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Hago contacto visual con un par de desconocidos, y me encamino a la explanada de mi nuevo colegio, siguiendo a la manada. No tengo idea de donde está la fila de mi salón, así que le pregunto a todo aquel que se atraviesa en mi camino.

—¿Ésta es la fila de 2do de media?

—Sí —me mira de arriba abajo, y aunque me siento intimidada también estoy feliz de haber encontrado la fila.

La explanada completa se sumerge en sus costumbres matutinas: el canto del himno nacional, las lecturas bíblicas y las oraciones. Yo analizo la infraestructura del colegio, es sencillamente hermosa; un lugar nuevo listo para ser explorado.

Regreso de vuelta a la realidad al percatarme de que estoy casi sola en el patio, por suerte alcanzo a ver la fila de mi salón de clases— ahora sí Gabriela, a enfrentarse con la realidad.— Todo mundo parece tener su asiento asignado, y se me hace difícil encontrar donde colocarme, haber llegado tarde tampoco ayuda. Alcanzo a ver una silla disponible así que me dirijo hacia ella, la chica de al lado coloca su mochila allí antes que yo e interpreto sus intenciones, en otra ocasión la hubiese puesto en su lugar, pero como hoy es mi primer día de clases lo voy a dejar pasar. Todos los niños del salón me miran con curiosidad, me ruborizo; alcanzo a ver una nueva silla disponible y me acerco a ella, en esta ocasión si tengo suerte.

—Buenos días— dice el primer maestro, y todos los estudiantes le responden al unísono puestos de pies, a excepción de una persona.

—Parece que tenemos una alumna nueva Srta, por favor póngase de pie y preséntese, ¿cuál es su nombre y de qué colegio viene”.— Oh no, esto no me puede estar pasando a mi.

—Mi… mi nombre es Gabriela, Gabriela Portaleon. Vengo del colegio Los Querubines de San Pedro de Macorís.

—Yo sabía que tenía pinta de campesina— dice entre dientes la chica que hace un rato no me dejó sentarme cerca de ella— yo solo la miro, intentando controlar el impulso de ponerla en su lugar.

—Bienvenida al Colegio St. Jude, mi nombre es Guillermo Santana y soy su profesor de Ciencias Sociales, ya puede tomar asiento.

-Gracias.

Y nos entroducimos en los detalles de la Primera Guerra Mundial. Repasamos los pormenores de Crónica de una muerte anunciada y las teorías de la herencia genética. Sentimos en carne propia los sufrimientos de las almas del purgatorio, quienes sufren un poco menos que las del infierno; hasta que el timbre nos da el pase hacia el cielo.

Pachita me ha salvado de hacer un fila kilométrica, preparándome la merienda. Me siento en un banco escondido de la multitud, sola, y observo como el patio va cobrando vida con cada minuto que transcurre. Una vida muy diferente a la que se vive en los patios del colegio Los Querubines, una vida muy diferente a la que me ha tocado vivir a mi, pero de la cual quiero formar parte por alguna extraña razón; sospecho que es porque cuando no se puede contra el enemigo, lo mejor es unirse a él. Todos son niños adinerados, incluyéndome a mí, supongo. Andan en grupitos de tres, cinco, diez, embelesados en sus teléfonos celulares, como si en ellos estuviese contenido lo clave de la vida eterna, o de la felicidad plena. Entonces me encuentro con unos ojos grises intensos, y de pronto todos mis pensamientos se esfuman, y parece haber magia entre ambos, hasta que se pincha la burbuja en la cual nos encontramos los dos, cuando comenta algo con uno de sus amigos y dirige su mirada a un objetivo distinto de mi. Por su aspecto parecen que van en un curso mas avanzado, y por como todas las chicas se les quedan mirando parece que son muy populares. Dirijo mi mirada hacia mi contenedor vacío, en un intento desesperado de dejar de mirarlos, como el resto de las chicas que babean y se derriten ante ellos.

El timbre me toma por sorpresa y me doy cuenta de que ya se me ha acabado el tiempo y no he ido al baño. Corro tan pronto como puedo en busca de uno. De regreso en el salón, todos se me quedabn viendo como si he cometido un delito muy grande, y sospecho que aquí la puntualidad es sagrada. La maestra me ordena presentarme con un tono de pocos amigos. A pesar de todo, en esta oacasión lo hago con mayor soltura, y luego me dirijo hacia mi asiento.

La profesora ordena hacer grupos de tres y antes de que me anime a hablarle a alguien ya todos tienen su equipo formado, a excepción de dos alumnos.

—¿Quieres estar con nosotros?— les respondo con una sonrisa.

La maestra se retira dejándonos el pizarrón lleno de tareas, es mas de la que manejado en mucho tiempo, una parte de mi se alegra, pues me quedará poco tiempo para pensar en cosas tristes.

Entra un Señor que parece un chiflado pero sospecho que es un maestro mas, y yo solo quiero que este día en la escuela finalice. El chiflado a parte de vestirse de forma muy extraña, también habla de modo poco convencional. Es el profesor de arte, habla sobre qué es el arte, qué son los sentimientos y cuál es la relación que existe entre ambos; nos habla de un tal Picasso y de cómo influyó su estado anímico en sus pinturas. Nos ha dejado como tarea traer en dibujo o pintura que exprese nuestros sentimientos —oh no, yo no quiero ir allí—. Y se marcha del salón de clases dejándome muy acongojada, de solo pensar que debo sumergirme de nuevo en aquel oscuro lugar, que debo meditar mas en aquella pregunta que no tiene respuesta lógica, que debo volver a llorar.

Y como si todo esto no ha sido suficiente, todavía entra una maestra mas, mas estricta que todos los maestros pasados juntos. Lo primero que hace es dejar su bolso en el escritorio y pasar fila por fila en busca de la asignación.

—Su tarea Señorita.

—Hoy es mi primer día de clases, no tengo idea de cuál es la tarea.

—Pues más le vale que se vaya poniendo al día si no quiere reprobar esta signatura.— no puedo creer lo que mis oídos acaban de escuchar.

Coloca la pila de la tarea en una de las esquinas de su escritorio, y yo solo deseo que se caiga toda en el piso. Explica una nueva lección de matemáticas y deja un par de ejercicios para realizarlos en clase.

Suena el timbre y yo veo venir mi liberación ¡por fin! Todos salen apresuradamente dejando a la maestra con la palabra en la boca, al parecer no soy la única ansiosa por escapar de este lugar.

El auto de Juan Carlos está estacionado justo en frente de la entrada, no sé como lo hace, ¡es perfecto!

—Y dime cielo ¿cómo te fue en tu primer día de clases? — por favor noooo.