Corro en medio de las plantaciones intentando escapar de él y su revólver. Lo sostiene con sendas manos recreando la escena de siempre, la que termina cuando cedo, lo perdono y regreso. Se me acerca lentamente; su voz me acaricia con ese apodo que antes me hacía suspirar. Mi corazón se acelera porque ya he estado aquí antes y es aterradora la incertidumbre de no saber si esta vez se atreverá; el problema con los perros que ladran y no muerden es que siguen teniendo dientes.

-Te juro que ya cambié –una parte mía quiere creerle, pero la que está observando el revólver tiene todas las de ganar.

-Ya no quiero… esas fueron mis últimas palabras, y lo último que vi fue un objeto pequeño y metálico dirigiéndose lentamente hacia mí; las últimas palabras que escuché: “si no eres para mí no serás para nadie”, y el último sonido fue un disparo.