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Vanesita se sentía la niña mas pobre del mundo, porque le faltaba lo mas importante para ella: una muñeca. Desde siempre había soñado con su llegada pero esto jamás sucedía, en su corazón guardaba la esperanza de que cuanto mas tiempo pasara menos faltaría para obtenerla. De seguro cuando cumpla cinco años la tendré, o siete, o nueve o quizás a los once años —— pensaba Vanesita —— sin embargo esto nunca sucedía.

Veía como niñas mas pequeñas que ella ya poseían una hermosa muñeca y ella nada. Al parecer no se la merecía, o quizás sus padres no la amaban lo suficiente como para regalarle una. Ciertas noches lloraba porque no tenía una compañera de juegos que la acompañara en sus días de soledad.

Todo parecía tan injusto, como era posible que niñas mas pequeñas la tuviesen si ella en el fondo pensaba que eso se relacionaba de algún modo con la edad, como si fuera una especie de turno. A fulanita le tocó una, no le puede volver a tocar otra antes que a mi —— pensaba Vanesita —- pero la cruda realidad era que eso no tenía nada que ver, porque habían niñas que habían gozado de la compañía de hermosas muñecas durante toda su vida y otras de ninguna. Llegó otra Navidad y todas las niñas (o al menos la gran mayoría) obtenían otra muñeca nueva, a pesar de que ya tenían una previa. Santa les regalaba otra mas, como sus tiernos corazones las deseaban, justo así, pero Vanesita no recibía nada. Se preguntaba ¿por qué a mi no, si yo siempre me he portado bien?

Cierta vez Vanesita rogó tanto a sus padres por una, qué estos terminaron por complacerla, pero al parecer no invirtieron mucho en ella porque la muñeca se rompió en seguida y allí estaba Vanesita jugando sola otra vez. Sus amigas le prestaban las de ellas pero no era lo mismo, jamás sería lo mismo. A pesar de tantos años de desilución y soledad, Vanesita aún abriga en su corazón la esperanza de que algún día Santa, sus padres o alguien más, le regalará la muñeca de sus sueños. Tiene trece años y aún sueña con esa muñeca.