Hoy mis compañeras de trabajo y yo platicábamos sobre los beneficios de vivir en ciertos países, donde se gana muy bien, donde se valora al universitario, donde no hay que matarse estudiando y luego trabajando para ni siquiera lograr llegar a fin de mes. Y también platicábamos de las empresas que valoran a su personal en este país, que hay unas cuentas, pero que a mí personalmente no me ha tocado la suerte de pertenecer. Y que sí, que es bien difícil, porque te exigen estudios y experiencia, y tú a ellos no les puedes exigir un salario justo ni un seguro médico que se mantenga al día. Que sí, que el mundo es injusto, que los ricos cada vez se hacen más ricos a costa del trabajo de los pobres, y de los acomodados que no tienen la suficiente fuerza de voluntad para salir de su zona de confort y arriesgarse a mucho. Pero de igual forma, aunque lo hicieran sigue siendo difícil, muy pero muy difícil.

Y que yo cada vez me convenzo más de que lo que me conviene es auto emplearme, y olvidarme de mi profesión, y de los empleos convencionales. Pero cómo le haces con las cuentas que no se pueden esperar hasta que tu negocio avance, ¿cómo las callas? ¿Cómo las haces esperar? ¿Cómo las convences de que tú también estás en la quiebra? Yo no sé. Lo único que sé es que la impotencia, el sentimiento de estar siendo abusado y la pena de que en mi país hayan pocas oportunidades para los jóvenes me abruma. Yo no sé nada más que, el empleo más alentador y confiable que existe lo creas tú mismo, y que el jefe menos explotador eres tú, porque te dueles. Y eso es lo que le hace falta a esta sociedad, que le duela su prójimo.