Lo escuché de manera accidental; llegué en el momento justo para escuchar que lo nuestro fue una apuesta y que yo fui el premio a tu hombría. No lo podía creer, no lo quería creer.

Corrí a tus brazos y me abrigué en ellos como siempre lo había hecho desde aquel sí. Y te lo conté a manera de chiste, entre risas nerviosas; no reíste conmigo, me sorprendí. Te miré a los ojos y tu silencio me congeló. ¿Verdad que es una estupidez? Bajaste la mirada y lo entendí: la estúpida había sido yo.