Corro en medio de las plantaciones intentando escapar de él y su revólver. Lo sostiene con sendas manos recreando la escena de siempre, la que termina cuando cedo, lo perdono y regreso. Se me acerca lentamente; su voz me acaricia con ese apodo que antes me hacía suspirar. Mi corazón se acelera porque ya he estado aquí antes y es aterradora la incertidumbre de no saber si esta vez se atreverá; el problema con los perros que ladran y no muerden es que siguen teniendo dientes.

Seguir leyendo