Te dije que no mientras mi corazón gritaba emocionado: “Claro que quiero”. Me esforcé en apagar la llama que ardía dentro de mi pecho cada vez que tu aroma saludaba tiernamente mi olfato. Te dije que no, mientras trataba de devolverle el tono original a mis mejillas, ese que tenían antes de que aparecieras frente a mí. Salí ilesa de entre tus brazos, logré apartarme de ese lugar que quería convertir en mi hogar; no tienes idea de cómo sueño con que lo sea.

Me organicé para controlar mis emociones, distribuir mi interés en porciones razonables que no despertaran sospechas. Estaba convencida de lo que me enseñaron de niña, recordaba claramente ese consejo irracional “Hazte la difícil, los hombres valoran más a las que les cuesta conquistar.” Yo no entendía, o quizás simplemente me parecía ilógico. ¿Por qué ocultar lo que siento? ¿Por qué no puedo aceptar sus invitaciones sin arriesgarme a perderlo? ¿Por qué decir que no cuando en realidad quiero decir que sí? ¿Por qué ahogar este fuego entre miles de baldes de agua fría? ¿Por qué resignarme a experimentar perpetuamente la extraña sensación del hielo peleando con el fuego, para redescubrir que el fuego siempre será más fuerte e invencible? ¿Por qué tenía que elegir entre ti y mi autenticidad? No tenía respuestas pero sí resultados. No tenía explicación pero sí veracidad.  No tenía sentido pero funcionaba.

Así que me resigne, incluí la máscara en mi rutina diaria de maquillaje. Desarrollé mis dotes de actuación frente a tu idílico semblante. Me hice fuerte ante tus brazos que buscaban abrazarme a todas horas. Fingí hasta el día en que hiciste la muy esperada pregunta; la pregunta soñada desde los cuentos de princesas; aquella pregunta histórica e inmensamente deseada; justo hasta ese día fingí, justo en ese instante se me cayó la máscara.