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Podré ser traviesa y atrevida para muchos aspectos, pero cuando se trata de atraer chicos soy un verdadero desastre.  Las palabras se suicidan en mi lengua y mis manos viajan al desierto; sin embargo, trato de convencerme de que soy una persona madura a quien no le deberían avergonzar ese tipo de cosas, me repito que es algo normal, que soy lo suficientemente bonita para que él se fije en mí, que soy cool; que tiene muchas razones para amarme, aunque no me ame quien me trajo al mundo. Trato de convencerme de que yo no hice nada malo, y que muy en el fondo ella me quiere un poquito. Ahora me preocupo más por mi aspecto, maquillo detenidamente mis ojos, por si acaso lo puedo hechizar; coloreo bien mis labios para que le provoque besarme, o para que al menos se dé cuenta de que existo.

El día es lluvioso, nublado, triste, romántico. Lo veo hablando con sus amigos desde lejos, y reír, se la pasa tan bien, y yo me la paso mejor observándolo. Sé que debo tener cara de idiota, porque estoy embelesada mirándolo fijamente, aunque los estudiantes que pasillan intentan dañar mi obra de arte. Sus ojos encuentran los míos, y en mi anonadamiento tardo un par de segundos para darme cuenta, entonces mis mejillas se sonrojan y bajo la mirada.

En el salón de clases me siento aturdida con todas las asignaciones que nos han dejado, siempre he sido aplicada pero esto es demasiado; mis neuronas ya no dan para más, y de vez en cuando dejo que mi mente descanse recordando la maravillosa escena de la mañana. Pero mi edén difícilmente dura más de dos minutos, debido a que siempre me interrumpe alguna voz chillona que me pregunta sobre cosas que no sé, o que sencillamente está empeñada en sacarme de mi mundo de ensueño. Necesitaré toda la tarde, la noche y los fines de semana para siquiera aspirar a estar al día.

 

Este es el viernes menos viernes que he tenido en mucho tiempo, un viernes que sabe a lunes pero huele a domingo por la noche. Leo una y otra vez la página 96 del libro de matemáticas, y es como si estuviese escrito en mandarín, porque no entiendo nada; prefiero estudiar filosofía, cómo me gusta la filosofía, el pensar y repensar, y ver la vida desde un cristal diferente, un cristal azul marino con textura de algodón de azúcar.

 

He babeado toda la filosofía que estudié anoche. Mi almohada fue una pila de libros, cuadernos y lapiceros de colores; me arropé con cartulinas, y mi cabello se peinó solo, utilizando las grapitas que han debido estar dentro de la grapadora. Me declaro incapaz de estudiar sola, así que decido salir en busca de ayuda donde la única persona inteligente que tengo la confianza de molestar una mañana de sábado.

Los sábados son el día oficial de encerrarse en el despacho para Juan Carlos, y no lo quiero interrumpir, así que llevo 15 minutos esperando un taxi. Voy vestida con una falda rosa pálido, una blusa blanca hueso de encajes, ballerinas y el pelo aún húmedo con olor a coco y canela. He traído todos los libros, y material nerdístico; además  del rico desayuno que no pude despreciarle a Pachita, cocinar rico es su manera de cuidarme y demostrarme su cariño.

Cuando entro a la habitación de Natalia, ella está hecha un ocho, entre sábanas, babas y un ipod. Me divierto muchísimo viéndola babear, y hasta me siento tentada a hacerle una foto, pero luego recuerdo que necesito su ayuda para pasar matemáticas y se me pasa. Disfruto mi desayuno y espero a que la bella durmiente decida despertar, ¿o debería intentar con un beso de amor verdadero? Chispitas irrumpe en la habitación, y entre ladridos y saltos le lame toda la cara a Natalia, salvándome de aquel pensamiento lésbico;  me ha ahorrado todo el trabajo. No sé qué la desubica más, si mi presencia o el efusivo saludo de su mascota.

— ¿Gabriela?

— Sé que parezco sacada del mundo de los sueños, pero sí, soy yo. —sonrío descaradamente.

— ¿Qué estás haciendo aquí?

— ¡Wow! Gracias por el recibimiento.

