Finalmente puedo conversar con mi mejor amiga en la comodidad de nuestra pieza. Tumbadas boca arriba y con los pies pegados de la pared, hablamos sobre sus primos extrovertidos y su familia en general, sobre Omar y sobre muchas otras cosas.

En la vida de Natalia no hay tanto drama como en la mía, su relación con Víctor va viento en popa, y a pesar de que la distancia los separa se mantienen comunicados por Skype, experimentando permanentemente una especie de enamoramiento prolongado.

De pronto las risas se acaban, las luces se apagan, y nos quedamos a solas yo y el mundo de emociones que me abarca. Decido elevar una oración al cielo, como pocas veces en la vida he hecho. No profeso fe alguna, pero sé que existe un ser superior a nosotros, quien es nuestro creador y sostiene nuestra vida. Me atrevo a pedir que me ayude a perdonar de corazón, a olvidar la ofensa.

Cuando abro mis ojos mi roommate sigue sumergida en su sueño. Husmeo por la ventana de nuestro dormitorio para descubrir la hermosa piscina, la cancha de volleyball y el mini bosque que separa ambas cosas. Decido meterme a la ducha mientras Natalia abre sus ojos poco a poco, intentando familiarizarse con los rayos del sol y con el hecho de que hay que levantarse. Chillo al sentir el roce del agua helada en mi piel, y respiro profundo antes de continuar con mi labor.

Elijo el traje de baño más decente que traje, porque después de todo esta es una reunión familiar –y de una familia que no es la mía–. Tapo mi cuerpo un poco más con un jumper de mezclilla de pantalones cortos, un crop top y unas sandalias playeras muy cómodas.

Bajamos y encontramos a todos compartiendo alegremente. El par de primos se nos acerca como si estuviesen sincronizados; sonrío para disimular mi sorpresa. Los saludamos con un beso en la mejilla, y continuamos con el ritual social por toda el área de la piscina.

Como somos los únicos adolescentes del lugar, nos sentamos juntos en la orilla de la piscina, y desayunamos alegremente, entre anécdotas y bromas.

Mi celular vibra insistentemente, amenazándome con lanzarse a la alberca si es que no me decido a hacerle caso a la brevedad. Contesto:

–Ción papi.

–Dios te bendiga princesa. ¿Cómo te la estás pasando?

–Súper bien. La familia de Natalia es muy agradable.

–¡Qué bueno! Cuídate mucho por favor.

–Lo haré –pongo los ojos en blanco.

–¿Y tú cómo estás? ¿Qué estás haciendo ahora?

–Veo el noticiero.

–¿Y Pachita? ¿Cómo está?

–Se fue unos días de vacaciones a su campo.

–¿Entonces estás solo en la casa?

–Así es.

–¡Qué mal!

–Estoy bien, tú tranquila; sigue disfrutando tus vacaciones.

–Ok, seguimos hablando después entonces.

El sol empieza a caer, pero no así nuestros ánimos; siempre aparece un nuevo tema interesante del cual hablar. Por su parte los adultos ya han entrado a la casa.

–¡Juguemos verdad o reto! –sugiere Ricardo– se me entrecorta la respiración de solo pensarlo.

–¡Mejor no! –me sorprendo al ver que no insiste.

Ante mi negativa todos se quedan mudos, y la brisita fresca que nos acaricia es la excusa perfecta para salir de esa incómoda situación. Entramos a la inmensa casa, cerrando la puerta de cristal tras nosotros, y nos dirigimos escaleras arriba. Los chicos por la derecha, las chicas a la izquierda; directos a la ducha para más tarde bajar a ver la película de terror que los adultos han descargado mientras nosotros nos moríamos de la risa allá afuera.

Nos acomodamos en la sala principal de la casa, con palomitas y refrescos. Los más jóvenes en el piso, para dejarle a los mayores los asientos más cómodos.

