El desayuno que me sirve Davidson está casi tan bueno como él, y no puedo evitar tararear y bailar mientras lo disfruto.

–Me alegro que te haya gustado –comenta con una sonrisa sensual.

–¿Puedo hacerte una pregunta?

–Claro, adelante.

–¿Qué hacías en Prostitutos de Amor si no trabajas ahí?

–Mmmmmmm…. Bueno –titubea antes de responder.

–Es que es extraño, ahí solo van mujeres y pensé que todos los hombres que habían eran empleados.

–Quería un encuentro casual, de una noche. Y como todas las mujeres que van ahí lo hacen con ese fin, pensé que sería mucho más sencillo.

–¡Y sí que lo conseguiste! –le respondo pícaramente.

–Es algo nuevo para mí, sabes. Siempre he sido hombre de una sola mujer.

–¿Y qué te hizo cambiar? –Baja la cabeza y siento que se hace vulnerable.

–Me di cuenta de que no vale la pena. De que ser bueno, fiel, romántico y enamorarse no sirve de nada, las mujeres siempre van a querer estar con el hombre que las maltrata o no les da tal importancia.

–Pues sí, en eso estoy de acuerdo contigo. El amor nos vuelve vulnerables y no vale la pena amar tanto, nadie agradece.

–¿Y tú por qué estabas ahí Gabriela?

–No sé, al principio no sabía que se trataba de un prostíbulo. Pensé que era un bar como cualquier otro, pero tengo que aceptar que me gustó el trato que me dió aquel empleado, y por eso regresé. A veces necesito olvidarme de todo, y regreso allí.

–¿Y además de ir allí, qué más haces?

–Estudio y trabajo en arquitectura, ¿y tú?

–Soy ingeniero.

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