— Déjate de bobadas Gaby, me vas a negar que no es extraño despertar y encontrar a alguien observándote, alguien que no vive en tu casa.

— ¿Alguien? Soy tu amiga.

— Sí, pero de todos modos.

— De acuerdo Natalia, no vamos a discutir por eso.

— Tienes razón, es demasiado temprano para empezar con esas bobadas. Me baño y regreso, chispitas te hará compañía mientras no estoy.

Entonces me tiro en el nido que ha dejado mi amiga y comparto un momento de romance con chispitas, mientras me pregunto qué será de la vida de Luisa, mi… madre. De pronto revive mi curiosidad, y me vuelvo a cuestionar por qué tomó una decisión tan extraña. Hoy más que nunca estoy segura de que no fue por mi culpa, de que no fue porque me porté mal; estoy segura de que todo esto encierra un misterio, y lo voy a averiguar. El timbre del celular de Natalia me distrae, y abandono de golpe mis pensamientos para contestar.

— Aló.

— Solo llamo para avisarte que iré con un par de amigos más, me cayeron de sorpresa justo cuando iba saliendo y no pude decirles que no.

— Claro que sí, no te preocupes.

Creo que ni siquiera se percató de que no era Natalia, a veces vivimos tan distraídos.

— ¿Quién era?

— No lo sé, solo se limitó a decirme que vendría con un par de amigos más. — Natalia me mira con desaprobación y luego pone los ojos en blanco, y yo me encojo de hombros.

Me siento aliviada porque ya empiezo a entender, todas las lecciones son fáciles cuando Natalia me las explica. Me sumerjo en unos ejercicios matemáticos, mientras ella estudia historia, cuando la voz de Jacinta nos interrumpe.

— La buscan unos jóvenes señorita Natalia.

— Déjalos pasar por favor.

No quiero perder la concentración así que sigo trabajando en mis ejercicios y dejo que la anfitriona se encargue de sus invitados, de igual forma yo no los conozco. A lo lejos escucho que uno de sus amigos introduce a los otros dos, y las voces van adquiriendo cada vez más fuerza hasta que los siento muy cerca de mí.

— Gabriela, él es mi amigo Diego, y ellos son sus amigos Roberto y Omar. — yo no puedo creer lo que mis ojos ven, es el mismo chico que vi en el colegio, el que me tiene ilusionada.

— ¡Gabriela! ¡Tierra llamando a Gabriela, tierra llamando a Gabriela!

— Disculpen, no sé en qué me quedé pensando. —me pongo de pie con torpeza y los saludo de beso, mientras repito una y otra vez ¡cálmate, cálmate!

Mi concentración se esfumó con su llegada, y no le puedo quitar los ojos de encima, es tan bello como lo recordaba. La pasión con la que narra los acontecimientos de la independencia francesa le dan un aire muy sensual que atrae mi mirada como si fuese un imán. Tengo que salir apresuradamente a la sala de tv, a la cocina, al baño o a donde sea; me decido por el jardín, un banco blanco y delicado, frente a las margaritas amarillas, justo al lado de la puerta principal, allí me atrabanco de aire, de todo el aire que hace aproximadamente 15 minutos no inhalo, y trato de disfrutar toda esa bocanada de vida, manteniendo el aire dentro de mis pulmones un poco más de lo normal, y soltándolo con cierta lentitud. Me esfuerzo por traer la lucidez de vuelta a mi mente, pero me preocupo, me preocupo mucho, esto es demasiado, ésta reacción es exagerada. Lo cierto que tengo miedo de regresar, lo cierto es que quisiera salir corriendo y estudiar sola — pero sé que me conviene quedarme, y dejar que Natalia me explique — lo cierto es que Omar tiene que estar conmigo, eso es lo verdaderamente cierto.

Entonces regreso a la biblioteca, ahora todo es más calmado, cada uno sumergido en su libro de historia. Me dirijo en silencio a mi lugar, y cuando ya estoy sentada, sorprendo a Omar mirándome, es una mirada inocente e instintiva. Sonrío ligeramente, y los ejercicios matemáticos son el calmante que los latidos de mi corazón necesitan para normalizarse.

