adolescente

Estos días han sido tan extraños, todavía una parte de mi siente que está de vacaciones y que en cualquier momento regresaré a casa con ella; necesito despertarme de este sueño, que cada día se hace más real. Y aquella pregunta rebota en mis pensamientos como una bola de ping pong, anda rodando de aquí para allá, la analizo una y otra vez, pero no encuentro una respuesta aceptable, ni siquiera lógica.

Duermo en las mañana, y las tardes son muy aburridas; extraño a José, mi buen amigo José, el único que me entiende, tal vez él podría ayudarme a encontrarle una respuesta coherente a esa pregunta que no para de taladrarme el alma, o al menos me acompañaría a darle vueltas al asunto. Me fui sin despedirme, no me dejaron despedirme de nada, ni siquiera de mi misma, ni siquiera de aquella adolescente aplicada, cuya mayor preocupación era pasar sus exámenes de fin de semestre. No me pude despedir de mí, y me encuentro aquí, intentando familiarizarme con la adolescente nueva, la que tiene papá, pero no tiene mamá; la que vive en una mansión pero no tiene amigos con quienes platicar, la que llora por las noches y se seca las lágrimas cada mañana, para que su nuevo padre no se preocupe demasiado. Esa soy yo, o al menos lo intento, pero en realidad lo que soy es una combinación de ambas es ahí donde radica mi dilema, me encuentro tratando de formar una identidad homogénea y desisto en el intento, desconcentrada por esa pregunta que sigue haciendo eco en mi interior.

Juan Carlos llega cada día con regalos diferente para mí, supongo que se quiere ganar mi cariño, ¡y que misión tan difícil se ha puesto! Lo único que logra es que me sienta más incómoda, como si no fuese suficiente estar utilizando su casa, pero sé que no lo hace a propósito.

Pachita es una señora distante e impenetrable, de pocas palabras, más bien se limita a seguir órdenes. Me tengo que acostumbrar a que haga todos los quehaceres por mí. Cocina de maravilla, he llegado a amar incluso los platillos que antes ni siquiera me atrevía a probar.

 

Estamos solos almorzando, es tan extraño que solo dos personas utilicen una mesa de 24 sillas. Espero hacerme a la idea de que ésta película es en realidad mi vida.

—Carmen —me dice con cierta cautela.

—¿Si? —ahora ¿con qué me van a salir?

—He estado haciendo las averiguaciones necesarias para ver si tu…

—¿Para ver si yo que? —tal vez se hartó de mi tristeza y se quiere deshacer de mí.

—Para ver cuando puedes integrarte a la escuela, ya que, bueno… vivirás aquí, tenemos que encontrarte un colegio. —me mira expectante.

—Mmmmmm, ok. ¿Cuándo empiezo?

—Estuve hablando con la directora y me dijo que puedes incorporarte mañana mismo. El único inconveniente es que no tienes los útiles escolares. ¿Te parece si lo vamos a comprar en cuanto terminemos de almorzar?

—De acuerdo.

—Entonces tenemos una cita.

—Supongo que sí —no pude esconder mi sonrisa, las compras me fascinan, y regresar al colegio ocupará mi mente para no seguir pensando en mi madre.

Abandono mi puesto en la mesa dejando a Juan Carlos en la soledad de aquel comedor, subo las escaleras entusiasmada. Me cepillo los dientes y el pelo, y voy en busca de mi bolso cuando escucho una voz.

—Cariño ¿estas lista? —pero si no me he tomado ni quince minutos.

—Ya estoy bajando.

—Te espero en el auto.

—De acuerdo — respondo, mientras bajo las escaleras apresuradamente.

Me coloco a su lado, en la parte delantera del auto. Empiezo a sentirme en confianza, después de todo, en esta ciudad (y tal vez también en el mundo) él es todo lo que tengo.

—Qué bueno que te gusta la idea de ir al colegio, no estaba seguro de cuál sería tu reacción.