Inicia la película, y junto a ella mis nervios; si no fuera porque no quiero pasar por antisocial, no me sometería a esta tortura. No ha pasado nada en especial, pero la música de suspenso y la incertidumbre de no saber qué le pasará a la tierna protagonista de 3 años, me tienen con los pelos de punta. La cámara se acerca poco a poco a la pequeña, enfocándose en su rostro de angelito. Despierta. Llora desconsoladamente. La cámara gira en su eje, unos 180° para dejarnos ver al causante de su desasosiego.

–¡Ahhhhhhhhhhh! –oculto mi cara en el pecho de Tomás, y antes de darme cuenta mi miedo se transforma en vergüenza.

Cuando partimos de aquella casa, siento que estoy experimentado una especie de Dejavu; cada quien cargando su propio equipaje, y Ricardo mostrándole su cariño a Natalia con gran efusividad. Justo como sucedió cuando llegamos, la diferencia es que ya no soy un ser invisible que observa la escena preguntándose quién es ese chico, ahora también se despiden de mí con cariño.

La familia Vásquez ya no es tan joven como cuando llegamos a esta casa perdida entre montañas. Dieguito es un berrinchudo y misterioso adolescente, sus papás tienen más canas que mi abuela, y nosotras… somos unas sensuales y talentosas universitarias. Han sucedido tantas cosas desde aquel discurso en el colegio, que no me alcanzarían las palabras para describirlo; pero en esencia sigo siendo la misma chica, ahora con más seguridad en mí misma y con una pila de responsabilidades que vienen en el paquete de la vida adulta.

Los demás se esfuman, como si lo que viviéramos en realidad fuese solo un sueño, pero nosotras somos muy reales. Lo sé porque el viento en mi mejilla, el toque del sol y los recuerdos del fin de semana no mienten.

Le doy un beso de despedida a mi amiga y me dirijo escaleras arriba, con un bulto que pesa cien veces más que mis deseos de regresar a la realidad. Saludo al señor de la recepción y me introduzco en el ascensor. La felicidad y el cansancio se acumulan en mi cuerpo y me recuesto en la pared metálica hasta que el ascensor marca mi número dorado.

Coloco mis cosas en la mesita de la sala y voy directo a mi habitación, enciendo el aire acondicionado y me tiro en mi cama que tanto extrañé. Desde allí mi regla T me guiña un ojo, recordándome que me he olvidado de ella durante todo el fin de semana, los planos vacíos asienten, y la lista de pendientes no guarda silencio; pero me resisto a escucharlos, los ignoro por completo, dejándome caer en un sueño muy pero muy pesado.

Despierto sin la ayuda de una alarma –las detesto–, y los revoltosos de anoche ahora me saludan con más simpatía; esta si es una forma adecuada de hablar. Mis pies se dirigen instintivamente a la cocina en busca del acostumbrado cafecito mañanero –mi dosis diaria de poesía–, ese líquido oscuro que promete tanto como una noche estrellada, me da el valor que necesito para enfrentarme a este día.

De vuelta en mi aposento, elijo uno de los lápices revoltosos de anoche, y lo obligo a enfrentarse con  mi salvaje melena. Muevo la mesa de trabajo al balcón, coloco música de ambientación, y allí me decido a trabajar; poniéndome en contacto con esa pasión que me llevó a estudiar arquitectura. Desde esta altura, la vida se pinta mucho más bonita.

–Hola Pachita, ¿se encuentra mi padre?

–Claro que sí señorita Gabriela, pase; Juan Carlos está en la sala de televisión, se pondrá feliz cuando la vea.

Entonces subo las escaleras y lo veo allí, con sus pantunflas, sus pantalones de cuadros y su camisa a juego.

–Ción papi.

–Dios te bendiga princesa.

–Quise pasar a visitarte, te extrañaba.

–¡Ven aquí! –me recibe con los brazos abiertos– esto era justo lo que yo necesitaba, la calidez que a veces nos hace falta a quienes vivimos solos. Me invita a sentarme junto a él y me acomodo como en mi casa  –aunque hoy suene un poco extraño–. Mientras vemos un programa de finanzas, me dedico a hacer todas las preguntas que se me ocurren.

