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Corremos tan fuerte que todo lo que se escucha es el motor enfurecido, instado por la adicción a la velocidad de Omar. Subimos y bajamos, acompasados con la melodía de la libertad y con la promesa de la independencia. Las luces del cielo son acongojantemente hermosas, y convierten la carreta en un admirable paisaje. Abrazo a Omar, intentando sobrellevar la emoción que recorre todo mi cuerpo.

A lo lejos visualizamos el lugar perfecto para pasar nuestra primera noche juntos, y nos detenemos allí. Encadenamos la moto al árbol de la entrada, nos descalzamos, y caminamos como si aquello fuese un lugar sagrado. Piedra maciza, rugosa, fría, contra piel blanda, lisa y tibia; mi red de nervios se activa, y una sonrisa atrevida se asoma a mi rostro.

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