No recuerdo en que momento empezó todo aquello, pero de repente me encontré corriendo por el campo. La brisa, mi cara cubierta de cabello, el sol, un vestido movedizo y aquella adrenalina drogada de temor a ser encontrada; ¡se sentía tan bien la libertad!

Corrí hasta que el sol se cansó de mostrarme el camino, reclamándome que lo dejara descansar. Lo imité e improvisé un colchón de tierra y una sábana de flores. Me desperté con los rayos de sol que salían de sus brazos bien tonificados, de su abdomen extra plano y de su sonrisa encantadora. Lo acompañé en su jornada laboral. Me invitó a pasar una noche en su posada. Luego quería que me quedara; lo intuí en las flores del atardecer, en el pedazo de cama compartida, en su definición de cobija, en los desayunos cargados de sonrisas, y sobre todo en sus ojos; llenos de esposas, candados y rejas. Sí, sobre todo en esos ojos; pastores que me llevaban como oveja al matadero. Así que empecé de nuevo, volví a correr en nombre de mi libertad y lo dejé en su encierro.

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