mejores amigas porque solo somos Natalia y yo. Ella pasa por mi casa, y comenzamos con un café en nuestro lugar favorito, ¡hacen el mejor de la ciudad! Y ni qué decir de los postres.

–Cuéntame amiga, ¿qué hay de nuevo en tu vida? Hace mucho que no hablamos largo y tendido– dice Natalia, mientras sonríe, y sus ojos alegres me miran impacientes.

–Pues estoy metida de cabeza en mi proyecto de fin de carrera, tengo menos de un mes para entregarlo y es un proyecto ambicioso.

–¿Y tus compañeros te están ayudando como es debido?

–Estoy trabajando en eso sola.

–Por supuesto –dice, y su sorpresa inicial se mitiga porque ella me conoce.

–¿Y qué hay de ti Natalia? ¿Cómo vas?

–Pues estoy loca porque se acabe el semestre para que Víctor regrese, muero por abrazarlo de nuevo.

–Ustedes sí que son una pareja envidiable, mira que resistir tanto tiempo sin verse y seguir amándose como el primer día. No sé cómo puedes.

–Pues, es porque el amor te da fuerzas para hacer cosas que parecen imposibles.

–Hablando de amor… resulta que Juan Carlos está saliendo con una mujer de mi edad.

–¿En serio? –dice con su cara de asombro.

–Sí, y no me gusta para nada la idea. Es como si ahora tuviera dos hijas, pero ella sería su favorita por mucho.

–No lo creo, tú eres su hija.

–Pero ella es su mujer, y de todos modos no crecí con él, no creo que me ame como a una verdadera hija.

–Pues yo creo que sí. Pero no hay que adelantarse, ¿no contemplas la idea de que ustedes dos se lleven bien, como hermanas? –ríe con sarcasmo.

–No es gracioso Natalia… Además no sé a ciencia cierta cómo se llevan los hermanos en la vida real, y según las películas, no es precisamente genial.

–Natalia… tengo algunas cosas que contarte.

–Te escucho.

–Resulta que mi madre es lesbiana y me dejó para mudarse con su pareja.

Me mira acongojada, no puede emitir palabra alguna.

–Eso me hace sentir muy extraña y confundida, es un escenario tan poco común, que apenas puedo creer que me esté pasando –digo mientras las lágrimas van llenando mis mejillas. Me las seco y luego bajo la cabeza, detesto llorar en público y que la gente me mire con pena.

–No pasa nada Gaby –dice Natalia, mientras acerca su silla más y me acaricia el cabello–. Al menos ahora sabes que no fue porque no te amara, sino porque se avergonzaba de su preferencia. Sabes que aunque presumimos de vivir en una sociedad más liberal, sigue existiendo discriminación en muchos sentidos.

–De todos modos siento que la ama más a ella que a mí. Se fue sin darme explicaciones, no me llamó ni siquiera una sola vez. No se apareció cuando fui secuestrada, si yo no hubiese tomado la iniciativa de investigar su paradero no nos hubiésemos vuelto a ver las caras.

…Y un silencio nos envuelve a ambas. Ella sabe que no hay nada más que decir, que no hay excusa.

Nos vamos a la casa de Natalia para seguir conversando y de paso almorzar allá, no quiero  andar por la calle secándome las lágrimas, es muy patético.

Doña Xiomara me recibe con mucho cariño y es como un pequeño bálsamo para mi corazón herido. Sonrío tímidamente mientras le devuelvo el abrazo y le pregunto por su esposo y su hijo.

Nos sumergimos entre los cojines del sofá de la habitación de Natalia, ahora sí podemos hablar cómodamente… y llorar. Pero no quiero seguir hablando de Luisa así que cambio de tema.

–Encontré un nuevo bar en la carretera hacia San Pedro de Macorís –me escucha sin prestar demasiada atención– es un prostíbulo –con esto logro captar su atención. Pero yo no sabía eso cuando decidí entrar… luego de descubrir el pequeño secreto de Luisa, cuando venía de regreso lo ví y decidí que me haría bien tomarme unos tragos. Uno de los “empleados” se me acercó y yo pensé que solo me estaba coqueteando, le seguí el juego y me di cuenta de la realidad a la mañana siguiente, cuando me entregaron la cuenta.

–¡En los líos que te metes Gabriela! ¿No te da asquito que pueda tener una enfermedad o algo?

–Realmente no pensé en eso, en ese momento solo me quería olvidar del mundo. Me dejé llevar por el alcohol y por el momento.

–¿Y has vuelto?

–Sí –se pone la mano en la cabeza, porque aunque me hizo la pregunta ella ya conocía mi respuesta–. Regresé, estuve con alguien más y me quedé con su contacto.

–¿Y para qué quieres estar en contacto con un prostituto?

–Pues por lo mismo que quieres estar con uno, pero gratis.

–¿Es en serio Gabriela? Eso no es ético, mejor solo búscate un novio, que eres bonita.

–Un novio no, ya viste como me fue con Omar y con Jason. No me quiero enamorar de nadie más –pone los ojos en blanco y solo me mira, no intenta disuadirme, supongo que en el fondo sabe que tengo razón en no querer hacerlo.

***

–Debiste esperar a que yo le dijera Rebeca.

Me mira con cierto recelo, como si una parte de ella estuviera arrepentida y la otra estuviera disfrutando aún de su indiscreción.

 –Es que no te vi intención de hacerlo.

–Pero si todavía no somos novios formalmente, nos estamos conociendo aún.

–¡Tienes razón Juan Carlos, no somos nada! –en su mirada descubro que la he herido con mis palabras.

–Rebeca, no es así, te aprecio mucho…

Me mira nuevamente, y luego a su cartera. La toma y se va. Y una vocecita dentro de mí me incita a seguirla y a pedirle en ese mismo instante que sea mi novia (o mi esposa), misma voz que se hace más audible con cada paso que ella da.

Así que le hago caso y la sigo, me pongo de pies como dudando. Coloco mis manos sobre su cintura y se detiene. Le susurro al oído: “Por favor no te vayas”. Ladea un poco la cabeza y continúa su camino escaleras abajo. La sigo nuevamente, pero esta vez la tomo de la mano y la atraigo hacia mí; la cargo tomándola de la cintura para que estemos a la misma altura en medio de dichas escaleras. Puedo sentir su aliento y entonces la beso… tan intensamente que terminamos sentados en las escaleras; ella sobre mí, yo sin quitar las manos de su cintura subo por su espalda y tiro un poco de su pelo hacia atrás. Nos estamos mirando fijamente y cada una de mis pulsaciones me gritan que le haga aquella pregunta.