Su teléfono nos interrumpe. Timbra insistentemente sobre la repisa de la esquina. Al principio lo ignoro, pero luego miro a mi padre para motivarlo a contestar; no sé si está muy concentrado en su programa o si me está ignorando.

Me vuelvo a sumergir en el interesante programa de finanzas, cuando el mentado celular timbra de nuevo. Esta vez decido ser más directa:

–¿No piensas contestar? –se hace el tonto y tararea unos cuantos sonidos incomprensibles, así que decido contestar yo.

–Aló.

–Aló. Disculpa, creo que me equivoqué de teléfono.

–Espere señora, ¿usted busca a Juan Carlos?

–Así es –su voz se nota un poco afectada.

–¿Quién es? –interviene Juan Carlos.

–No lo sé pa´ –me quita el teléfono.

–Aló. Es que no lo escuché, estaba viendo la televisión con mi hija. Sí, Gabriela. Te llamo más tarde –y yo estoy a su lado, con los ojos fijos en él, escuchando cada palabra.

–¿Y quién es esa señora papi?

–Es solo una amiga.

–Mmmmmm… solo una amiga, que te llama a estas horas de la noche –me mira como un niño que tiene miedo de que descubran su más reciente travesura, y luego me abraza y me da un beso en el pelo.

–Ven, vamos a terminar de ver el programa.

Miro insistentemente la esquina inferior de mi computadora, ansiosa porque llegue la hora de salir del trabajo. El día de hoy mi mente ha estado dispersa y apenas he podido hacer frente a las urgencias del día a día. Necesito salir de aquí desesperadamente, tomarme un helado, caminar o simplemente hacer algo que me distraiga.

Adelanto un par de pendientes hasta que por fin ya es hora de partir. Bajo las escaleras de la oficina con paso firme, sobre mis tacones negros. Voy directo al parqueo, a mi auto, acomodo mi asiento –necesito manejar hasta que se acaben las calles y mis pensamientos me dejen en paz–. Manejo hacia dónde sé que hay menos tráfico, y de pronto me encuentro en la carretera hacia San Pedro de Macorís. Creo que hoy si tengo el valor necesario para ir en busca de esa respuesta sin sentido lógico –o tal vez solo la locura necesaria.

Con dificultad, logro llegar al vecindario que me vió crecer… y me parqueo frente a esa casa que me trae tantos recuerdos. Mi corazón palpita de dolor y mi mente se fatiga con un cuestionario interminable. Parece que aquí ya no vive nadie; quiso sacarme tan seriamente de su vida que no ha dejado ni siquiera un rastro que me haga dar con su paradero. Me siento en la acera, y lo que me ha estado acongojando el corazón durante todo el día se me sale por los ojos.

–¿Gabriela? –levanto la cara, y entre lágrimas reconozco el rostro de Don Papito–. Me pongo de pie como una muestra de cortesía y lo saludo.

–¿Buscas a Luisa?

–Sí –respondo– intentando mantener la compostura.

Toco el timbre y espero… y vuelvo a tocar… y vuelvo a esperar…

Al fin me abren la puerta, es el ama de llaves.

–¿En qué puedo ayudarle señorita?

–Busco a Luisa.

–¿Y quién es usted?

–Yo soy Gabriela, su hija.

–Entiendo, pase adelante. Enseguida le aviso.

Me siento en los muebles de aquella lujosa sala. Parece que la vida de mi madre ha cambiado mucho desde aquel día; tal vez esta sea una de las razones por las cuales yo ya no podía estar presente, tal vez a esta vida de lujos no se podía entrar con mochila.

–La señora Luisa dice que la espere aquí –dice el ama de llaves, y se esfuma, dejándome sola–. Espero por varios minutos, pero la impaciencia me insta a subir a buscarla. –¿Qué es lo que tanto hace para dejar esperando a su “hija” que tiene años que no ve?

La casa es tan grande que no sé por cuál pasillo dirigirme. De pronto escucho un ruido y decido averiguar de dónde proviene. Abro la puerta y la encuentro allí. Ahora entiendo la razón por la cual me abandonó.