— ¿Necesitas ayuda con algo? — pregunta Roberto. — Natalia nos comentó que ibas en un curso inferior.

La miro un poco dolida, pero concluyo que no pasa nada.

— No te preocupes Roberto, estoy bien. Gracias.

— De verdad, no pasa nada si nos preguntas.

— Natalia me explicó esta lección muy bien, si no entiendo algo te aviso.

— Entiendo. Segundo de bachillerato es un nivel muy difícil, recuerdo todo lo que tuve que esforzarme para poder aprobar.

— Sí, ¡qué días aquellos! La mitad de los fines de semana nos la pasábamos estudiando de amanecida en la casa de algún compañero. — interviene Omar.

— Ya veo, aunque suena difícil, también parece divertido.

— Y lo fue, no me quejo de esos días.

Miro a Omar justo a los ojos, y a veces también a Roberto y a Natalia para que no sospeche demasiado; Jacinta llega con nuestra cena y decidimos tomar un break para recargar nuestras pilas. Son unos rollitos de jamón y queso, con galletas de soda, jugo de limón y brownie. Nos tumbamos todos en un sofá marrón, de piel, y encendemos la televisión. Nos detenemos en un programa de humor, por lo que ahora nos debatimos entre comer y reír, es muy divertido; pero me preocupa un poco que me caiga mal la comida, y termine haciendo el ridículo frente a mis ahora nuevos amigos.

 

No pude tomar mejor decisión que visitar a Natalia el sábado. Ese inocente, y hasta atrevido acto me ha puesto en el radar de Omar, y ahora al menos sabe que existo. Tengo la excusa perfecta para saludarlo, hablarle e intentar robarme su corazón.

Lo veo caminar por la explanada del colegio junto a dos chicos que yo no conozco, no se percata de que estoy cerca así que tomo la iniciativa de saludarlo.

— Hola Omar, soy Gabriela, la amiga de Natalia.

— Hola Gabriela. — me da un beso en la mejilla.

— Un placer saludarte. — sigue su camino.

Y me deja con todas las ganas de seguir platicando con él. Tal vez esto no funcione, nunca he sido de las que coquetean, no tengo idea de cómo conquistar a nadie, y además soy tímida e insegura. En mi cabeza se desata un debate sobre si debería olvidarme de él, o si debería investigar, aprender e implementar el arte de la seducción. Tengo ganas de que gane la parte que aboga por la seducción, pero francamente dudo mucho de los resultados positivos que cultive dicha misión. Y me cuestiono si de verdad me gusta tanto como para tomarme tantas molestias, entonces mi corazón grita como un desquiciado “tú sabes que sí”.

Las rutinas mañaneras del colegio, me rescatan de mis pensamientos, y descubro en la repetición la salida de emergencia a mi tranquilidad. Caminamos como de costumbre hacia nuestro salón de clases, en fila india y de inmediato empiezan las clases; es filosofía, por suerte estudié.

Me la he pasado muy bien en la jornada de clases, toda la concentración y ejercicio que requiere me han devuelto la paz, y ya no me siento en medio de los dos personajes antagónicos que viven en mi cabeza. Sin embargo llega el recreo y les vuelvo a dar cabida.

—He hecho mis investigaciones, y según mis fuentes Omar aunque es amable e inteligente, es un mujeriego de lo peor. No te recomiendo para nada que te metas con él —dice Natalia, y luego le da una mordida a su sándwich.

Su afirmación me desilusiona, y me deja pensativa pero no consigue que me olvide de él. No quiero solo dejarlo pasar, sin intentar nada, sin descubrir si conmigo puede ser diferente, sin quemarme las manos con fuego. Lo acepto, yo también soy de las enamoradas de las cosas imposibles, porque lo peligroso puede ser letal, pero cómo se disfruta. Y no, no sé cómo lo voy a hacer, o si logre mi objetivo, pero al menos lo voy a intentar, y lo haré con todas mis fuerzas.

— Tierra llamando a Natalia.

— No me importa lo que digan tus fuentes Natalia, igual lo quiero conquistar.

— De acuerdo, ¿y qué piensas hacer? — pone los ojos en blanco.

— Aún no lo sé, pero ten por seguro que lo descubriré.