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Las Oportunidades son Calvas.

Hoy mis compañeras de trabajo y yo platicábamos sobre los beneficios de vivir en ciertos países, donde se gana muy bien, donde se valora al universitario, donde no hay que matarse estudiando y luego trabajando para ni siquiera lograr llegar a fin de mes. Y también platicábamos de las empresas que valoran a su personal en este país, que hay unas cuentas, pero que a mí personalmente no me ha tocado la suerte de pertenecer. Y que sí, que es bien difícil, porque te exigen estudios y experiencia, y tú a ellos no les puedes exigir un salario justo ni un seguro médico que se mantenga al día. Que sí, que el mundo es injusto, que los ricos cada vez se hacen más ricos a costa del trabajo de los pobres, y de los acomodados que no tienen la suficiente fuerza de voluntad para salir de su zona de confort y arriesgarse a mucho. Pero de igual forma, aunque lo hicieran sigue siendo difícil, muy pero muy difícil.

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El Chico de Camino a mi trabajo

El chico de camino a mi trabajo es alto, flaco y de ojos claros. Y cuando se atraviesa por mi paso su química se entrelaza con la mía.

El chico de camino a mi trabajo es… alguien en quien no me hubiese fijado, de no ser por esos ojos tiernos que parecen adherirse a mi piel o por esa química que subyace del aire que nos rodea cuando coincidimos.

Al chico de camino a mi trabajo no le soy indiferente, lo sé; porque nuestros ojos se han encontrado jugando a las escondidas más de una vez. Porque sus movimientos son iguales que los míos; intentando ser discretos, pero siempre los descubren infraganti.

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Mujer, tú eres la culpable.

Tú mujer, eres la culpable de que los hombres no sirvan. Tú  que rechazaste infinidad de  chicos tiernos, detallistas y cariñosos, y elegiste a ese chico rudo que maltrataba tu corazón. A ese que es demasiado macho como para mostrar sus sentimientos en público. Tú  que criticas al enamorado de tu mejor amiga, argumentando que es demasiado “palomo” y te burlas de ella en su cara influenciándola para que elija al de mente más “ágil”.

Tú que crías te a tus hijos varones con más privilegios que a sus hermanas por el simple hecho de haber nacido con testículos.

Tú  que pronuncias frases como: los hombres no friegan, no lloran, no sienten.

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Llorar.

Que sí, que tengo derecho a sentirme mal en ocasiones. Que esta vida es difícil y hay muchas desilusiones, que de vez en cuando hay que dejar de hacerse el fuerte y llorar, aunque nos señale la gente en la calle, aunque nos miren con compasión, aunque nos veamos feos.

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A juzgar por mis deseos es probable que por los siglos de los castillos, fortalezas, guerras y espadas; de príncipes, bestias y otras fieras, yo haya sido una princesa amada. Quizás por algún príncipe, guerrero, cocinero, sirviente, guardaespaldas o forastero, pero de algún. O quizás siempre fui la misma soñadora que ahora soy.

Un no positivo.

Te dije que no mientras mi corazón gritaba emocionado: “Claro que quiero”. Me esforcé en apagar la llama que ardía dentro de mi pecho cada vez que tu aroma saludaba tiernamente mi olfato. Te dije que no, mientras trataba de devolverle el tono original a mis mejillas, ese que tenían antes de que aparecieras frente a mí. Salí ilesa de entre tus brazos, logré apartarme de ese lugar que quería convertir en mi hogar; no tienes idea de cómo sueño con que lo sea.

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Ponle limón a tu herida

Si te hieren, ponle limón a tu herida. Te va a dolor por unos pequeños segundos pero evitará que se aniden gusanos.

Si te hieren vuelve a exponerte al peligro, vuelve a amar, vuelve a confiar en la gente (pero no con los ojos cerrados sino con ellos bien abiertos para que los ames con todo lo que son: luces y sombras).

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Amor sin salida

Corro en medio de las plantaciones intentando escapar de él y su revólver. Lo sostiene con sendas manos recreando la escena de siempre, la que termina cuando cedo, lo perdono y regreso. Se me acerca lentamente; su voz me acaricia con ese apodo que antes me hacía suspirar. Mi corazón se acelera porque ya he estado aquí antes y es aterradora la incertidumbre de no saber si esta vez se atreverá; el problema con los perros que ladran y no muerden es que siguen teniendo dientes.

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No entendía exactamente lo que le pasaba, pero lo solucionó sin decir una palabra.

No esperaba que notara que le pasaba algo, pero se sorprendió al recibir la respuesta que necesitaba. La misma que había buscado durante siglos, porque no tenía idea de dónde encontrarla.

El hombre equivocado

Me encontraba en medio de los dos: de Josh y de Felipe. Josh era tan romántico y Felipe tan torpe. El primero me traía suspirando por todas las esquinas con su manera tan certera de tratarme; con sus detalles. El segundo producía en mí una mezcla extraña de ternura, risa y vergüenza; todo lo que hacía para llamar mi atención terminaba en un completo desastre. Así que me enamoré de Josh. Me convertí en su amada, después solo era su novia, más adelante en su sonsa y finalmente en su ex. Me dejó allí tirada, con las migajas de un amor demasiado efímero para advertir el momento exacto en que todo acabó. Me dejó destrozada, con los restos de lo que nunca fue, esparcidos en el patio trasero de mi casa.

Y allí seguía Felipe, tan inexperto y torpe como siempre. Tan arriesgado como no lo conocía. Voló la cerca y se dispuso a juntar las migajas. Tuvo la fé suficiente para creer que en ellas seguía habiendo vida y la dedicación para hacerlas vibrar nuevamente.

“Tuvo la dedicación para hacerme vibrar de nuevo.”

No me importaba demasiado lo que hiciera con ellas, pero me preocupaba que fuese tan simple entrar en mi casa.

Me sorprendí cuando quiso regresarme lo robado. Según dijo, su misión era solo repararlo, no tenía intenciones de quedarse con lo de nadie. Pero me pareció injusto conservarlo luego de su arduo trabajo, así que lo busqué por mar y tierra para regresárselo.

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