Por azares de la vida, una pizca de karma y una suerte que no sabemos catalogar de buena o de mala, nos encontramos en aquella isla desierta. Yo era feliz disfrutando en la profundidad de la selva, tú luchabas con todas tus fuerzas para poder sobrevivir.

Nos conocimos en una tarde de verano. Te llenabas de sol, de arena, de agua salada, de playa; cuando me descubriste observándote con una sonrisa en el rostro. Después de meses sin contacto humano es alentador encontrar a alguien de tu misma especie.

Tú eres el complemento perfecto que le faltaba a mi salvaje aventura. Desde aquel día, esa sonrisa tonta se nos ha tatuado en el rostro, y no hacemos más que observarnos, conversar, soñar… con que algún día regresaremos a nuestro hogar. Así fue como nos involucramos en un proyecto, que se convirtió en nuestro pasatiempo predilecto, más tarde en nuestro bebé y finalmente en nuestra tabla de salvación. Estábamos construyendo un barco, bueno… un intento de barco que prometía llevarnos de nuevo a casa. Lo reventamos de alimento vital, de hojas con aspiraciones de sábanas, de ilusiones, de besos, caricias y del efímero pero siempre sano para siempre. Nos juramos que nunca abandonaríamos nuestro bebé aunque se inundara, y así fue como empezó nuestro naufragio.

Partimos sin tener claro lo que implicaba un viaje de ese calibre. Nos fuimos enamorados. Era el perfecto dos, sin decimales ni fracciones. Llegamos a medias, con un número que simulaba ser entero, pero que en realidad era una fracción. Un decimal que intentaba ser uno, que tenía un poco del otro uno, que no conocía su composición pero que definitivamente no era un dos.

Nos fuimos entre risas, cuidándonos como un par de hermanos; sin embargo terminamos destruyéndolo todo. Luchamos con todas nuestras fuerzas para llegar a la meta, pero ella no sobrevivió a las eternas tormentas de nieve con su diminuto taparrabos; casi muero a su lado, pero lo logré. Llegué a la meta por el dos, o quizás por el uno, tal vez solo por la fracción, eso nunca lo sabré, pero llegué. Con el barco destrozado, el que ya no era más que un tronco, el que quizás siempre fue solo un tronco. Al final llegué… intacto pero solo.