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Ella lo mira a los ojos y le pide que le enseñe, él empieza por enseñarle pero termina abandonando el encargo ante el deleite de sus besos. Enlazan sus lenguas, ella muerde sus labios pícaramente una y otra vez, él hace lo mismo con los de ella pero de una manera más suave. La pasión los envuelve cada vez más, encendiéndose como fuego que los consume.

Se envolvieron en ese tipo de relación, donde quizás por la edad, ella lo veía como su profesor y él como a su protegida. Un día, de tanto jugar a los besos y a las caricias apasionadas, cruzaron esa puerta que los llevó hasta el infinito. Luego de conocer ese inframundo no pudieron dejar de viajar hasta él cada vez que se les presentaba la oportunidad. Eran muy intensos, ella porque era una recién llegada y él porque amaba como ella lo hacía sentir. En medio de sus dos roles, el de orientador y el de amante, casi siempre se encontraba del lado del amante, enseñándole sobre lo que le gustaba y ella se mostraba dispuesta a aprender.

El fuego se mantuvo por un tiempo hasta que ella decidió que ya era tiempo de volar. Él había sido un pasatiempo, algo que le causaba curiosidad, alguien que llamaba su atención por su vasta experiencia. Pero necesitaba conocer cosas nuevas, se sentía acorralada y encerrada solo con él; así que se alejó, aunque en el fondo sentía que de algún modo le pertenecía.

Él se enamoró locamente de ella,  y se cuestionaba lo imbécil que era por haberse tomado el romance en serio. Intentaba olvidarla, repitiendo en su cabeza una y otra vez: “es solo una chiquilla sin experiencia, que no sabe besar ni hacer el amor.”

Ella siguió su vida, conoció y salió con chicos de su edad, pero ninguno la hacía sentir como su antiguo amante, sin embargo amaba su libertad.

Él al darse cuenta de la inutilidad de sus esfuerzos decidió buscarla. La encontró, la convenció, fueron a su casa, regresaron al inframundo y luego de vuelta; al aterrizar ella se desmontó de la nave y le dijo a su copiloto.

—¿Eso era todo lo que querías, cierto?

—No, te quiero a ti.

Pero ignorando su respuesta, se fue sin decir nada, él sentía que un pedazo de su corazón salía por esa puerta. Se dirigió al parque, a solas, a oscuros; interrogándose sobre que hacer con su vida, temerosa del compromiso y las ataduras, confundida de si lo quería a él o prefería seguir saliendo con sus amigos los chiquillos. Él llegó, la encontró; se agacho delante de ella y suplicó. ¡Sí! le suplicó a la chiquilla de sus sueños. Ella  ahora está más confundida que antes, con temor y presionada a no herirlo. Él se pone de pie y la atrae hacia sí, se miran, y ella descubre en sus ojos la respuesta; nunca se había sentido tan amada.