—Sí, me agrada bastante, necesito algo en que distraerme.

—Rocío si necesitas hablar del tema, aquí estoy; puede que no tenga todas las respuestas, pero te puedes desahogar conmigo.

—Gracias, pero como usted mismo ha dicho, no tiene respuesta a la única pregunta que me atormenta.

Me mira preocupado, sé que quiere ayudar, pero… supongo que nadie puede.

Los edificios que encontramos a nuestro paso me distraen, encuentro tanta belleza en ellos; son imponentes y originales, como difícilmente se les encuentre en el interior del país.

—Hemos llegado —dice Juan Carlos.

—Pues hagámoslo —respondo con una sonrisa en la cara.

Me sonríe complacido y nos introducimos en el interior de aquel centro comercial. Regresa a mi ese sentimiento extraviado de la felicidad. Caminamos unos cuantos segundos más antes de llegar a la papelería, Juan Carlos toma una canastilla y empezamos nuestro recorrido, pasillo por pasillo.

—Toma lo que necesites —dice sonriendo.

Le respondo con una sonrisa radiante y empiezo a agarrar casi todo lo que encuentro a mi paso. Me doy ese lujo, sin pensar en el precio de cada artículo. Y como hoy es mi día de suerte, justo al frente de la papelería hay una tienda de ropa, a la que Juan Carlos no duda en llevarme. Dicen que las cosas materiales no compran la felicidad, pero que buenas son para distraerte de las tristezas. Seguimos nuestro recorrido por el centro comercial, parándonos en cinco tiendas más; no me quejo, he comprado todo lo que necesito y también un poco de lo que no necesito. Juan Carlos tuvo que hacer uso de su buen gusto y sentido común para ayudarme a elegir la ropa y decirme cuales me quedaban mejor; casi siempre se inclinaba hacia las prendas menos reveladoras, exactamente lo contrario a mi madre.

Ahora nos encontramos disfrutando de un banana split riquísimo. Tener un padre parece genial, tal vez porque no me ha tocado que me regañe.

—Cariño, ya es tarde y mañana es tu primer día de clases, necesito que descanses.

—Como usted diga señor —digo, a modo de broma.

—¿Cómo te la has pasado?

—Pues… no me quejo, hicimos dos de mis cosas favoritas: ir de compras y comer dulces.

—Yo también me la he pasado muy bien, eres muy divertida. Y fue refrescante ayudarte a elegir tu ropa, nunca había acompañado a una mujer de compras, tu… tu madre siempre prefería ir con sus amigas —baja la mirada, un poco decepcionado.

No sé para que la menciona, si nos la estábamos pasando tan bien, ni siquiera me acordaba del dolor que me dejó su partida.

 

—Despierta princesa, hoy es tu primer día de clases, ¡vas a llegar tarde!

Su voz se acerca cada vez más, me toma de la mano y me trae de vuelta a la realidad. Abro los ojos y la imagen del despertador se va enfocando lentamente, son las 6:40. Me siento en la cama, me estiro y empiezo a prepararme para este día, que promete mucho. Salgo del baño con pilas nuevas, arreglo mi cama y coloco sobre ella mis prendas favoritas de las compras de ayer.

Cuando bajo a desayunar, Juan Carlos va por la mitad de su desayuno: café con leche y tostadas, como siempre. Para mí, Pachita ha preparado hotcakes con batida de mango, mi desayuno favorito. Terminamos de desayunar, nos despedimos de Pachita y nos dirigimos al auto.

En unos veinte minutos llegamos al recinto escolar, es un colegio muy grande; la fachada es hermosa y los alumnos van vestidos como niños ricos. No sé porque los nervios empiezan a arruinar este día que iba tan bien. Juan Carlos percibe mi inseguridad, así que rodea el carro, me abre la puerta y me acompaña hasta la entrada, dándome la bendición que jamás le he pedido. Una vez atravesada la puerta que divide mi antigua de mi nueva vida, me pregunto ¿Qué me deparará este lugar?