Me costó darme cuenta que todos somos diferentes, que no tenemos las mismas cosas por aprender ni venimos con los mismos defectos de fábrica.

Me costó darme cuenta que para algunos un momento es una eternidad y para otros solo dos segundos.

Me costó darme cuenta que no es injusto que algunos derrochen su dinero en lujos mientras otros mendigan el pan; porque por loco que parezca todos tenemos que aprender del lugar y situación exacta en la que nos encontramos. Me costó entender que mis circunstancias no dependen de mis fuerzas, ni tienen nada que ver con mi belleza o mi valía como persona.

Me costó entender que no estoy pagando los pecados de otra vida, y que tampoco merezco las recompensas “ganadas” en algún lugar.

Me costó entender que aunque somos semejantes, no somos idénticos, que sencillamente somos vasijas de materiales distintos, con colores diferentes, forjadas por distintos diseñadores. Me costó entender que para nuestro futuro dueño, cada una de nosotras tiene exactamente el mismo valor, a pesar de ser tan distintas. Me costó entender que a unas las sometieran durante más tiempo al fuego, mientras que otras parecían nunca haber pasado por él. Que algunas fueran majestuosamente altas y otras miserablemente pequeñas. Que hubiesen de materiales ridículamente sencillos y otras de una resistencia inigualable.

Me costó entenderlo porque lo veía todo desde mi humilde y limitada perspectiva. Me costó porque no tenía la visión de los alfareros, ni la del vendedor, ni la del publicista, y mucho menos entendía la diversidad de los consumidores y su psicología.