Pareja mirándose a los ojos

Lo decidí un día, luego de pasarme una vida controlándome y de estar a punto de estallar otras tantas; tenía ganas de saciar mi curiosidad y él me gustaba. Sin embargo debía confesar que el temor me carcomía el alma.

Él era uno de esos amigos nuevos, lo suficientemente cercano como para tolerar su tacto; lo suficientemente lejano como para resistir que nuestra amistad se rompiera. Y me gustaba por dentro y por fuera, pero no como me gustan los hombres para una relación, me gustaba como amigo, sin embargo mi ojo de mujer tenía que aceptar que era lindo.

Cuando se lo propuse, escupió todo su café.

–¿Estás segura?

–Lo estoy –se le iluminan los ojos como niño con juguete nuevo.

Yo soy virgen, y quiero… dejar de preguntarme cómo se siente. No tengo novio –yo no tengo suerte con los hombres, ni siquiera puedo decir que tuve alguno.

Y así fue como 3 días después nos encontramos en su desorganizado departamento de soltero, y nuestros cuerpos inquietos se unieron con aquel caos.

–Prométeme que no te vas a enamorar –me dice,  y yo me río ante sus intentos de hacer parecer esto una cita de verdad.

–Lo prometo Fer, no me voy a enamorar de ti.

–¿Estás segura?

Asiento, mientras me muerdo los labios y le empiezo a desabotonar la camisa. Él abre los ojos un poco más de lo normal –aún no cree lo que está sucediendo–, empieza a gritar emocionado como si estuviera en una fiesta. Nos tomamos un par de copas… o de botellas. Me hacían falta para disipar los pequeños nervios que amenazan con dañar el momento.

Cuando terminamos con todo el alcohol disponible en su cocina, nos quitamos las piezas de vestir que aún llevamos puestas, y las dejamos en nuestro camino hacia su habitación. Como si quisiéramos dejarle una pista a alguien, tal vez a la virgen que vive en mí, y que ahora está por morir.

Me acuesto sobre su cama, y él se para justo en frente y se queda contemplándome, como si yo fuese una de esas hamburguesas gigantes que tanto le gustan.

–No puedo creer que seas virgen, y que todo esto haya estaba oculto bajo tus viejos jeans durante tantos meses, sin que yo me diera cuenta –pongo los ojos en blanco, él se da cuenta y se me lanza arriba.

Nos estamos besando –estoy besando a mi amigo, siento casi como si fuera incesto–. Pero tengo que aceptar que es bueno, cuando desciende por mi cuello mi respiración empieza a acelerarse. Besa mis senos como lo he visto tantas veces en películas eróticas, y continúa besando mi abdomen hasta detenerse en mi ombligo… donde empiezo a tocar el cielo. Ha encontrado el camino hacia mi zona más íntima, y sus manos coquetean con ella haciéndome gemir más de una vez… una y otra vez. Le gusta saborear lo que encuentra allí, y yo lo miro extasiada. Empiezo a balancearme al ritmo en que me toca, y mis manos se toman la libertad de tocarlo a él también, mientras ambos entonamos una melodía de placer… coordinados; es algo espontáneo pero parece ensayado.

Se dirige a la fuente nuevamente, y yo me hundo más en aquel abismo. Aquí estoy, recreando lo que tantas veces he hecho sola, pero ahora multiplicado por 20. Transitando un sendero desconocido, que se me hace familiar. Estoy fuera de mí, solo deseo que continúe haciendo lo que empezó. Pero él se detiene, se pone de pie, abre el primer cajón de su mesa de noche y destapa algo… un condón… que se coloca en aquél chupetín que deseo devorar. Lo detengo y sacio mi deseo. Me vuelvo loca ante él, finalmente está aquí, y es delicioso. Me bajo de la cama lentamente sin descuidar mi tarea. Hasta arrodillarme ante él. Y lo entro y saco de mi boca, disfrutando de su sabor, de su textura, de su néctar, hasta que él ya no aguanta más. Se arrodilla allí mismo, se abre camino entre mis piernas y se vacía completito en mi interior. Y llegamos juntos al lugar soñado, al edén. Allí en el piso, sobre su alfombra de carrera de autos. Él, encima de mí, liderando el momento, y yo disfrutando de sus lecciones.

–¡Fer! –digo con un hilo de voz, desde abajo, y mirándolo a los ojos: GRACIAS. Se ríe, y yo lo sigo. Y nos quedamos en aquella sombra por un rato, mientras regresamos a la normalidad.

–No me agradezcas, ha sido un placer.

Ya ha amanecido, estamos juntos, desnudos. Tengo que admitir que no me siento arrepentida. Me voy luego del desayuno, sintiéndome tentada a decirle que lo sigamos haciendo, pero no quiero pedirle más favores; le dije que solo una vez, y ahora quiero más.

***

Regreso a mi casa, a mi habitación, a ese diario que ha tenido que soportar sobre su piel tantas incógnitas de veinteañera, tantas crisis existenciales y tantas historias de amor frustradas. Ahora tendrá que resistir las crónicas de una primera vez muy distinta a la de los cuentos de hadas. Una que no se trata de amor, que no termina precisamente en final feliz, que te deja con unas ganas incontenibles de seguir y seguir. Entre las cosas que me daban tanto miedo nunca contemplé este escenario, ese de que si lo pruebas ibas a querer seguirlo probando, nunca contemplé que reviviría mis siempre existentes deseos de tener una pareja estable. Pero supongo que pasará, como todo en la vida.

A Fernando lo veo de nuevo en la maestría, nos tomamos un café como siempre. Compartimos una sonrisa pícara, como ese par que tiene en común una travesura muy divertida.

–¿Quieres volverlo a hacer? –me pregunta sin apartar sus labios del vaso de café–. Ahora soy yo la que abre los ojos en señal de sorpresa, la que no lo cree.

Quiero decir que no, porque siento que estas acciones podrían llevarnos por un sendero desconocido y eso me asusta. Además, ¿qué par de amigos toma como costumbre tener sexo casual? A claro… los de las películas– sonrío.

–Sí –y nos apuramos al parqueo, conducimos hasta su casa. Esta vez no necesitamos tragos, nos vamos directo a la diversión. Empezamos de inmediato a danzar a nuestro propio ritmo. Está por amanecer y me he quedado dormida en su cama –de nuevo–. Decido irme antes de que se despierte, pero justo cuando me estoy colocando la última pieza de ropa, me sorprende por la espalda, poniendo sus gruesas manos sobre mi cintura.

–¿A dónde vas con tanta prisa?

–Es que estoy tarde.

–¿Para qué?

–Para amanecer en mi casa –una sonrisa incómoda se me dibuja en la cara– él sonríe con picardía.

–Mejor quédate más –me susurra al oído, cada vello de mi cuerpo se eriza y así es como inicia mi primer mañanero.

***

Es la 3ra vez que Fernando se aparece en mi casa con una caja de bombones y vino tinto. Y cada vez que lo hace nos vemos una película en Netflix, hacemos cena, jugamos con el gato, charlamos y por supuesto… tenemos delicioso sexo.

–Si me sigues trayendo chocolates rellenos de brandy y nueces no podré mantener mi promesa, me terminaré enamorando de ti –río a carcajadas, inclinando mi cabeza hacia arriba, y luego me detengo cuando veo que él no se me une. Está muy serio, y un deseo oscuro se asoma en su mirada.

–Sabes que solo lo hago para embarrarlo por todo tu cuerpo, y comerme cada rastro que quede de él en ti.

¡Wow!, eso es tan excitante… el pulso se me acelera y las hormonas empiezan a hacer acto de presencia.

–¿Acaso crees que no conozco los instintos sexuales de mi amigo? Te equivocas porque me los sé de memoria, y me los disfruto. Además, mi sabor favorito en el mundo, es el de tu piel mezclada con ese chocolate de brandy y nueces –muerdo suavemente mis labios, recordando la última vez que disfruté de su sabor y sintiendo la presión de los latidos de mi corazón en mis oídos–.

–Me toma entre sus brazos de sorpresa, y yo río ante lo inesperado de esa acción. Mis carcajadas se calman y mi pulso se normaliza, ante la templanza de su mirada. No sé cómo puede estar tan serio en este momento.

–No sabes cómo me encantaría que rompieras la promesa que me hiciste.